Un effrit negro

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Al contrario que a David Bowie, no considero a Prince un genio, sino la misma genialidad diluida en un frasco de huesos y sangre. Pura, instintiva y en total libertad. Pues más que dueño de sus recursos, su prodigiosa forma de concebir los ritmos, parecía vivir poseído por ella. Devorado por sus veleidades. Como si un demonio benigno se hubiera apoderado de su alma y le obligara a crear según los ritmos marcados en el cielo (o el infierno). Ajeno a ese mundo de los humanos que miraba con cierta suficiencia y curiosidad desde su mansión en Paisley Park, que concibo semejante a uno de esos cofrecillos de bronce de los que surgen los effrits en los cuentos de Las 1001 noches. Porque Prince era fuego y agua unidos formando un espíritu imprevisible. Un tornado empujando y el muro que lo detiene. Un demonio de corazón compasivo o un ángel de aliento turbio y mirada esquiva, que lo mismo le concedía no tres sino ciento y uno deseos a sus fans, que los angustiaba cancelando conciertos que prometían ser memorables o los agobiaba entregándoles discos que con un poco más de dedicación y esmero, tal vez hubieran estado a la altura de las expectativas creadas. De todas esas canciones que formaban parte de aquellos LPs –Parade, 1999, Sing of the times,Lovesexy, Graffiti Bridge, The love symbol album– con que se forjó su leyenda de oro, puesto que eran imaginación desbordante. Una mezcla extraña entre Sergeant Pepper’s, Jimi Hendrix, James Brown y pedazos de trip hop callejero. Un recorrido por el país de la maravillas de la música negra. Soul surreal. Magia rítmica explosiva y sensual. Tropicalia del Bronx. Hedonismo y desparpajo. Rap orquestal. Cool thing. Psicodelia blues. El funk convertido en un tanque krautrock. Orgasmos incontrolables en el palacio de la lujuria de la música pop. Gospel marcianos. Estatuas movedizas del dios Ra y un viejo bluesman. Semen cayendo desbordado sobre acordes rockeros que destripaban los intestinos de Funkadelic, Parliament o Sly Stone. Lluvia rodando en los sótanos de una discoteca. Y delirios de un artista que parecía que hacía brujería con sus instrumentos. Que era un duende o un extraño mago situado sobre una colina que concebía cada canción como una carta de tarot. Cada melodía como parte del alma divina. Y su trabajo, como si fuera el de un alquimista. Un extratarrestre que, agarraba en su mano jirones de inspiración, compases y partituras transformadas en polvo, hasta convertirlas en colores, emociones brillantes, ojos y miradas de amor sobrevolando los cielos como un arco iris. Gargantas rockeras y frutos cremosos. O diamantes y perlas, como tituló uno de sus discos más accesibles. Edulcorados y sensibles.

La música de Prince era, ante todo, sexualidad. Sexo onanista y narcisista. Ropa interior de lujo. Un peinado muy caro y extravagante que, en su cabeza, sonaba a clásico. Un revival con sentido. No resultaba difícil por ejemplo, imaginarlo masturbándose con su propio reflejo delante de un espejo. Entregado a placeres que, como algunos de sus últimos discos, casi que únicamente disfrutaba él mismo. Algo que lo diferenciaba de gran parte de los hermanos de raza en los que se apoyó e inspiró para condimentar muchos de los exquisitos platos musicales que creó. James Brown, por ejemplo, movía cada músculo de su cuerpo para follar. Cantaba, bailaba como quien está disfrutando del cuerpo de una sola mujer que responde a sus movimientos con gemidos sin fin. Sam Cooke lo hacía para besar a su enamorada. Conseguir que se comprometiera hasta el último día de su vida con él. Jimi Hendrix tocaba la guitarra como si fueran los pelos de las vaginas de varias mujeres porque se aproximaba a la música instintivamente. Como quien se introduce en una habitación donde antes o después se llevará a cabo una orgía. Little Richards como si estuviera en un granja y cada día fuera carnaval. Marvin Gaye como un reverendo rodeado de un conjunto de fieles pendiente de su palabra divina. Michael Jackson, como si le estuviera persiguiendo la Parca. Estuviera apostando con la muerte que podía bailar mejor que ella. Y Prince, como si sus gorgoritos hicieran feliz a dios. Y no hubiera nadie más especial que él sobre la tierra. El mundo fuera un eterno lago gritando en voz alta su genialidad. Aunque tampoco resulta desde luego complejo imaginarlo acariciando a varias mujeres a la vez. En medio de una tormenta sexual colectiva. Pues cuando su música se abría gozosa a los oyentes, se convertía  en una habitación repleta de frutas de distintos sabores y colores. Ambrosía divina que podía servir de banda sonora de El banquete platónico, una excursión al lecho de Cleopatra o de una bacanal de lujo en un antiguo palacio romano. Una serpiente lamiendo con su lengua los pubis de varias jóvenes abriéndose y cerrándose al compás de los guitarrazos y movimientos de caderas de esta bomba de inspiración que parecía haber nacido en  la marmita del funk. El espacial y el terrestre. El galáctico y diabólico. Haberse criado entre secretos y revelaciones que a la gran parte de los músicos les cuesta media vida conocer.

