Robert Wyatt: fauvismo cósmico

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Entre tanta hipocresía y porquería, ha pasado inadvertido. Pero no sería justo que nos contagiáramos de la molicie y la mentira y nos olvidáramos de mencionarlo. Me refiero, claro, al anuncio oficial realizado hace varias semanas por Robert Wyatt de que dejaba la música. Ya no gozaremos de un nuevo disco que venga a completar todas las deliciosas grabaciones que nos legó. Primero, con Soft Machine, luego con Matching Mole, y después en solitario. Lo que sin dudas no es una buena noticia. Al menos para mí que tengo por ejemplo asociados cientos de hermosos recuerdos con sus partituras. Decenas de paseos por Cuernavaca, recorriendo campos de flores, mercados y laberínticas calles desde las que se veía a lo lejos el monumental palacio de Cortés, escuchando sus canciones. Esa mezcla inusual de sensibilidad, rock cósmico, jazz marciano y plasticidad que inmediatamente me conectaba con la tierra y la alegría. Y en ocasiones con la tristeza. De hecho, ningún tema -a excepción de “Esos locos bajitos” de Joan Manuel Serrat- me ha hecho llorar tanto como la versión que este elfo del rock realizara de esa joya eterna del folklore americano, “Te recuerdo Amanda”, compuesta por otro de esos jilgueros, Víctor Jara, asesinado por el odio y la intolerancia. Por aquellos acorazados que, como sugería Wilhem Reich, en El asesinato de Cristo, debido a sus miedos y podredumbre terminan por acorazar al resto de la sociedad. Aniquilar al Cristo, semilla de creación, concordia y amor, que habita íntegro y brillante, presto siempre a despertar,  en cada uno de nosotros.

Robert Wyatt es el lado amable de la música experimental. La vertiente humana. Sensible. El Mago Merlín de la psicodelia. El emperador y el papa en el Tarot de Marsella. Uno de los músicos más poliédricos que he escuchado jamás. La vida. Una mezcla entre un pintor fauvista y un bluesman. Otro alquimista. Ese rey que nunca será destronado. El bisabuelo del pop. Honestidad y creatividad. O el tatarabuelo. Un personaje que, de niño, fue probablemente introducido en una marmita y creció familiarizado con los secretos del arte expansivo. Robert Wyatt es magia. Un comandante megalítico. Uno de esos señores que, de lejos, sin fijarnos bien en su expresión, pareciera que está enojado y sería capaz de dispararnos con un rifle de acercarnos a su territorio. Pero después comprendemos que su rostro taciturno se debe a que se encuentra en dialogo interno y perenne con los dioses y que la única arma que podría o sabría utilizar es su pincel. Porque Robert Wyatt representa, es lo más cerca que el arte pictórico y el musical han estado de confluir. Una guitarra, un solo de batería, su voz. Todos los detalles de sus discos están construidos a pinceladas. Son colores desplegándose en el tiempo y el oído del oyente. O bien, balbuceos de bebé. Pues creo también que nadie como él ha sabido captar el mundo de la música popular con los ojos y corazón y oídos de un niño. Ha compuesto temas que si en su estructura parecen los de un viejo maestro, en su fondo y contenido, la cantidad de detalles que contienen y sobre todo, el punto de vista y el toque alucinado de magia y misterio, son los de un niño. El niño más grande y sabio que ha existido jamás.

Siempre que he escuchado a Wyatt me he sentido en casa. En brazos de alguien que ama el mundo a pesar de todo. La lluvia y el sol. He creído incluso bucear en los océanos y que los peces me hablaban. O los caballos y centauros. Porque su música es surreal, sí, pero surrealmente humana. Es un amigo y tiene entidad propia. Vuela y se extiende por el tiempo más allá de la voluntad de un señor que consiguió, tras quedarse paralítico, crear arte que personas con cinco manos y piernas ni soñarían o podrían acaso concebir. Porque Wyatt es un chamán. Nació con el corazón de oro. Se bañó en repetidas ocasiones en la Fuente. Y su biorritmo gira no con las manecillas del reloj sino al ritmo del planeta. Al mismo compás que el cosmos y la naturaleza. Las más preciadas creaciones divinas. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

 Siempre te amaré tal como eres porque nunca cambiaré nada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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