Ritual de lo habitual

0

Todavía, después de haberlo escuchado más de mil veces, me continúa sorprendiendo Ritual de lo habitual. Mi disco favorito de Jane’s Adiction. No tanto su primera parte -donde se incluían sus aplastantes singles “Stop” o “Been caught stealing”- sino sobre todo la segunda. La dedicada a la muerte por sobredosis de heroína de la novia de Perry Farrell, Xiola Blue, y al fallecimiento por suicidio de la madre del cantante de esta atípica banda. Desde que comienza la hipnótica e infinita “Three days” hasta que termina el disco con esa oda a la extrañeza y la belleza llamada “Classic girl”, creo entrar en trance. Me cuesta diferenciar lo que imagino estar escuchando de los sonidos que realmente se están adentrando en mis oídos. Aquello que es real y eso otro que es irreal. Aunque lo que sí percibo claramente es que mi concepción del mundo y del tiempo varía cuando estas canciones se introducen en mi cuerpo como si fueran drogas psicodélicas disueltas en un potente líquido que reblandece las capas de mi cerebro. En realidad, todavía no he podido comprenderlas bien. Sí. Sería muy fácil definirlas como rock ácido. Pero creo que son otra cosa. Un límite en el desfiladero. Vudú y cannabis unidos. Un excéntrico cruce entre el rock y los mantras de los orishas africanos con ciertos toques de paciencia y sabiduría árabe. Brujería, rituales africanos y marihuana entremezclados en un sótano de California al que llegan los ruidos violentos de la ciudad. Su atmósfera opresiva recubierta con viejas capas de glamour que inmediatamente son liberadas y disueltas entre canciones que parecen brumas o hilos delgados de humo de tabaco. Un paseo por los océanos sobre el cuerpo de varios delfines que estremece por lo difícil que resulta asirlo. Por la facilidad con la que, como si fuera un espíritu turbio, se introduce en el cuerpo y lo remueve.

Ritual de lo habitual permite y casi que exige y pide la creación de todo tipo de excéntricas metáforas para definirlo. Cuanto más extrañas, mejor casan con su desarrollo. Con su vaivén incómodo semejante al de una canoa sin timoneles que navega sola por un río revuelto. Pues, como su portada indica, el disco es un exorcismo. Un acto de chamanismo destinado a unir el alma de Farrell con el de aquellas dos mujeres que se fueron de su vida dejando en ella un vacío feroz. En gran medida, la obra es un viaje interno donde se convocan los nombres de extraños dioses y las potencialidades catárticas, mágicas de la música para fusionar espíritus perdidos y dañados. Se utilizan muñecos de cera y trapo similares a santos y figuras mitológicas para conseguir auxilio, ayuda en el interior de un mundo extinto que las canciones de Jane’s retratan a la perfección. Dejándose llevar por la marea e instintos. Caminando a la deriva sin más control que el de la genialidad y la locura. Guiándose por los consejos de la santería y las simbólicas vías del tarot en canciones que se asemejan a rezos blasfemos emitidos por salvajes en medio de rituales profanos donde tanto se pueden sacrificar animales como donar la sangre de humanos para dotar de fuerza y energía espiritual a los participantes. Porque la misión de este disco no es únicamente la de ser escuchado sino sobre todo la de sanar y reconfortar. Conseguir que los oyentes seamos testigos del sufrimiento de Farrell a través de unas canciones que intentan exorcizarlo y que se convierten en lo más parecido a un viaje kármico que tiene como meta la comunión entre las palabras, la música, el arte y el mundo. Reunir en una imagen múltiple, caleidoscópica, todos los anhelos y deseos de un alma que ante todo busca redención, y comprensión. Y lo hace, entregando amor. Dando su cuerpo y espíritu en el sexo de melodías que son bálsamos. Aullidos de lobos y carcajadas angelicales mezcladas, como si fueran bebida y hielos, dentro de los surcos de una obra de arte descompuesta que por momentos parece una Divina comediatrasnochada y psicodélica. Una travesía por la otra dimensión, el lado oculto y desconocido del cielo, infierno y purgatorio.

Al rostro atípico de Ritual de lo habitual contribuía sin duda el que como fuera costumbre en los primeros discos de Jane’s Adiction, el bajo de Eric Avery marcase el ritmo inicial de los riffs, jugase a ser guitarra y por momentos la sustituyera, dejando el espacio libre y abierto para que Dave Navarro o bien lo destrozara con sus infernales contraataques o lo salpicara de rizos destructivos y todo tipo de matices que como salpicones, se introducían en una ensalada rockera que evocaba el calypso, el funk, sesgos tribales, además de un sin fin de estilos más. Se multiplicaba y disgregaba en infinitos pliegues que contribuían a dotar a su arte de su alucinado carácter. Su fisionomía de ácido capaz de destrozar concepciones y conseguir que la mente de quien lo degustaba sufriera todas las mutaciones posibles. Se transformara al ritmo de una música imprevisible que ardía en fuego y se mojaba en agua cuando menos lo esperábamos, como si hubiera sido creada por oscuros hechiceros. Magos sagrados que, al menos durante unos años estuvieran en posesión de los secretos del arte. Fueran capaces de transmitirlos a través de la aniquilación de las estructuras por medio de canciones que eran cuchillos, letras que se introducían en las entrañas de los animales sacrificados y creaban un ralo ambiente semejante al que se siente en las islas del Caribe cuando un temporal las amenaza. Se percibe a lo lejos la llegada de un tifón o un torbellino de tierra al tiempo que las olas se tornan gigantescas y los insectos sonríen antes de esconderse en sus madrigueras.

No sé si Ritual de lo habitual será olvidado por el tiempo o será recordado. Sí sé que mientras yo viva, siempre estará conmigo. Y que para comprenderlo en su totalidad -lo que en este caso es, sobre todo, sentirlo desde el estómago hasta el corazón- hay, pienso, que visualizarlo como un ejercicio espiritual. Un acto sobrenatural a través del que Perry Farrell ayudado por sus compañeros intentó desafiar a la muerte, hablar con ella y, dando un salto al vacío, traerse, como Orfeo, el espíritu de dos mujeres muertas. Un acto tan extremo que no me extraña que, tras la creación de esta obra, Jane’s Adiction no volvieran a ser nunca los mismos y tardaran más de diez años en ofrecernos otra. No debe ser fácil convivir con los muertos cotidianamente. Vivir con un pie en el más allá y otro en este mundo. Una prueba de ellos es la escucha de esta creación maestra. Un disco difícil y complejo, pleno de exotismo y vibraciones calientes, sortilegios y hechizos que por momentos habla un lenguaje sobrenatural y probablemente únicamente quien se encuentre dispuesto a morir cuantas veces sea necesario en esta vida, pueda disfrutar, gozar en su totalidad. Porque los orgasmos que provoca no son únicamente sexuales sino sensoriales: mentales, espirituales y carnales. Celestes e infernales. Brumas de niebla orinando en el centro de templos sagrados. Shalam

عِنْد الشدائِد يُعْرف الإخْوان

 Quien cede el paso, ensancha el camino

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo