Trance

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Aunque disfruto y acostumbro a leer muchos libros centrados en la actualidad o el pasado cercano -me encuentro estos días por ejemplo gozando con Al límite de Thomas Pynchon- por lo general me cuesta referirme a personas y hechos del presente en mis novelas. En realidad, siempre lo estoy haciendo pero para profundizar en el “ahora” necesito de relatos orientales, hechiceros, castillos medievales y piratas. Más que nada, porque no me interesa retratar la realidad sino sublimarla. Crear metáforas aparentemente alejadas del mundo actual que sin embargo capten e indaguen en su “malévola” esencia. Y para conseguir este objetivo, por lo general, suelo escuchar música cuanto más esquizoide o demodé mejor.Y si es posible, por supuesto, anti-cool. Aniquiladora de la modernidad o algún gusto consensuado e impuesto. Por más que, por supuesto que a mí me guste mucho. Esto es; necesito escribir sincronizado con discos que tengo la seguridad que la mayoría de personas que conozco, ignoran y se encuentran lejos de su radio de actuación actualmente. No de todas, claro. Más que nada, porque es desde el alejamiento y el distanciamiento, escuchando acordes expulsados del trasiego cotidiano, sintiendo que estoy transitando un tiempo flotante que podría estar situado varios siglos o años atrás, que puedo escuchar mi voz personal. Concentrarme y  dejar planear mi escritura por personajes situados en el precipicio de varios tiempos y siglos. Encerrados en mansiones oscuras contemplados por los rostros deformes de los lienzos en que se encuentran retratados sus familiares.

A este respecto, los cuatro discos de Scorpions grabados con Uli Roth (Fly to the raimbow, In trance, Virgin Killer y Taken by force) no fallan. Llevaba tiempo sin escucharlos pero una mención del líder de Opeth, Mikael Akerfeldt, como una influencia esencial en su carrera musical, me ha hecho volver a ellos. Más que nada para identificar puntos de contacto y simbiosis entre estas cuatro rocas del rock de los 70 y las odiseas diabólicas de la banda sueca. Y ante todo, porque me basta con escuchar la potente voz de Maine, las guitarras de Uli Roth y Rudolph Schenker sonando como ametralladoras de la era del rock progresivo o visualizar esas eróticas, transgresoras portadas a medio camino entre lo trashy y el erotismo de qualité, para salir de mí. Transportarme, endulzar mi día y dedicarme a escribir abstraído de todo aquello que me rodea pero al mismo tiempo, más intensa y lúcidamente sumergido en ese mundo del que cuanto más me evado, más me siento parte. Lo cierto es que los cuatro discos -gracias, sobre todo, a sus irregularidades- son una delicia. Una maravilla. Es posible escuchar en ellos, ecos del krautrock y la era hippie. Un deje progresivo que está perfectamente medido y contenido. Se encuentra presente y a la vez, opacado entre las constantes ráfagas de adrenalina emitidas por contundentes y veloces trallazos hard-rockeros. Medios tiempos experimentales de una sensibilidad muy acusada que ya anunciaban la posterior tendencia a las baladas de la banda germana. Y un aliento vanguardista que resulta muy difícil de explicar para quienes únicamente conozcan los Scorpions de los 80 y no se encuentren familiarizados con la guitarra de Uli Roth. Un músico con vocación de libertad, casi un gitano del rock, que me atrevo a decir que tocaba su guitarra como un saxofón. O un músico del jazz. Consiguiendo que en la mayoría de ocasiones, las composiciones se desarrollen de manera imprevisible. Posean partes que parezcan haber sido improvisadas. Sean el cruce perfecto entre Can, Jimmy Hendrix y el incipiente hard rock de los 70. Miles Davis tocando una macarrada en medio de Berlín o Hamburgo. Y una prueba de la libertad que anidaba en la música rock años atrás. O más bien, de los escasos prejuicios.

Realmente, aunque pudiera parecer lo contrario, ninguno de estos discos tiene un sonido añejo. Tampoco futurista, claro está. Pero sí que hay un aroma a “nuevo” y “vanguardia”, o al menos un aliento ciertamente inexplicable por todos ellos. Son raros. Se encuentran a medio camino de todos los lugares. Y eso los hace magnéticos. Poseedores de una potente personalidad. De hecho, basta escucharlos una vez para tomar conciencia de un hecho que el paso del tiempo tal vez no haya permitido comprender o precisar con exactitud. Tradicionalmente, se considera el punk la música que acabó con el rock sinfónico. Pues bien, estos cuatro discos de Scorpions demuestran que, independientemente del eructo y el corte de mangas de los Sex Pistols, el hard rock que iba a convertirse con los años en heavy, speed y trash metal estaba empujando fuertemente para hallar nuevas formas de expresión intensas y veloces afines a una nueva sensibilidad más nihilista. Únicamente que, a diferencia del punk, el hard rock no lo hizo de golpe. En unos cuantos segundos. Al contrario, se tomó su tiempo para invadir las calles. De hecho, no las destrozó. Las llenó de ruidos y magia. Y no perdió la épica. No dejó de lado un lirismo y un respeto por el pasado que en la medida que se encontraba lo suficientemente cercano, permitía a los músicos dialogar con él, y producir discos “vivos”, resbaladizos, auténticos experimentos sonoros como estos cuatro cuelgues rockeros de Scorpions. Una conversación entre el rock progresivo y el hard rock realizada en medio de territorios fronterizos e inusuales, de tal forma que no es difícil imaginárselos como banda sonora de un spaguetti western, una excursión juvenil a la playa o una incursión en un museo de arte contemporáneo.

Es inevitable pensar cómo hubieran evolucionado Scorpions de haber continuado con Uli Roth. Probablemente, sus discos no hubieran sido tan instantáneos. Se encontrarían llenos de desarrollos instrumentales. Un cruce entre lo que conocemos y el Neil Young más instintivo y psicodélico. Algo no necesariamente negativo. Porque son esas amplificaciones de las canciones, las que han conseguido que estos discos sean eternos. Continúen sorprendiendo cada vez que los escuchemos. Además de, claro, una producción visceral y meditada que consigue acercar, sí, por momentos el rock duro a la música disco. No tanto, claro, en cuanto a los resultados pero sí en la forma de tratar bajos y metales que suenan afilados y cortantes sin dañar. Como si estuvieran siendo grabados en medio de una discoteca repleta de fans de Grateful Dead, por salvajes, jóvenes rebeldes y soñadores, conscientes de que durante dos o tres décadas, no hubo nada, absolutamente nada más excitante que el rock. Y por tanto trataban a las canciones como a seres vivos. Romances que no se terminaban nunca. Ni siquiera cuando se prensaban definitivamente para su publicación. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Un libro destruido es un corazón que llora

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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