Vino, arlequines y poetas

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Cada vez que escucho cualquiera de los primeros cuatro discos de Marillion, siento deseos de tomar una copa de vino. Caminar por las calles borracho. Y se despliegan ante mí imágenes de un poeta solitario, a quien contemplo bebiendo unos tragos de anís o mistela en una taberna, recorriendo calles en penumbra y finalmente, escribiendo un libro en su habitación. Un cuarto oscuro con apenas decoración donde presumiblemente morirá en soledad tras componer la obra que lo lleva ocupando varios años, la cual ¿cómo no? tiempo después de su muerte, será leída y valorada. La voz de Fish y las cadencias instrumentales que la rodean y envuelven me hacen rememorar por tanto algunas de las imágenes más tópicas relacionadas con la literatura: escritores vagabundos, moribundos abandonando las obligaciones de la vida cotidiana para centrarse en su libro. Y clamando por la pureza del alma en medio de las presiones de un mundo apocalíptico frente al que resisten, pronunciando en voz alta versos pertenecientes a La rima del anciano marinero mezclados con pasajes de La tierra Baldía  Sin embargo, por algún resorte mágico, cuando escucho “Script for a Jester’s Tear”, “Forgotten sons”, “Fugazi”, “Grendel” o tantas otras canciones, esta idea romántica de la literatura que los estudios culturales han ridiculizado, el capitalismo ha hecho estallar en mil pedazos y el neoliberalismo ha pervertido, o bien riéndose de ella o bien poniéndola en el foco de cientos de mediocres biopics, retorna con una fuerza intensa. Casi prístina. Como otras tantas imágenes -trovadores llegando a ciudades secretas, arlequines desarrollando su arte en plazas medievales o poetas malditos añorando el suicidio- que hacen la escucha de un disco de la banda británica -y mucho más en estos tiempos en que se encuentran totalmente demodé y sabemos de antemano que prácticamente ninguno de nuestros conocidos transitará estos caminosun intenso placer íntimo. Y también rebelde. Casi disidente. Una sensación parecida a la de leer durante la adolescencia El guardián entre el centeno mientras el profesor de literatura nos obligaba a recitar pasajes en voz alta El Cantar del Mío Cid. O transitar una librería de segunda mano en medio de los gritos de brokers, vendedores urbanos, locutores deportivos y los claxons de automóviles. Ese esquizofrénico mundo del capitalismo tardío descrito en Cosmópolis de Don DeLillo y tantos otros textos.

maxresdefaultMarillion recogieron la paleta de colores de Genesis, la hicieron suya y a continuación la extendieron y propagaron por los cielos. Grabando discos llenos de equilibrio alquímico, en los que letras y músicas se combinaban con mágica exactitud en medio de fronteras carnavalescas y delirantes y hermosas historias de amor. Discos que eran una feroz píldora anticapitalista. Una reivindicación del romanticismo. Una exploración musical que, en medio del desierto material, se preguntaba por los profetas y los poetas. Exploraba los rincones perdidos donde aún se escuchaban las notas de un violín. Y los misterios en torno al alma de los artistas. Eran historias de hadas contorneándose en medio de las tinieblas. Épicos textos que rozaban el surrealismo por los que se sentía latir aún la pureza del mundo. Una invocación al misterio de los corazones humanos en medio de la explosión industrial, guitarrazos castrantes y explosiones de rabia.  Una vuelta al Barroco musical. Mary Shelley y Lord Byron recorriendo Venecia. Un canto nostálgico a los cisnes y a las bibliotecas.  A ese muchacho adolescente solitario y perdido, todavía frágil, buscándose en los libros. Los primeros besos. Y a la memoria de todos los artistas incomprendidos. Todos aquellos que, repito, separados del resto de sus congéneres humanos, se encerraron a construir obras con el riesgo de perder su vida. Y abandonaron su seguridad por su quimera. Un homenaje a don Quijote en medio de las praderas de la Gran Bretaña.  La búsqueda de los rebeldes, bohemios e inconformistas en ciudades convertidas en jaulas. Prisiones que fueron transformadas en flores, poemas, cantos épicos en cuatro discos que, en su tiempo, (y todavía ahora) pudieron ser lo más parecido a un suicidio artístico. Cientos de palabras construidas con pasión y sangre atravesando un negro cielo tecnológico. El narcisista mundo del pop.

marillionscriptAmo a los Marillion de Fish porque en esos primeros cuatro discos todo estaba en su lugar. La inspiración y la rebeldía. La locura y la sabiduría. Y el mundo perdido del que hablaban metafórica, subrepticiamente me hace rememorar la tierra baldía poética. Los nubarrones negros con que se construyó El cementerio marino. Los cuerpos desnudos de Rimbaud y Verlaine revolcándose en el suelo. El opio adentrándose en el cuerpo de J.R.R. Tokien. Un ejemplar de El señor de las moscas arrugado y desgastado en la habitación de un adolescente inadaptado. Los gestos de éxtasis de quienes contemplaban los primeros conciertos de Deep Purple y Led Zeppelin y también los de Beethoven. El deseo de cientos de jóvenes de emigrar a una ciudad simplemente para deleitarse con la belleza de sus calles. Y en definitiva, siento latir en cada una de sus canciones el alma de quienes dieron su vida por crear una obra de arte. La sonrisa de quien murió aspirando a un ideal. Y además contemplo un castillo lejano al que es muy difícil llegar en cuyos salones repletos de lienzos flamencos, retratos perdidos de reyes medievales, se encuentran servidos unos alimentos que dejarán satisfechos para siempre a quien los pruebe. Shalam

إِنَّمَا يَتَفَاضَلُ النَّاسُ بِأَعْمَالِهِم

La adulación es como la sombra. No nos hace ni más grandes ni más pequeños

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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