Sildavia

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Existen ciertos grupos sobre los que resulta difícil hablar a fuerza de ganarse el descrédito de la “policía intelectual”. Volverse objeto de las burlas y palabras malsonantes dichas entre susurros de nuestras amistades. Tanto es así que casi que resulta vergonzoso mencionarlos y para la comodidad del que escribe es bastante mejor no hacerlo. Uno de ellos es, por supuesto, La Unión. Algo comprensible teniendo en cuenta la deriva de su trayectoria musical desde la aparición de su cuarto disco, Vivir al este del Edén (1988), que en absoluto invalidaría los buenos momentos contenidos en sus tres primeros LPs.

En cualquier caso, más allá del interés que todavía suscitan varios de los temas contenidos en aquellos primeros trabajos que tanto la sobreexposición mediática del grupo como su progresiva caída en fórmulas comerciales han hecho olvidar, nadie podrá borrar de mi memoria aquella canción, “Sildavia”, unida de manera mágica y misteriosa a mi infancia.

¿Cuándo fue la primera vez que escuché “Sildavia? Debía yo tener entre 10 o 11 años y encontrarme en la cocina de mi casa. Probablemente fuera un domingo sin demasiado qué hacer. No más que sintonizar la radio para escuchar las voces de los locutores  de fútbol narrando las hazañas del Bilbao de Clemente o del Barsa de Venables y realizar unos pocos y rutinarios ejercicios para cumplir las tareas de la escuela cuando, conforme daba vueltas al dial, escuché una cadencia sonora que me atrajo al momento.  Es un tópico decirlo pero fue así. En el mismo momento en que sonaron los etéreos y movedizos teclados y una seductora voz comenzó a referirse a una tierra que no era posible ubicar en mapa alguno donde las horas pasaban increíblemente despacio y los sentimientos latían a flor de piel, el tiempo se detuvo. ¿Cómo no hacerlo? Si en alguna ocasión comencé a familiarizarme con el término utopía fue entonces. Escuchando hablar de un lugar donde casi todo lo que imaginábamos era posible y no existían los ciclos e intervalos de los hombres sino los de los dioses: la eternidad. Si mi espíritu sintió deseos de alzarse por los vientos y viajar buscando otras realidades, más allá de los grises muros de la imperial Cartagena, fue durante esos instantes. Si aquellos parajes y territorios a los que se refería “Sildavia” eran reales, merecía la pena estar vivo. Crecer y entrar en la adolescencia para ya de adulto, desplazarse por tierras similares en busca de ellos.


“Sildavia” fue un tema que me agradó tanto que no quise gastarlo. Apenas lo escuchaba pues era como una especie de tesoro perdido en la conciencia del que no convenía abusar para que no perdiera ni su frescura ni su potencia. Al revés que otras canciones como “Take on me” de Aha  que eran bebida y alimento cotidiano, “Sildavia” fue un menú a saborear en momentos escogidos que con el paso de los años se convirtió en un anhelo. Un estado de alma escondido entre los pliegues del espíritu que algún día habría de reverdecer. Prueba de ello es que no fue hasta hace mucho que me enteré que aquel paisaje de ensueño al que hacía referencia la letra, se encontraba basado en un reino que aparecía en el Tintin de Hergé. Y que no le volvería a prestar real atención hasta prácticamente veinte años después, durante un viaje a Venezuela.

En el transcurso de aquella odisea inmortal cuyo recuerdo no permitirá que mi alma envejezca jamás, volví a escuchar la melodía en un bar de Mérida mientras saboreaba unas cervezas en compañía de unos holandeses. Aquella mañana había realizado una embriagadora excursión en bicicleta entre parajes agrestes y el día después tenía previsto realizar mi primer vuelo en parapente. En unos días partiría hacia Colombia y me encontraba, por tanto, en un estado de dicha muy cercano a la felicidad. Por lo que cuando volví a escuchar el tema de La Unión, las emociones se desbordaron. Me adentré en un profundo aleph del que acaso no haya todavía emergido. Aquella melodía me golpeó en pleno rostro y me vi de nuevo en mi casa de Cartagena escuchándola de niño con pantalones cortos y la mirada puesta en aquel cielo del que descendería el día después, como un gavilán, gritando de amor hacia la vida por haber encontrado una tierra, un continente, el hispanoamericano, en el que las pulsiones de pasión y aventura que me transmitía “Sildavia” se hacían realidad diariamente. A cada momento, en cualquier esquina. En los mercados, playas, selvas, volcanes y montañas de un territorio tan peligroso como generoso que componía la fotografía exacta de ese lugar que no se hallaba en los mapas al que La Unión se referían.

Se cumplirán pronto diez años de aquel viaje por Venezuela y aún sigo escuchando de tanto en tanto “Sildavia”. En cierto modo, creo que vivo en México porque sus parajes se aproximan a los descritos en la canción: un lugar donde por más obstáculos que me encuentre, siento que el sol no derretirá jamás mis alas, no hallo a mi alrededor falsas pasiones y continúo creyendo que puedo cumplir mis sueños en un período tan tenso y áspero para la humanidad como el que vivimos.

No importa por ello la opinión de mis compañeros y amigos ni la de los críticos. Tampoco si me refiero a una canción verdaderamente buena o no. Para mí “Sildavia” es, en suma, el derecho a soñar y la aventura. Una melodía que me transporta a lugares lejanos donde puedo encontrar mi verdadero yo. O al menos, el ansiado y deseado. Algo parecido a lo que experimento cuando leo los cómics de Corto Maltés y ciertos relatos de Joseph Conrad: que yo soy todos los seres humanos y todos los seres humanos son yo. No hay diferenciación entre unos y otros y algún día volaremos juntos como manadas de pájaros por el cielo hacia rincones cálidos y acogedores. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

Es más fácil variar el curso de un río que el carácter de un hombre

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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