Tú sabes que es verdad

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Que la sociedad contemporánea vive y se alimenta del “fake” no es noticia. Es casi cansino hasta repetirlo. Mucho más que un tópico. La política es “fake, el periodismo es “fake” y la realidad es “fake” porque básicamente todo es publicidad. Comercio morboso e innecesario. O propenso a ser publicitario. Slogan. Moda. Fetiche. Y el mundo del pop (vinculado por un resistente cordón umbilical a la televisión y al videoclip) por supuesto que también. Por lo que sirve como espejo perfecto para conocer el rumbo hacia el que el poder dirige a la sociedad. Se pueden hacer muchas clasificaciones pero yo distinguiría dos eras (entre otras muchas) en el pop. Una primera en la que se intentaba ocultar el origen (burgués o proletario) de los artistas para adaptarlo a su público y, en parte, crear una leyenda, construir un mito, aprovechando sus vacíos y misterios biográficos. Una perspectiva que por ejemplo igualaba a Spiderman, la Patrulla X, Daredevil o Superman (y sus respectivas identidades secretas) con Bob Dylan, el Bowie de Ziggy Stardust, Kiss o The residents. Y otra segunda, en la que el truco se desvela. Porque no importa tanto el artista sino el producto. El capitalismo ha llegado a un grado de evolución tal que se permite mostrar sus trucos y trampas. Es más, el secreto está en hacerlo. Y por ello, falsedad y artificialidad ocupan el trono no tanto para cimentar una saga o una mitología sino para convertir a la música en diseño. Terminar con el arte y transformar el pop en un plató de publicidad. Por ejemplo, el caso Milli Vanilli. Dos modelos que no cantaban en sus discos. Simplemente ponían su cuerpo, simulaban entonar las melodías e interpretar sensualmente las composiciones e incluso llegaron a ganar un Grammy con un disco que, paradójicamente,  (o no tanto) respondía al título de “Chica, tú sabes que es verdad”.

Sí. Obviamente, cuando se descubrió el montaje, el premio les fue retirado y nunca más se supo de ellos. Pero su presencia, el que hubieran llegado tan alto, ya apuntaba por donde iban los tiros. Porque lo que suele hacer el poder (o sistema) cuando desea introducir nuevos métodos de consumo por lo general es penalizarlos antes de sutilmente, darles carta de entrada definitiva conforme lo “prohibido” canaliza el inconsciente de la “masa” consumidora. Lo que ocurrió con Milli Vanilli era, supongo, una práctica más común de lo que parecía en el pop. Algo casi perpetuo. Como el doping. Aunque tal vez no se había llegado tan al límite como en esa ocasión. Jugando con tantas fronteras. Como si el público y la crítica fueran estúpidos e incapaces de detectar el truco. Algo que me hace pensar que probablemente, el escándalo estaba programado. Pues al fin y al cabo, esa prohibición y castigo no desató tanto una ira hacia los artistas prefabricados sino una comprensión mayor por parte del público de los mecanismos ocultos de la industria musical. Como el dinero deuda. Una difusión de la banalización. Y una aceptación masiva del engaño. Como el doping. Además, al fin y al cabo, el caso Milli Vanilli por ejemplo no estaba tan lejos de los casos de Roldán o Mario Conde en España o Berlusconi en Italia, que no se sabía si eran militares, banqueros o directamente, como el par de negros saltarines, inmensos comediantes. Lo que decretó que, en cierto modo, se comenzara a institucionalizar y aceptar la llegada masiva de grupos, periodistas y escritores que se sospechaba no cantaban, informaban ni escribían. Simplemente ponían su cuerpo y rostro a un producto. O al menos, que dejase de importar en el caso de la música, si el intérprete entonaba el estribillo en directo. O tenía algo que ver con este arte. Algo que en cierto modo cumplía una de las promesas del pop. Una de sus utopías. Disolver las barreras creadas por las clases sociales. Conseguir que cualquier por el mero hecho de ser atractivo y sin necesidad de poseer talento, pudiera llegar a convertirse en estrella. Transformar al obrero (o el muchacho de clase media destinado a un banco o una Universidad) en ídolo y retirar del rock ese componente de mitología que había hecho peligrosos durante cierto tiempo para el sistema a sus leyendas. Porque ahora el cantante no tenía más biografía que la del vendedor de la esquina. Su rostro era el de cualquiera (guapo o guapa, eso sí). Y su identidad no era sagrada sino opaca (por conocida). Como la del Spiderman de Ultimate cuyo secreto es conocido hasta por su tía May. Con lo que se transformaba el arte definitivamente en consumo. Quitándole carga social y mitológica. Convirtiéndolo en un arma para inocular nuevas ideas proclives al poder, como el hedonismo masivo. El Ibiza remix. La fiesta de la espuma. Y la vida como un día final de graduación alargado en el tiempo. Ricky Martín corriendo detrás de las niñas (o los niños). Y Porkys power.

