Violator

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Depeche Mode llevaban varios años buscando componer la obra techno-pop perfecta. Habían oscurecido y sofisticado su sonido y dado a luz varios hits pegadizos que los condujeron rápidamente al éxito. Depeche Mode eran cool. Tenían un aspecto trasnochado y andrógino. Aunque eran británicos, parecían salidos de un barrio vanguardista de Berlín. Su aspecto y música conectaban perfectamente con el mundo contemporáneo. Depeche eran adictivos. Porque no sólo emocionaban con su música. También eran la puerta a un mundo de transgresión. Un cuarto oscuro en que sus fans podían imaginar, dar rienda a todas sus fantasías. Sadomasoquismo, violencia, amor dependiente, celos, falsedades, engaños. El mundo frívolo y obsesivo de la modernidad era retratado perfectamente en cada uno de sus discos con una levedad y exactitud que los convirtió pronto en un grupo fetiche. La típica banda con seguidores que matarían por ellos y llegaban al histerismo en sus actuaciones. Cuando publicaron Violator, Depeche Mode se acababan de dar un tremendo baño de masas tras la apoteosis de 101. Se encontraban en la cima de su éxito y era muy fácil prever que el disco que grabaran, sirviera únicamente para cumplir el expediente. Aumentar su cuenta bancaria y aprovechar el tirón de popularidad. Pero extrañamente, Violator era un disco arriesgado. Posiblemente su cima creativa. Una obra amplia, imaginativa y sugerente que junto al Technique de New Order y Behaviour de Pet Shop Boys sintetiza y condensa toda una época del techno y la música popular.

Violator es un disco tan perfecto que podría creerme que hubiera sido grabado por máquinas. Es sensual y armónico y equilibra perfectamente la faceta techno y la pop. La imaginería angélica y la viciosa. Violator es un disco abierto. De esos que parecen haber sido compuestos en trance. Con la mente alzada a los cielos. Sus videoclips fueron impactantes. Sobre todo, dos. El de “Personal Jesus”; una macarrada sensual grabada en Almería que sorprendía por su simpleza y efectismo. Y el de “Enjoy the silence”; una genialidad enigmática y kitsch. De hecho, aún hoy resulta impagable observar a Dave Gaham, vestido como el rey de un condado dadaista, paseando por montañas y acantilados para disfrutar del silencio. Y, obviamente, también resulta inevitable preguntarse qué conexión había entre los caballos y mujeres hipnóticas que aparecían en “Personal Jesus” y sus textos ácidos en contra de la iglesia. Lo cierto, en cualquier caso, es que en los años 90, Depeche abrían nuevos caminos. No dictaban tendencias sino que anticipaban rutas. En este sentido, Violator era un disco que apuntaba al infinito. Se encontraba lleno de indefiniciones que sugestionaban la mente e iban creando un efecto placebo en el oyente. Y por eso, aunque posee abundantes singles instantáneos, ha de escucharse en su totalidad para ser disfrutado y entendido plenamente.

Violator es uno de esos discos en los que todo funciona. Una obra abstracta e infecciosa. Sexual y melancólica. Industrial y erótica. Onanista y complaciente. Ideal para bailar en discotecas, drogarse o incluso meditar. Una radiografía absolutamente espectacular del frágil amor moderno. De la dictadura de la ambigüedad. Un disco que podría servir de banda sonora a cualquier película sobre yonquis contemporáneos o de un desfile de moda. Recuerda de tanto en tanto a las aventuras musicales de Brian Eno y podría ilustrar perfectamente un documental sobre la decadencia de Europa. Shalam

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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