Turbo

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¿Cuántos músicos legendarios patinaron o hicieron el ridículo durante los 80? Creo que la lista es innumerable. Discos mediocres hicieron desde Bob Dylan hasta Neil Young o The Rolling Stones. Los teclados y sintetizadores lo cambiaron todo y, de repente, era necesario apostar por ellos y por peinados inverosímiles fijados con laca si no se quería perder el tren de la actualidad, o convertirse en un marginado. Si hubo un estilo musical, sin embargo, que hizo frente a esta ola de misticismo tecnológico y consumista fue el heavy metal. Esa apisonadora de sonidos rocosos. Pero aun así, ni siquiera sus grupos más legendarios pudieron o supieron abstraerse de esta moda. Tony Iommy por ejemplo, de repente y sin previo aviso, tras la marcha de Ronnie James Dio de Black Sabbath, casi quedó desplazado del primer plano musical por seguir fiel a su incendiarios riffs de guitarras. Y, conscientes de lo que demandaba la década, tanto Iron Maiden, Ozzy Osbourne, Scorpions, Def Leppard o Whitesnake -unos más y otros menos; en ocasiones de manera impresionista y otras, dándoles el papel principal- utilizaron sintetizadores o al menos, modernizaron sus producciones. Amansando su fiereza y en ocasiones, incluso edulcorándola. ¿Para qué nos vamos a engañar? Lo natural, desde luego, hubiera sido que aquellos músicos hubieran hecho el ridículo. Hubieran dado a luz auténticos bodrios o discos fallidos pero aquella década no sólo fue la de Prince sino también la del heavy, los astros se encontraban alineados y sorprendentemente, en la mayoría de los casos, estas incursiones resultaron interesantes y dieron buenos resultados y hasta en ocasiones, obras maestras como es el caso de Hysteria o de otra de esas creaciones maravillosas e inolvidables. Me refiero, claro, al polémico Turbo de Judas Priest.

Para mí, Turbo son palabras mayores. Un disco en el que todo encaja, realizado con absoluta naturalidad. No percibo en ningún momento conflicto alguno entre los sintetizadores y las composiciones. Incluso lo siento mucho menos forzado que aquel Point of entry, con el que la banda británica se propuso años antes, adentrarse en el mercado norteamericano. Judas Priest era una banda en ascenso constante y evolución y resulta totalmente lógico que desearan experimentar, mezclar su ya bien madurado estilo con los sonidos del momento para intentar llevarlo a otra dimensión. Abrir compuertas que les permitieran seguir creciendo y no estancarse.

Al fin y al cabo, es lo que siempre habían hecho. Con sus cinco primeros discos habían creado un sonido rocoso y afilado, ideal para ilustrar la dura vida en las ciudades modernas que no sé si ha sido totalmente comprendido todavía. Seguramente porque la intelligentzia ha dejado en entredicho muchas veces al heavy metal y lo ha ridiculizado cuanto ha podido. Algo que me resulta realmente extraño pues basta escuchar aquellas míticas grabaciones de Judas para comprender que, con otro formato y menos nihilismo (al fin y al cabo, ellos sí se preocupaban de tocar bien), estaban apuntando al mismo problema que muchas bandas punks. Básicamente, porque todos aquellos vinilos -al igual que su excelso continuador, British Steel– eran respuestas al mundo surgido tras la crisis del petroleo. Estaban destinados a cientos de jóvenes en paro que desconocían cómo podrían integrarse en la sociedad industrial, y se encontraban consecuentemente llenos de odas futuristas y violentas. Canciones que podían servir tanto para ilustrar una batalla o la injusticia del mundo moderno como la experiencia de miles de muchachos crecidos en los barrios obreros, reacios a adentrarse en una tecnificada e individualista sociedad. Es decir; ambos estilos daban testimonio de una situación similar y eran además un puñetazo en el mentón del rock progresivo. Ocurre que si el punk les decía irreverentemente a los jóvenes, “rompedlo todo, mandadlo todo a tomar por culo”, el heavy les inculcaba fuerza: “Resistid, no os rindáis, aguantad”. De hecho, probablemente tanto la épica del hard rock como en cierto modo, las baladas heavy nazcan de esa necesidad de dar aliento a miles de jóvenes y hacer de la mediocridad diaria, poesía combativa. Y basta escuchar algunas canciones del maravilloso Sad Wings of destiny para comprenderlo. Pues muchas de ellas son verdaderos cánticos angélicos de resistencia destinados a las almas de jóvenes que estaban condenados a pelear duro para ganarse la vida y más de una vez, habían pensado en tirar la toalla.

