Triste

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Si algo queda claro tras contemplar los siete films documentales que componen la serie dedicada al blues por Martin Scorsese –The Blues. A musical journey– es que ese estilo musical es amor. Un pozo de nostalgia y desarraigo convertido en generosa entrega. Un grito en voz alta para curar el espanto y borrar la nostalgia. Hacerse uno con la incertidumbre y la sombra de los perros y vagabundos. Un cántico no tanto al origen perdido -que también- sino a la tierra. Las montañas y campos recorridos a través de una América convertida en una cárcel infernal, un torrente de naturaleza mudo y amenazante que poco a poco, por medio de las canciones y los rasguidos de las guitarras, fue convirtiéndose en un hogar para millones de expatriados. Sobre todo, para los emigrantes forzosos como es el caso de los negros sin los cuales el blues no existiría. Sería inconcebible a pesar de que fueron los blancos -The Rolling Stones, Cream, The animals, Bob Dylan- los que lo popularizaron y convirtieron en música accesible. Sin dejar de ser peligroso. Traicionar su sello: ser una especie de exorcismo a través del que los esclavos libres pero sin dinero ni una historia a la que aferrarse, se familiarizaban con praderas donde veían, entre sueños, aparecerse el espíritu de sus antepasados, se contaban leyendas de pistoleros que nunca morían y las historias sobre el diablo incidían en que su presencia más que una leyenda, era una certeza. La aparición de la garra de un lobo sangriento entre botellas de alcohol, cajas repletas de granos de maíz y cremalleras rotas de baqueros sin un mísero dolar en los bolsillos, arrojados en las praderas.

Del blues, eso sí, como de casi todos los estilos artísticos surgidos durante el siglo XX se conservan tantas grabaciones, imágenes y archivos que los siete documentales más que una indagación o búsqueda por lo inexplorado, se convierten finalmente en una celebración. Un ordenado compendio ideal como introducción o resumen final para los ya avezados. Es obvio que todos ellos no es que sean recomendables sino de obligada visión pero aún así, no me atrevería a afirmar que han sido capaces de atrapar el espíritu del blues en su interior. Más que nada, porque es imposible. Si algo se percibe o se intuye a través de las imágenes rodadas por Mike figgis, Win Wenders, Clint Eastwood, Charles Burnett, etc, es que el blues fue tanto una ristra de cigarrillos revueltos sobre una silla como un gallo recorriendo una habitación siendo contemplado fijamente por los ojos de un hombre hambriento. Una mecedora moviéndose lentamente al compás del viento y un alargado chillido de dolor. Una sucia baraja de cartas en las manos de seres humanos que hablaban a base de rugidos y follaban como si estuvieran penetrando en cuevas perseguidos por la sombra de sus ancestros. Que el blues era (y es) un ritual. Una llamarada de dolor convirtiéndose en danza sexual. Y una guitarra transformada en marmita repleta de conjuros de esperanza, vestidos con los que calentar el alma y arraigarse al vientre del enemigo. Fronteras extrañas que lentamente, a base de berridos musicales, la brujería del ritmo, fueron convirtiéndose en la patria de los desheredados y lóbregos seres destruidos. Seres humanos animalizados cuyas raíces habían sido quemadas en la hoguera de odio y miedo que levantaría el capitalismo.

El blues, sí, es un tugurio derruido. Una imagen en blanco y negro cuyos contornos se van borrando progresivamente. Una tradición y estilo de vida nacidos de la desesperación, el desarraigo y la obcecación. Política asocial. Una prueba de que dios y el diablo son la misma persona. Que el alcohol es una bendición divina y el arte, la destrucción de cualquier límite. La aniquilación de la racionalidad. Porque aún hoy en día, cuando muchos de los nombres que contribuyeron a forjar este estilo, forman parte del imaginario colectivo occidental (y mundial) y se encuentran integrados al star system musical, su surgimiento provoca asombro. Se sumerge en el pasto de las leyendas y mitos sin aparente explicación. Los senderos del pueblo judío huyendo de Egipto. Y es mucho más fácil decir qué es exactamente el blues moviendo el estómago, las piernas, contemplando un granero ardiendo, el rostro de un negro llorando con rabia mientras escupe al suelo o a Lita Ford elevándose por los aires sobre el cuerpo de Mickey Rourke en El corazón del ángel, que aplicando cualquier definición de manual. Porque, al fin y al cabo, la historia del blues, como la del ser humano, se escribe con renglones torcidos. Y el lenguaje (incluido el visual) existe no tanto para revelar sus secretos sino para contribuir a ocultarlos si es posible, para siempre y jamás. Shalam

 إِنَّ اللَّبِيبَ بِالإِشَارَةِ يَفْهَمُ

  Es muy difícil recoger el agua derramada

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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