Prince hizo suyo todo aquello que tocaba. Como un druida de la música pop, condujo los clásicos de la Motown a otra dimensión. Los convirtió en sonido vivo y excitante. Pista de baile sudorosa. Batidora electro. Un mantra pop. Y una discoteca incendiaria.La llama a través de la que los negros recuperaban no tanto su orgullo sino el presente. Convertían el país norteamericano en un tierra en la que reinaban. Porque nadie ejecutaba con tanta chulería los compases de la música disco como ese duende que componía canciones como si en las hormonas hubiera recibido un soplo de inspiración divina. Un chute de droga haciendo estragos en la mente de un elfo que no parecía real y acabó efectivamente viviendo en un mundo paralelo. Transformado en una de esas canciones que componía que tanto les costaba aterrizar. Sobrevolaban tantos metros el suelo de los bares que parecían imposibles de bailar. Únicamente ser accesibles a los expertos de la danza. Los profesionales de un delirante mundo en el que únicamente existía un rey, la música, y un príncipe. Este niño grande que bailaba como una guitarra, cantaba como un saxofón desgarrado, componía como un labio humedecido y tocaba el piano como si fuera un maestro de conservatorio y las teclas estuvieran bañadas en alcohol. Mezcladas con pedazos de marihuana y unas medias rojas. O como si estuviera describiendo el clímax sexual al tiempo que lo alcanzaba. Y todo lo que no fuera el amor, las historias de celos e imposibles y las pasiones desbordantes fuera para él absolutamente accesorio. Un parche mediocre dentro de unas fronteras en las que lo únicamente importante eran el sexo y el arte.

Cuesta entristecerse con la muerte de Prince porque grabó tanta música que siempre hay un doblón de oro que descubrir, en medio de decenas de discos que, formados en fila unos junto a otros, parecen un océano de peces de colores con los que jugar, o un sin fin de graffitis decorando las paredes de barrios duros. Seguramente porque, a pesar de que el espacio rítmico donde se sentía más cómodo y su pelvis se movía con mayor ligereza era el funk, su espíritu era el de un jazzista. Su discografía, de hecho, y más después de su deriva de los últimos años, puede leerse o mejor, escucharse como una inmensa jam session sin apenas interrupciones. Un tema de la duración de varios días que, con las sinalefas y enlaces adecuados, podría ser oído incesantemente. Como una eterna canción sobre dios y el amor penetrando el inconsciente humano. Forjando escenas de sexo lascivo en las nubes. De hecho, estoy convencido que si Prince hubiera nacido dos o tres décadas antes, hubiera competido con Miles Davis por el trono de la música libre. Como si se hubiera dedicado a la pintura, lo hubiera hecho con Salvador Dalí por el de la monstruosa imaginación. Porque Prince era la genialidad imponiéndose a la personalidad. La inspiración al orden. Y la excentricidad a cualquier atisbo de normalidad. Era, sí, un espermatozoide copulando eternamente con el mundo de la música. Componiendo temas que eran gemidos de placer. Una exploración de los sonidos que emergieron del cuerpo de dios cuando se sentó en los cielos y contemplando su creación por varios minutos, tras emitir un grito atronador, decidió comenzar a bailar. Shalam

 أُحِبُّكَ يَا نَافِعِي وَلَوْ كُنْتَ عَدُوِّي

 Las mariposas nocturnas suelen precipitarse al fuego

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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