Varèse

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Han pasado en ocasiones casi más de cien años desde la aparición de algunas de las obras de vanguardia musical más importantes y la mayoría todavía continúan suscitando todo tipo de interrogantes. Sobre todo, dos: por qué y para qué.

De hecho, creo que lo que diferencia a una obra musical clásica de otra de vanguardia es que la primera la escuchamos sin preguntarnos nada. Simplemente la disfrutamos o no. Y con la segunda, no es tanto el disfrute lo que importa sino las interpretaciones que podemos extraer de su escucha. El vacío que la misma obra lleva implícito y necesitamos llenar, leyendo textos, artículos o preguntando una y otra vez las más diversas cuestiones dirigidas a su ser íntimo.

¿Qué nos dice una obra, por ejemplo, como la de Edgar Varése? ¿Sabemos o sabremos algún día qué deseaba decirnos? Yo creo que no y que incluso el propio músico lo desconocía. Eso formaba parte de su reto y apuesta a la hora de componer. De su pacto implícito con el arte. Creo que porque Varése representa, en cierto modo, la primera vez que la música miró al futuro. Atravesó los muros de las partituras que la contenían y se lanzó hacia delante, desligándose del oyente y escuchándose únicamente a sí misma y  a su propio desarrollo. Vislumbrando más lo que podía ser que lo que ya era. Es el instante exacto en que la música comenzó a desear ser más que música sin necesidad de instrumentos u orquesta. Convertirse en un oráculo abstracto que radiografiase el porvenir. Un pórtico que abriera la puerta del fin del mundo y nos guiara por los aires ante la futura destrucción.

A Varése, ciertamente, no lo concibo como un destructor del sonido. Un Lautreamont del arte musical. Más bien, lo vislumbro como un profeta. Un ángel elevando sus alas por los maremotos del tiempo. Amériques no es para mí al menos el poema musical de la modernidad. El Manhattan Transfer de la música norteamericana. Es el poema de lo que vendrá después de la modernidad. De lo que ocurrirá conforme la civilización se desarrolle más y más y entre en colapso. Y algo parecido puedo indicar de Deserts. Aunque, en este caso, el paisaje que nos muestra la pieza es más bien uno surgido tras el eclipse del mundo natural. Porque aunque Varése habla constantemente de lo que está pasando en su tiempo (y de lo que le está además sucediendo al sonido), en realidad, alude a lo que ocurrirá después. Siempre después. En un tiempo que aún no ha llegado pero la misma existencia de su música augura que llegará y cuando así sea, convocará el momento fulminante. Acaso el deshielo del intelecto y la era de la ciencia.

137153_origContrariamente a lo que ocurre con la mayoría de músicos de su estirpe, la obra que se se conserva de Varése no es muy amplia. Muchas de sus composiciones se han perdido o fueron destruidas por él mismo.

Un hecho realmente significativo porque lo convierte en un artista abisal se lo mire por donde se lo mire y contribuye a transformar su discografía en una vibrante ruleta sonora. Una bola de acero musical girando continuamente sobre sí misma que, de tanto en tanto, se abre en trozos de los que emergen sonidos más o menos inconexos que generan incertidumbre, invocan peligro psíquico o rupturas mentales y posiblemente, también nos adviertan del riesgo de traspasar límites o quebrarlos: convertir a los seres humanos en lunáticos melancólicos cuyo lenguaje es y será ininteligible. Reflejo de sus textos sonoros totalitarios y desoladores, parecidos a lagos de cristal llenos de transistores y cables cortados; bocinas y ruedas de bicicleta destrozadas. Shalam

اِبْنُ آدَمَ يُرْبَطُ مِنْ لِسَانِهِ وَالثَّوْرَ مِنْ قُرُونِهِ

El mejor profeta del pasado es el futuro

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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