Sueño paradójico

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R.E.M. no fueron exactamente un grupo de los 80. Siempre estuvieron varios años adelantados a su tiempo. Su propuesta era más propia de los 90 o del siglo XXI que de la década en la que emergieron. Porque, a pesar de su tremendo amor a la música, existía un cinismo y una ironía muy presente en todas sus obras. Una excesiva conciencia sobre la naturaleza de composiciones que remitían en muchos casos más al arte contemporáneo y abstracto que al pop. Por eso no miento al confesar que, a pesar de la agudeza y lirismo de sus melodías, concibo muchos de sus discos como instalaciones artísticas, piezas arquitectónicas o lienzos vanguardistas y no tanto (o al menos no sólamente) como cartuchos musicales. Ante todo, porque posiblemente debido a que tenían al frente a un genio del calibre intelectual de Michael Stipe, siempre fueron más allá de su propio mensaje e intentaron que sus canciones remitieran a otros ámbitos; entre los que el político y el poético no eran sino los más obvios. Por lo que por ejemplo utilizaban los instrumentos no como un fin en sí mismos sino como un recurso para meditar. Convertir la melancolía y la alegría en paisajes astrales y espectrales. Transformando los sentimientos y la adrenalina en bombas artísticas que estallaban en múltiples dimensiones.

Obviamente, R.E.M. no miraban únicamente hacia delante. También lo hacían atrás. Sin ir más lejos, buceaban en las aguas del folk americano de los 60 para rescatar las semillas de The Byrds, Gram Parsons o Jefferson Airplane. Pero lo importante en su caso es que no redundaban en esas influencias. La banda de Athens no encajaba en casi ninguna etiqueta. Tampoco, sí, en la del nuevo rock americano porque no eran continuistas. Eran más bien rupturistas. Experimentales. Y por eso mezclaban con inaudito talento a los clásicos grupos antes citados con otros tantos procedentes de la new wave como Television, Wire y Patti Smith. Es decir; combinaban la modernidad y el clasicismo con el espíritu de estudiantes de filosofía o sociología cuya lucidez les permitía llevar las enseñanzas aprendidas en los libros de Walter Benjamin, Gilles Deleuze o Jean-François Lyotard al arte pop con tal grado de maestría que muy pronto comenzaron a despuntar entre todo el pelotón de grupos alternativos surgidos en los 80 a través de una serie de discos magnéticos y electrizantes llenos de ecos, voces y coros que se redoblaban continuamente y de suaves guitarras que creaban todo tipo de pliegues atmosféricos de los que lo peor que se puede decir es que eran demasiado cerebrales. Puesto que, como en cierto modo ya he apuntado, los artefactos líricos de R.E.M. no olían ni a cocina ni a estiércol como por ejemplo los de Tom Waits ni a whisky y sexo sucio como los de The Rolling Stones o a condones y vómitos como los de Sex Pistols sino a modernos Campus universitarios llenos de ideas progresistas, demócratas, hipsters, genios superdotados de computación y un sinfín de snobs y exigentes lectores de poesía vanguardista creciendo en la era del videojuego y la televisión. El prototipo del mundo diseñado por Steve Jobs al frente de Apple.

Yo en concreto diferencio tres etapas en la trayectoria de R.E.M. La primera (desde Murmur hasta Document) es arrebatadora. El rock es un género que suele premiar la arrogancia y la locura y si bien Stipe y los suyos eran muy centrados, también eran apasionadamente jóvenes. Se encontraban llenos de vida, de ideas y pasión y dieron a luz cinco inquietantes discos que exploran rincones nocturnos y diurnos del inconsciente americano con idéntica facilidad y suma profundidad. Murmur es una explosión poética. Belleza juvenil. Un ramo de flores entregado en mano a los amantes del pop. Un misterioso conjuro optimista. Reckoning y Fables of the Reconstruction son dos odas maravillosas a la tristeza. Refugios de intimidad para los solitarios. Viajes por los extrarradios de ciudades modernas llenos de delicadeza que encajarían perfectamente en un disco de Galaxie 500 o Luna y describen estados de ánimo con la precisión con la que lo hacen las novelas. Y Lifes rich peagant y Document son adrenalíticos. Piezas pesadas del rock alternativo. Un cruce fabuloso entre The feelies y la psicodelia; un edificio y una granja; el mundo industrial y el campo. Son dos discos que equilibran perfectamente el aliento poético y la ira; la incertidumbre y la seguridad. Bombas creativas que no dejan resuello y lo mismo hacen llorar que saltar. Pues se encuentran llenas de gemas adolescentes que remiten a los años locos de los 50 y los 60 y de composiciones de una inaudita severidad que, en su momento, ejercían de voz de la conciencia del país norteamericano.

