Sonríe

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Smiley Smile es la misa del pop. Parece haber sido compuesto al aire libre, entre las plantas de ese bosque que se ve en la portada, o en una catedral gótica cerrada al público donde cada cierto tiempo, se escuchan los pasos de un mayordomo portando un candelabro y un grupo de monaguillos se divierten en una habitación secreta, transformando cánticos gregorianos arcanos en píldoras, envolventes y elásticos y absorbentes caramelos de pop. Góspel galácticos y fugaces semejantes a sudorosas estrellas y hechizos, y conjuros a través de los que abrir el inconsciente del mundo. Colgarlo del revés y traducir mensajes cifrados que lo mismo provocan alegría que pavor. Placer o miedo. Cosquillas en el estómago y mareos continuados que nublan la vista o la amplían. Situándonos frente a rinocerontes rojos, barcos navegando por océanos de arena o inmensos arco iris de fuego. En definitiva, convirtiendo el mundo en un inmenso poblado, territorio de dibujos animados en donde todo es posible. Cualquier cosa puede suceder. Como si le hubiéramos dado a un recién nacido un cigarrillo de marihuana o accediéramos a un cine en el que la pantalla reflejara cada una de las historias que imaginan los espectadores y las mezclara sin complejos. Algo lógico. Porque, aún hoy en día, introducirse en Smiley es semejante a penetrar en un territorio peligroso e inexplorado. Un cofre repleto de muñecos descuartizados o una casa alborotada por las constantes apariciones de niños ángeles. Pues es un disco que podría haber nacido de una ingestión de ácido psicótica o una pesadilla alargada en el tiempo que no permitiera dormir a los músicos. Servir tanto para ir componiendo los peldaños de una escalera que nos conduzca al cielo o invocar resquicios maléficos, enfermedades mentales entre húmedos pastos y tierra embarrada llena de sangre. La muestra más clara de que, entre los evanescentes sueños hippies, podía aparecer el rostro de Charlie Manson y tras una guitarra perteneciente a un músico folkie, una metralleta masacrando civiles en Vietnam o Chile.

En realidad, Smiley -así la leo yo- es un obra que habla de sueños rotos. La necesidad y a la vez, la imposibilidad de abandonar la infancia. Las historias de héroes y villanos. Buenos y malos. La impotencia al sentir que el radiante mar de California se va transformando por la inercia de los años y las complejidades de la psique, en un peligroso mar de algas. Un nublado contorno de agua rabiosa rodeando un cielo donde brilla únicamente la luna y si lo hace el sol, es para irradiar un calor casi mortal. Abrasivo. Terminar de destrozar el deseo de los niños de jugar en la playa. Nadar sobre balones de plástico en tablas de surf. Y en este sentido, es la manifestación más clara, rotunda y genial de una mente destrozada, torturada que utilizaba la música como analgésico. Además, claro, de un intento muy logrado de expandir el pop hasta los confines de la música clásica. Someterlo a una operación quirúrgica con retales de música concreta y minimalismo, para componer una sinfonía de sonidos, ruidos y cacofonías que pudiera ser interpretada en los grandes templos operísticos -siempre, claro, que no se negaran a introducir allí a vacas que hicieran sonar sus cencerros y cabras que balaran- y disolviera de una vez las fronteras entre lo culto y popular. Aunque lo cierto es que creo que Smiley pretendía (o conseguía) no sólo trascender las fronteras entre distintos géneros musicales sino que iba mucho más allá. Como las obras visionarias y crepusculares. Pues alcanzaba a borrar los límites entre la realidad y la ficción. Era un gajo de naranja, un limón narrativo en donde los personajes se correspondían con los teclados, voces y guitarras. Una historia que no pretendía tanto contar un argumento sino transmitir sensaciones. Vibraciones. Hacer sentir el alarido demencial, el vacío sentido por el alma de Brian Wilson al adentrarse, sin estar preparado, en los recovecos del mundo adulto. Bajo el trauma de una infancia marcada por un padre autoritario al extremo -el ogro y orco de los cuentos infantiles- que, de una paliza, casi lo dejó sordo de un oído. Logrando hacer entender cómo se sentía su frágil mente conforme las hadas de los bosques y los elfos iban transformándose en contratos discográficos manipulados o monótonos conciertos, y las princesas, en egoístas mujeres interesadas por su dinero.

Smiley es uno de esos discos que justifican, dan sentido a una vida. El Tao de la psicodelia. Un entramado de pastorelas venidas del más allá que han marcado la música contemporánea. La han puesto a meditar sobre un cielo rosado repleto de samplers. Medio Animal Collective por ejemplo se encuentra aquí. Y también gran parte de Mercury Rev. Como cualquier aventura en la que los músicos conciban las notas que escriben como olas y la producción no como un medio sino como un fin. Un castillo infinito. Es un exuberante tratado artístico en el que cada canción es tratada como si fuera una fruta. Tiene sabor propio. Una mezcla entre la ayahuasca y unas gotas de edulcorante artificial. Y se adentra en los oídos como si lo estuviera haciendo por el cuerpo. El alma desplazándose por las grietas de un museo repleto de lienzos vivos. Es un disco que explica porqué si naciera hoy en día, don Quijote se drogaría y cómo los cantos de las sirenas se fueron transformando en melodías publicitarias. Una película poblada de fantasmas que se alejan y acercan continuamente provocando, con el paso del tiempo, una sensación de malestar muy gozosa. La prueba de que el siglo XXI más que humano, sería esquizofrénico o no sería. Tendría que aprender a tratar los colores como sonidos y éstos como palabras pues entre la ficción y la realidad, lo imaginario y lo real, llegaría un momento en que no existiría absolutamente ninguna diferencia. Y ésta sería la única certeza. La única verdad. El único mandamiento de la colorida Biblia vidriosa. Ese inmenso pastel de olores que hacían sonreír. Shalam

 أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

 Donde más hondo es el río, menos ruido se escucha

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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