Víctimas del futuro

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Gary Moore fue un genio incomprendido. Un genio discreto. Un genio secundario. Un músico impresionante al que le jugó en contra cierta tendencia a la dispersión. Tal vez nunca superó los límites de su instrumento -la guitarra- pero sí fue capaz de imprimirle su personalidad. Dejarle grabado su sello.

Gary Moore siempre fue un jinete cabalgando entre varios mundos. Era el “irlandés” incrustado en un medio dominado por ingleses y norteamericanos. Comenzó a tocar blues en los 90 de una manera un tanto sorprendente y para algunos “artificial” aunque, desde su niñez, había aprendido a hacerlo inspirándose en los clásicos de este estilo. Fue un adalid del hard rock pero imprimía constantes notas de sentimentalidad a sus canciones que, en algún caso, incluso se remontaban a las épicas tradiciones de su patria. Y comenzó a ser conocido y hacerse un nombre en la escena rockera gracias a sus colaboraciones con Thin Lizzy a pesar de que tan sólo grabó un disco con ellos.

En realidad, Moore siempre fue por libre. Fue un solitario con un mundo interior muy rico que, aunque utilizaba la música popular para expresarse, no terminó de conectar totalmente con todos los oyentes con los que pudiera haberlo hecho tal vez porque, en el fondo, era un rebelde tímido. Un intimista que probablemente se sentía más a gusto y pleno tocando en su habitación que delante de miles de personas y, en cierto sentido, se sentía ajeno a gran parte de las obligaciones del star-system. De hecho, yo al menos cuando pienso en el músico irlandés, lo imagino caminando solitario con una guitarra en sus manos por caminos oblicuos llenos de bosques y arena espesa. Como un vagabundo en busca de un lecho en el que sentarse a tocar la guitarra durante horas que, no obstante, necesitaba viajar para encontrar historias que narrar y melodías con las que acompañarlas.

Gary Moore nunca grabó un disco perfecto. Pero sí un gran número de obras interesantes, llenas de momentos mágicos.  De entre todas ellas, me quedo con Victims of the future porque fue la primera que escuché y porque, a pesar de su brevedad, tiene cinco temas maravillosos, exquisitos y combina perfectamente las dos caras del músico hasta su incursión en el blues: la ruda y la lírica. Es un disco en el que todo se encuentra en su sitio. Un Lp de esos que huelen a clásico desde el primer riff de guitarra con una producción de Jeff Glixman un tanto desgarbada que, sin embargo, lo hace especial. Pues le proporciona unos toques de oscuridad muy profundos a tono con alguna de las historias que relata el músico sobre la Guerra Fría. Y hace que la voz de Moore parezca la de un humanista en medio de una tormenta. Un poeta solitario que cuenta sus historias mientras a un lado del mundo, las bombas caen y en el otro, el hedonismo impera.

Gary Moore era un músico ideal para adolescentes. ¡Ojo! No estoy sugiriendo esto de manera peyorativa en absoluto. Me estoy refiriendo a que sabía captar perfectamente ese sentimiento de soledad y extranjería propios de esa edad. Le hablaba directamente a muchachos encerrados en sus habitaciones necesitados de creer en algo para crecer. Y para ello, como ocurre en Victims of the future, combinaba perfectamente los temas épicos con los melancólicos (el tema de homónimo nombre al del album es un buen ejemplo del cruce de tristeza y dureza) y los heroicos con los sentimentales. Su vertiente salvaje con su perfil comercial. “Empty rooms”, por ejemplo, podía escucharse perfectamente en una FM y acompañar los recuerdos de cientos de enamorados. Y “Murder in the Skies” es una auténtica pasada. Una fiera y sensual oda que sólo podría haber compuesto un jabato. En cualquier caso, la versión del clásico “Shape things to come” de The Yardbirds, desde luego, es antológica y basta escucharla para comprender muy claramente por qué Moore era un maestro. Pero, eso sí, un maestro huidizo. Un músico cuyo lugar en nuestra vida está reservado para los momentos especiales. Muy especiales e íntimos. Shalam

شَرُّ الخَلِيطَيْنِ السَّؤُومُ المُحَزَّمُ

Los dos peores compañeros son el impaciente y el precavido

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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