En la segunda etapa, la de madurez, introduciría sin ninguna duda dos discos (Out of time y Automatic for the people) y determinadas partes de Green. La obra puente (ahí está la majestuosa “World leader pretend” para demostrarlo) para llegar al cenit de la trayectoria de un grupo que, a principios de los 90, parecía no tener límites y condujo el pop y el folk a nuevos límites desbordantes de creatividad que no sólo no chocaron con el gusto del público sino que lo terminaron de conquistar. Algo increíble porque, en esencia, R.E.M. continuaban siendo los mismos. Las letras de Stipe por ejemplo seguían siendo enigmáticas y en sus videoclips se apoyaban ni más ni menos que en Andrei Tarkovski. Tan sólo habían depurado aún más la expresión, mejorado la calidad de sonido de sus producciones y dejado de lado su faceta más bromista e irónica. Lo que había ido en beneficio de composiciones cada vez más concisas y exactas que parecían proceder del más allá. De la eternidad. Situarse por momentos en el centro de la música norteamericana de todos los tiempos como es el caso de “Near wild heaven”, “Losing my religion”, “Drive” o “Everybody hurts”. Una portentosa actualización de la tradición que, a fuerza de talento, convirtió esas composiciones en históricas. Un cruce nocturno entre la sensibilidad del pasado y la del futuro que terminó de romper todas las barreras artísticas de un grupo que, una vez alcanzada la inmortalidad, se quedó prácticamente sin respuestas. En un callejón sin salida situado en ninguna parte. Puesto que no tenían nada que demostrar ni ningún sueño nuevo que alcanzar y eran demasiado famosos y reconocibles como para permitirse nuevos experimentos. Más aún, con las de decenas de contratos leoninos llenos de ceros que comenzaba a haber tras ellos.

No creo que sea erróneo afirmar que, a pesar de que la banda se separó de facto a principios del siglo XXI, ya lo habían hecho bastantes años antes. Al fin y al cabo, su música pertenecía al porvenir. A los 90. R.E.M. eran una bola de cristal sobre el futuro. Y una vez que pusieron el pie en esa década y lograron el éxito, ya no hubo más que obligaciones contractuales que cumplir en su horizonte. De tal modo que perdieron en cierto modo su magia y su vigencia y poco a poco fueron cayendo en la mediocridad. Se convirtieron en un grupo de rock adulto que dejaba pasar por alto los senderos peligrosos e interesantes de las melodías que trabajaban y comenzaron a publicar discos con mentalidad de oficinistas llenos de canciones correctas -algunas por supuesto muy buenas- que ya no emocionaban como antes. Algo que en cualquier caso no fue completamente instantáneo porque en esta tercera etapa (la que va de Monster a Collapse into now) tuvieron tiempo de crear dos obras nihilistas realmente muy interesantes antes de desfallecer. O, parafraseando el título de su último disco, colapsarse.

En primer lugar, la ya mencionada Monster. Un disco lleno de pasajes recónditos e industriales y guitarras cavernícolas que remitían al grunge que, a mi parecer, fue un rugido rebelde y oscuro ante las presiones de la industria. Una respuesta apresurada y rabiosa llena de talento forjada frente a sus obligaciones parecida al Zooeuropa de U2 que los situaba de nuevo en la vanguardia y los apartaba de las masas. Tranformándolos en algo que, de algún modo, siempre fueron: un grupo posmoderno que hasta Monster luchaba denodadamente por ser clasicista. Y en segundo lugar, obviamente, citaría a Up. Una incursión llena de belleza por las corrientes del ambient, el folk y la electrónica intimista que sonaba a despedida y ocaso. A fin de ciclo por la imposibilidad de seguir virando al compás de los tiempos -Internet ya estaba haciendo estragos y convirtiendo los hogares de seres humanos en cuevas- sin traicionarse. Por eso su separación más que tristeza provocó alivio. Porque no estiraron la cuerda más de la cuenta. Y de haberlo hecho, hubieran tal vez manchado un poco su impresionante legado. El honor de haber portado la bandera de la pasión y la belleza en medio de la era del simulacro y el vacío. Haber mantenido en alto una vela de fe, tal y como realizaba el poeta ruso que protagoniza Melancolía, el filme de Tarkovsky, en medio de la progresiva destrucción de la humanidad. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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