Un effrit negro

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Al contrario que a David Bowie, no considero a Prince un genio sino la mismísima genialidad diluida en un cuerpo humano. Genialidad pura, instintiva y en total libertad. De hecho, más que dueño de sus recursos y su prodigiosa forma de concebir los ritmos, Prince parecía vivir poseído por su inmensa capacidad creativa. Devorado por sus veleidades y ajeno al mundo de los mortales que miraba con cierta suficiencia y curiosidad desde su mansión en Paisley Park.

Prince era un demonio de corazón compasivo. Un ángel de aliento turbio y mirada esquiva que era capaz tanto de concederles no tres sino ciento y un deseos a sus fans como de angustiarles cancelando conciertos que prometían ser memorables o entregarles discos que con un poco más de dedicación y esmero tal vez hubieran estado a la altura de las expectativas creadas.

Durante los 80, Prince fue prácticamente el dios de la música pop. Grabó, por ejemplo, varias obras maestras –Parade, 1999, Sing of the timesLovesexy, Graffiti Bridge, The love symbol album– que eran un dechado de imaginación desbordante. Una mezcla extraña entre Sargent Pepper’s, Jimi Hendrix, James Brown y trip hop callejero. Un recorrido por el país de la maravillas de la música negra en el que era posible encontrar los más diversos y extraños estilos: soul surreal, tropicalia procedente del Bronx, rap orquestal, psicodelia blues, gospel marciano y hasta funk parecido a krautrock.

Definir correctamente esos discos parece tarea imposible de tanta magia explosiva y sensual, hedonismo y desparpajo que hay en ellos. Muchas de sus canciones eran casi como orgasmos incontrolables. Intensas descripciones del palacio de la lujuria pop. Estatuas movedizas del dios Ra. Semen cayendo desbordado sobre acordes rockeros que destripaban los intestinos de Funkadelic, Parliament o Sly Stone. Eran, sí, delirios de un artista que parecía que hacía brujería con sus instrumentos y concebía cada composición como una carta de tarot, cada melodía como un fragmento del alma divina y su trabajo, como si fuera el de un alquimista.

Prince era prácticamente un extraterrestre. Un duende con la capacidad de convertir las partituras en colores, frutos cremosos o diamantes y perlas, como tituló a uno de sus discos (Diamonds and pearls) más accesibles, edulcorados y sensibles. Su música era, ante todo, sexual. Onanista y narcisista. Ropa interior de lujo. Un peinado muy caro y extravagante convertido gracias a su destreza en clásico. Porque Prince parecía haber nacido en una marmita funk y haber tenido el privilegio de conocer secretos y revelaciones artísticas en su niñez que a la mayoría de los músicos les cuesta media vida llegar a atisbar.

No resultaba difícil, en cualquier caso, imaginar a Prince masturbándose con su propio reflejo delante de un espejo. Entregado a placeres que, como algunos de sus últimos discos, casi que únicamente disfrutaba él mismo. Algo que lo diferenciaba de gran parte de los hermanos de raza en los que se inspiró para condimentar muchos de los exquisitos platos musicales que creó.

James Brown, por ejemplo, movía cada músculo de su cuerpo para follar. Bailaba como quien está disfrutando del cuerpo de una sola mujer satisfecha ante tal despliegue de energía sexual. Sam Cooke cantaba para besar a su enamorada. Conseguir que se comprometiera hasta el último día de su vida con él. Jimi Hendrix tocaba la guitarra como si sus cuerdas fueran los pelos de las vaginas de varias mujeres y se encontrara en una habitación donde, antes o después, se llevaría a cabo una orgía. Little Richards interpretaba música como si estuviera en un granja y cada día fuera carnaval. Marvin Gaye como un reverendo rodeado de un conjunto de fieles pendiente de su palabra divina. Michael Jackson, como si hubiera hecho una apuesta con la muerte para demostrar que podía bailar mejor que ella. Y Prince lo hacía, como si sus gorgoritos hicieran feliz a dios, no hubiera nadie más especial que él sobre la tierra y sintiera por ello unas incontenibles ganas de follar consigo mismo.

No obstante, tampoco resulta desde luego complejo imaginar a Prince acariciando a varias mujeres a la vez. En medio de una tormenta sexual colectiva. Pues cuando su música se abría gozosa a los oyentes, se convertía en ambrosía divina. Un manjar erótico que podía perfectamente ejercer de banda sonora de El banquete platónico como de traducir a sonidos lo que habría sido una excursión al lecho de Cleopatra en el antiguo Egipto o una bacanal de lujo en un vetusto palacio romano.

Obviamente, Prince hizo suyo todo aquello que tocaba. Como un druida de la música pop, por ejemplo, condujo los clásicos de la Motown a otra dimensión. Los convirtió en una batidora electro, un mantra pop, casi una discoteca incendiaria y, pronto, se alzó como un símbolo a través del que los negros recuperaron el presente de la música.

Nadie ejecutaba con tanta chulería, de hecho, los compases de la música disco como ese duende que componía canciones como si en las hormonas hubiera recibido un soplo de inspiración divina o un chute de droga. Un elfo que no parecía real y acabó efectivamente viviendo en un mundo paralelo. Transformado en una de esas canciones que con tanta soltura y fluidez componía, las cuales sobrevolaban tantos metros el suelo de los bares que parecían imposibles de ser bailadas incluso por los expertos de la danza.

Prince era un niño grande que hablaba como una guitarra, cantaba como un saxofón desgarrado, componía como un labio humedecido, se movía por el escenario como si estuviera a punto de tener un orgasmo y tocaba el piano como si fuera un maestro de conservatorio y las teclas estuvieran bañadas en alcohol. Mezcladas con pedazos de marihuana y unas medias rojas. Y además, parecía ajeno a todo lo que no tuviera que ver con sexo y arte.

Cuesta entristecerse con la muerte de Prince porque grabó tanta música que siempre hay un doblón de oro que descubrir en su discografía. Una discografía parecida a un acuario lleno de peces de colores y a una ciudad llena de graffitis en los muros de sus edificios. Probablemente porque, a pesar de que el funk era el estilo con el que se sentía más cómodo, su espíritu era el de un jazzista. Su obra en su conjunto, de hecho, y más después de su deriva de los últimos años, puede leerse o mejor, escucharse como una inmensa jam session sin apenas interrupciones. Un tema de la duración de varios días que, con las sinalefas y enlaces adecuados, podría ser oído incesantemente. Es prácticamente una eterna canción sobre dios y el amor.

En realidad, estoy convencido de que si Prince hubiera nacido dos o tres décadas antes, hubiera competido con Miles Davis por el trono de la música libre y que si se hubiera dedicado a la pintura, lo hubiera hecho con Salvador Dalí por el de la monstruosa imaginación. Porque Prince era la genialidad imponiéndose a la personalidad, la inspiración al orden y la excentricidad a cualquier atisbo de normalidad. Era, sí, un espermatozoide copulando eternamente con el mundo de la música. Y su obra en su conjunto, por tanto, creo que ha de leerse como una exploración de los sonidos que emergieron del cuerpo de dios cuando se sentó en los cielos y contemplando su creación por varios minutos, tras emitir un grito atronador, decidió comenzar a bailar. Shalam

 أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

 Las mariposas nocturnas suelen precipitarse al fuego

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Regateo.

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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