Los artistas, de hecho, ya no aspiraban a ser un póster. Eran ese póster.  Un logo prefabricado que no tenía porqué remitir a unas canciones determinadas. O al menos no tenía esa obligación. Porque eran ahora esas mismas canciones las que iban detrás de la imagen. Y en cuanto la ofensiva grungedecayó bien por el suicidio de Kurt Cobain o por el desgaste lógico de toda escena alternativa que deviene masiva, el mundo musical (hablo metafóricamente) se convirtió en un inmenso tablero virtual. Los 90. Un inmenso grano o caja de música electrónica y cerebral que decretó la muerte de la espontaneidad, creatividad y rebeldía a medida que programas como Gran Hermano, La quinta marcha, Crónicas marcianas,La Máquina de la verdad, políticas neoliberales y ficciones (más o menos creíbles) se instauraban fantasmagóricamente en la vida social. Haciendo creer al español medio que era rico. Un modelo de Milli Vanilli por ejemplo. O un enorme empresario, mientras se le ocultaba la letra pequeña de contratos leoninos y todas las voces contestatarias, como había sucedido antes en el rock, eran opacadas o puestas en entredicho, como es el caso de la revista Ajoblanco y tantos músicos y escritores que durante los 90 tuvieron que sufrir el descrédito y vacío más absoluto o reconvertirse en estrellas mediáticas (sin nada que ofrecer más que su rostro) para conseguir sobrevivir e instaurar el reino zombie que aun continúa gobernando nuestro país y el mundo. Tal y como sugiere el éxito de Lady Gaga, Beyoncé u Operación Triunfo, así como sus reapariciones, repeticiones, desapariciones, fracasos y renacimientos.

¿Qué es, me parece a mí, en cualquier caso, la estrategia que hay (o había) detrás de esta invasión total de la ficción? El olvido de la muerte. Que las personas se aparten su origen e identidad (y tengan además facilidades para ello como muestra Internet) provocando ese nocivo descontento (y desencanto) que arrastra consigo la no aceptación de la realidad. Y mucho más, ni siquiera intuir qué es lo real. Muerte y vida. Una desorientación que se intenta suplir con las adicciones, el trabajo, el sexo y por supuesto, el dinero. Medios (o armas) que aprovecha el sistema para dominar, implantando las fantasías necesarias para que la realidad nunca ocurra. Y ese deseo además sea solicitado por el pueblo (manipulado o no). De hecho, si nos fijamos, en verdad, Milli Vanilli no realizaron ninguna trampa o al menos, su actuación no fue tan poco legítima (como hipócritamente se presenta), pues seguramente, la raíz del problema radicaba en las fantasías de su público -el fenómeno fan- que no hubiera aceptado sus canciones de ser presentadas por sus intérpretes originales. Una forma como otra de evitar la verdad y continuar siendo zombie. O sinónimo de zombie: esto es, anoréxico, obeso y corredor de bolsa. Y si me apuran, funcionario. Seres que inventan (o transforman) la cotidianeidad y actualidad diariamente con mucha más potencia que cualquier escritor para conseguir su objetivo (o el objetivo del capitalismo): no tener que aceptar esa realidad jamás. Y menos, la verdad. Que nunca se sabe cuál es, porque al fin y al cabo, el público no se mira en sí mismo para disolver su negra soledad, sino en el espejo de los otros. Ese mar de colores y caramelos, deporte, doping, música, play back, teatro, perfomance y cine cotidiano (irreal) que, sin embargo,se nos indica que es total y absolutamente real. Insistiendo para inocularlo mental y espiritualmente, en repetir desde todos los altavoces mediáticos de la sociedad de consumo, una y otra vez aquellos versos que titulaban el más famoso disco de Milli Vanilli: “Tú sabes que es verdad. Tú sabes que es verdad. Tú sabes que es verdad. Tú sabes que es verdad. Tú sabes que es verdad”. O más bien, -añadiría yo- quieres creer que es verdad (aunque sepas que es un “fake”), porque si creyeras (o hicieras creer) que es mentira, tendrías que enfrentarte a tu muerte. Y el capitalismo (y sus ciudadanos) prefieren siempre culpar a los otros o autodestruirse antes que aceptar la realidad. Aunque ya nadie -excepto Milli Vanilli- sepa lo que es. Shalam

 اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

 No es la ley lo que asusta, sino el juez

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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