Obviamente, Judas no llegaron fácilmente a lograr el sonido de British. Pero a pesar de haber logrado definir todo un estilo con aquel disco, no se detuvieron ahí. No se repitieron constantemente sino que lo agrandaron, ampliaron y matizaron en posteriores obras como Defenders of the faith. Y, en buena medida, la posibilidad de explorar los sintetizadores, les permitía sin dudas crecer. Continuar una aventura artística ascendente. ¿Cómo se iban a negar hacerlo? Parece ridículo pensarlo, teniendo en cuenta los resultados. De hecho, yo no creo que les restaran personalidad, dado que la identidad del grupo se mantenía inalterable por todo el disco, sino que más bien, creo que hacían su estilo más complejo y sutil. Pues ahora Judas no eran ni un tractor ni un camión rodando por el desierto sino una nave espacial. Básicamente, porque aquellos sintetizadores no aportaban comercialidad sino profundidad y relieve a canciones que no sólo atacaban el estómago ahora sino también al cerebro. Y en este sentido, tanto “Out in the cold” como “Turbo lover” me parecen sumamente ilustrativas a este respecto, porque hubieran podido encajar perfectamente en películas como Blade Runner o Terminator y no únicamente en Mad Max, como las de los discos anteriores. Además, a la banda se la sentía muy a gusto. Divirtiéndose por haber encontrado un nuevo color con el que decorar una paleta de sonidos que podía haber caído perfectamente en la sobresaturación de no haber recibido otro tratamiento. Y en cualquier caso, dejándonos ya de sutilezas, ocurre además que los nueve temas de aquel disco eran buenísimos. Mágicos. Hacían evolucionar el rock al tiempo que rememoraban viejas experimentaciones sonoras. De hecho, no estoy en absoluto de acuerdo con quienes consideraron que Turbo tenía un sonido FM, pues lo que más bien poseía era un sonido añejo adaptado al presente o a un hipotético futuro. Era, en definitiva, un trallazo de puro rock que por momentos, casi se podía bailar y desde luego, miraba al suelo y a las estrellas. Era el motor de un cohete y un Ferrari a la vez. Pura inteligencia sonora. El rock ganándole al techno en su propio terreno.

Lamentablemente, conforme se convertían en leyendas, Judas Priest tuvieron que luchar contra dos enemigos: la ya mencionada intelligentzia y sus propios fans. Muchos de ellos reaccionaron mal ante Turbo y la banda no se se atrevió a repetir la experiencia o incluso ir un paso más allá musicalmente. Quisieron demostrar que continuaban siendo iconos rockeros, juraron volver a sus raíces y sacaron un disco realmente desequilibrado y demasiado veloz, Ram it down, en el que las guitarras ardían pero ya no herían. Pues se percibía con claridad que deseaban impresionar y que ya no estaban explorando nuevos caminos sino buscando resarcirse de los ataques y por tanto, iban por primera vez a contrapié. Forzados. De hecho, al parecer, muchos de los temas de aquel decepcionante retorno, en realidad, habían sido compuestos para Turbo y estoy convencido de que, siendo tratados pacientemente y con suavidad, hubieran tenido un profundo calado pero la manera en que fueron presentados, desde luego, no les ayudó. Algo que mitificó un poco más si cabe a aquel sonido mezcla de sintetizadores y movedizas guitarras del que no se despegarían hasta realizar una grabación que hubiera podido perfectamente escuchar el Motorista Fantasma en sus recorridos nocturnos: el majestuoso Painkiller. Una creación que permitió a Judas adentrarse en la era del grunge con paso firme, aunque no obstante los volvió a situar frente a otro abismo tan profundo como el de Turbo. Un soberbio Lp en definitiva, que lo mismo hubiera podido servir de sintonía de El coche fantástico o Galáctica como aparecer en medio de una película rodada en el siglo XXI y en cualquiera de las situaciones, hubiera aportado un toque enigmático, resultón y divertido. Shalam

إنَّ هَذا الشِّبْلَ مِنْ ذَلِكَ الأَسَدِ

Aprobarlo todo, suele ser ignorancia; suspenderlo todo, malicia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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