Tecodontosaurio

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Hace una semana que los agujeros de mis oídos se abrieron como si estuvieran siendo martilleados o una voz de ultratumba susurrase en ellos durante las noches. Justo, sí, en el momento en que descubrí una obra o más bien un trueno musical que me ha acompañado sin cesar las últimas tardes y noches e intuyo lo continuará haciendo durante todo el año. Me refiero, claro, a uno de los discos más divertidos y brutales que he escuchado en mucho tiempo: Nattesferd de Kvelertak. Una invitación a cazar jabalíes en taparrabos y el rostro enmascarado, y a continuación, comer su carne sin hacerla arder. La boca de la madre tierra abriéndose y mostrando sus dientes para masticar piedras gigantescas. Una roca de granizo rodando a través de montañas custodiadas por dinosaurios y monstruos onerosos. O tal vez, un cruce entre la primera parte de El retorno del Jedi yEl resplandor. Un disco furioso y enérgico, adrenalina de acero recorriendo el cuerpo de un gigante, que ha hecho realidad uno de mis sueños: conseguir volver a emocionarme con uno de esos discos surgido en las antípodas del rock. Una explosiva mezcla de death metal capaz de conjugar con una naturalidad demoníaca, bestial, un riff de Van Halen con los ritmos destructores de Slayer, las profecías de Nostradamus y guitarras afiladas que parecen proceder de un disco de Judas Priest con leves guiños a Led Zeppelin o (tal vez incluso) Jethro Tull. Es decir; un demoníaco carnaval nihilista y festivo que invita a carcajearse de la cultura y, sobre todo, del arte contemporáneo. Alzar la mirada hacia los dioses griegos y nórdicos. Comer con las manos o enterrarse en la arena con la intención de morir para siempre o renacer. Porque Nattesferd es pura mitología. Nórdica y heavy. Odín merendando fresas salvajes con su esposa en un bosque entretenido por los ruidos de guitarras procedentes de este disco. Esa base rítmica ágil y potente que tanto se parece al sonido del motor de un acorazado a los pasos de un gigante retumbando al caminar por la tierra. Y también, es el sonido del martillo de Thor al golpear sobre la tierra. Y varios caballos relinchando deseosos de cabalgar por parajes gobernados por guerreros y tribus interpretando cantinelas metálicas totalmente borrachos.

A día de hoy, no he leído ninguna entrevista con ninguno de los miembros de Kvelertak. Y supongo que continuaré actuando de esta forma. Porque sin tener apenas conocimientos ni de sus gustos ni de sus influencias, puedo dejar volar mejor mi imaginación. Situar este dulce juguete del metal y sus dos predecesores –Kvelertak y Meir– allí donde lo desee. Concebir que surgieron tras que su cantante contemplara en una sesión de madrugada Eyes Wide Shut y quedara impactado con la escena del ritual sexual. Después de una fiesta de carnaval adolescente en la que una muchacha apareció herida, echando sangre por su boca, y nunca se pudo descubrir al culpable ni encontrar una simple explicación a ese hecho. O con la intención de ofrecer un regalo, darle de comer música compacta y alimento grueso a los dioses. Y también podré de esta manera, seguir hacer volando mi cabeza mezclando conceptos e ideas proclives a la comprensión y sobre todo, la celebración de un disco que, en mi opinión, no es sólo el cruce perfecto entre Slayer, Van Halen y el metal oscuro. El blues y la destrucción. La que hubiera sido, sí, la banda sonora perfecta para el inicio y epílogo de Nymphomaniac. Es un encuentro en la cuarta dimensión de la música entre Godzilla y Zeus. El disco perfecto para una orgía donde todos sus integrantes pierden su virginidad. Teatro negro y oscuro. Las pesadillas de Alicia al ser atada en medio de un bosque helado por el conejo blanco y la falsa tortuga. Una película de Disney repleta de fotogramas ensangrentados. Y, sobre todo, una amplia celebración de la sexualidad frugal. Del vino, los ritos, la diversión y la posibilidad y necesidad de continuar comiendo carne curda. Con las manos si es posible. Primitivos hombres corriendo detrás de bisontes. Dinosaurios asomando su cabeza en la tierra y atrapando en sus bocas el cuerpo de cientos de muchachos asustados. Batallas a las puertas del Valhalla. Bombas cayendo en el corazón de Asgard. Y el rock, transformado en un enorme banquete cuyos alimentos proporcionan la inmortalidad. Convierten a los hombres en dioses, a los músicos en orgasmos y al público en energía divina y demoníaca. Un amasijo de escupitajos que pueden servir tanto como lubricante como símbolo de desprecio a la burguesía. Al psicoanálisis y las leyes. Y, finalmente, como abrazo absoluto a la vida.

Desde los parajes donde vivo desterrado aguardando que las arañas me atrapen o el tiburón muerda mi brazo izquierdo de una vez, siempre he respetado el death metal nórdico. Aunque había algo en mí que se resistía a abrazarlo. Sí, sé, queNattesferd no es exactamente death metal sino más bien hard rock surgido en las cuevas. Compuesto en revoltosos amaneceres entre imágenes de la luna apareciendo en espejos donde se ve a una bruja masturbarse.  Pero me hace entender mejor este estilo. Visualizarlo no tanto como una reacción (y consecuencia) de la era de la información y la tercera (o cuarta) revolución industrial sino como una de los últimas fronteras donde aún anida el romanticismo. Aforismos de Nietzsche, reflexiones de Feuberbach, y poemas de Hölderlin revueltos en un mar de guitarras oceánicas peligrosas. Un eclipse de oscuridad surgido de las entrañas de los terremotos con la esperanza de que el apocalipsis llegue al fin, los asesinos caminen de nuevo libres en los monasterios y los supervivientes de las catástrofes, puedan como antaño follar libremente en acantilados y ríos. Construir tribus portadoras de conjuros secretos que renueven palabras y leyes en beneficio del amor. El rescate de la humanidad perdida. Shalam

 نَّ الْقَلِيلَ بِالْقَلِيلِ يَكْثُرُ

En el mar de las mentiras no nadan más que peces muertos encabezado_averia

En el mar de las mentiras no nadan más que peces muertos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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