Tempest

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Tempest es música de burdel. La banda sonora ideal de Deadwood. Un western arisco y nocturno situado en los desiertos. Junto a parajes abiertos donde apenas se atisba la civilización. Y también es una bala. Y un sucio revolver. Aunque, sobre todo, es un disco sublime, con atmósfera de leyenda, que parece haber sido parido un siglo antes. En un salón donde hombres espurios, habituados a whisky aguado y arrojar escupitajos al suelo, contemplan a los músicos tocar entre las sucias caricias y miradas de viejas mujeres, señoritas sin encanto, acosadas por el futuro y la proverbial incertidumbre. Tempest, sí, es un vestíbulo lleno de sinceros personajes. Un baúl de disfraces cerrado. Y también arena. La voz rugosa, quebrada de un intérprete de canciones que flotan, concentran los flujos del tiempo, describiendo durante su desarrollo historias perdidas de bandoleros, granjeros y amantes narradas al oído por un demonio. Un Dylan espectral que canta como si fuera un aparecido al que se le hubiera dado otra oportunidad para vivir, y se expresara con la sabiduría de quienes han estado en el más allá. Como si supiera lo que es la eternidad y tuviera el suficiente temple y experiencia para narrarnos lo que supone enfrentarse y huir de ella un día tras otro.

Tempest es un LP para escuchar en multitud de ocasiones. Amanecer, atardecer y anochecer con él para extraer el jugo de temas que crecen y se expanden más y más, conforme se van revelando los acordes, misterios y engranajes que poseen. Es una creación de ocasos. Finales. La mezcla perfecta entre un relato de Nathaniel Hatwhorne y otro de John Steinbeck. EntreLa letra escarlata y Las uvas de la ira. Un álbum que como un tequila, da aliento a quien se encuentra desesperado. Quien lucha por continuar sobreviviendo y es consciente de que el mundo es un infierno en llamas. Un puñado de rabia elevándose a través del polvo que mira directamente, y sin complejo alguno, a varios de los míticos discos de Dylan. Un antiguo cigarrillo cuyo sabor es mucho más fresco y aromático que cualquiera de los nuevos. La invitación a un baile de época. Un recorrido a caballo por praderas agrestes sin un objetivo concreto. Y la irritación de un trovador abatido tras años y años recorriendo caminos abiertos y cerrados, habiendo saboreado las más gratas y agrias bebidas de amor. El veneno que mata, la miel que rejuvenece y también el tequila que asesina. O el aceite que seca gargantas. Un disco en definitiva interpretado por una calavera señorial que con su sola voz es capaz de que los muertos se arremolinen en torno suyo y comiencen lentamente a danzar un vals. A participar en un carnaval de almas donde no existe posibilidad de redención y aun así, hay alegría. Ciertos momentos de felicidad.

Tempest, sí, es enorme. Tal vez porque ni siquiera lo pretende. No sabe a revancha ni a ajuste de cuentas sino a sabiduría. No está realizado con rabia sino con templanza por más que no se halla muy lejos de los arrabales donde yacen los fracasados y condenados, y podría ser un aullido de furia. Un ramalazo de rabia que sin embargo acaba transformándose en un salmo. Una piedra al rojo vivo que ha soportado los envites del tiempo y es arrojada ahora al centro de un río. Hundiéndose con la conciencia del águila que se pliega sobre sus propias alas, cuando entiende que su hora ha llegado. Y tras la muerte, surge una luz que es señal y símbolo de que el camino lejos de cerrarse, vuelve a comenzar otra vez. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

No intentes poner recta la sombra de un bastón torcido

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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