Visionario

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Hace poco, Axil se puso enfrente de AC/DC y algunos se sorprendieron de su increíble estado vocal. Su capacidad de hacer revivir el cancionero de la banda australiana y, sin hacerle perder su esencia, insuflarle aire, miedo, peligro. Conducirlo a un terreno más cerca del infierno que del cielo o de esta tierra. Pero a mí al menos no me pilló desprevenido. Porque Axil siempre fue la viva imagen del rock. Capaz de lo mejor y lo peor. De tocar la cola de los ángeles y los demonios al mismo tiempo. Y estaba claro que, ya maduro, si conseguía concentrarse y no dejarse llevar por sus instintos autodestructivos, no sólo no iba a hacer ningún ridículo o salvar los platos. Iba a transformar radicalmente el rumbo de AC/DC. Convirtiendo una banda de estadio ya más centrada en la fiesta y el recuerdo que en las propias creaciones, en una banda viva. Capaz de asustar y tumbar a quien se ponga por delante. De hecho, ha conseguido que AC/DC suenen como Guns N`Roses. Que muchos de sus eternos clásicos parezcan temas de Appetite for destruction o Use your illusion. Algo que sólo está al alcance de los más grandes. De alguien como Axil procedente tal vez del más allá o el Valhalla.

En realidad, desde la primera vez que la escuché, supe que la voz de Axil Rose era insólita. Una mezcla entre el sonido de una sirena de bomberos y una ventana oxidada abriéndose y cerrándose continuamente debido al viento que, extrañamente, funcionaba perfectamente para el rock. De hecho, no sé si ha existido una voz más original y dúctil en el panorama rockero en las últimas décadas y sobre todo, tan portentosa y peligrosa. Porque la extraordinaria técnica vocal de Axil siempre estaba supeditada a la inquietud y la incertidumbre. La destrucción. Al fin y al cabo, cada vez que se ponía delante de un micrófono, transmitía la sensación de que en cualquier momento podía ocurrir una tragedia, los romances estaban condenados al desastre y los días de campo serían estropeados por temibles tormentas. Algo a lo que contribuía, sin dudas, la psique de Axil. Un muchacho que parecía una emanación divina surgida de una terrible disputa entre Poseidón y Zeus. Era un rebelde sin causa con unos arrebatos de lucidez y genialidad inmensos. Y sobre el escenario, era más parecido a un guerrero nórdico alentando a sus tropas antes de la batalla que a un músico al uso.

La mayoría de las ocasiones, al ver hablar o moverse a Axil entre las multitudes, he tenido la impresión de que o bien iba a morir esa noche de una dosis de heroína o bien iba a entablar un terrible combate a muerte con un inmenso monstruo. Y que sólo le faltaba el martillo para convertirse en Thor y de un golpe en el suelo, abrir los confines de la tierra y juntar los cielos con los mares.

Creo, sí, que su grandeza radicaba en que tenía sangre divina en su interior. Algún superpoder que lo enloquecía y lo hacía perder los estribos pero, al mismo tiempo, convertía cada una de sus apariciones en gloriosas performances rockeras. Probablemente por su imprevisible actitud que lo mismo le hacía liarse a ostias como un descerebrado con el público que recitar una canción de amor dedicada a su primera novia con ojos llorosos o recordar su infancia en Indiana con maneras de gran novelista norteamericano. Pero, en general, por un conjunto de cualidades que lo convertían en foco de atención allí donde fuera: sus continuos movimientos de un lado a otro, sus discursos visionarios propios de un iluminado y su capacidad de llevar la chulería, el barrio y la calle al mundo del espectáculo con una naturalidad y grosería que no se había visto desde los tiempos en que The Rolling Stones eran unos perros, macarras enamorados del sexo sucio y las drogas, y el autobús de gira de Aerosmith, una farmacia ambulante.

Aunque, repito, pienso que ante todo, el secreto de Axil se encuentra en su tremendo talento musical y su voz. Una voz ideal para escarbar en el amor como en el odio. Entonar himnos racistas con orgullo y acaramelados textos amorosos con inaudita sensibilidad. Una voz que es tan potente y esquiva, visceral y creativa, que resulta imposible de imitar. Ha sido capaz tanto de interpretar y revivir clásicos olvidados de los 70 como de gritar en medio de un vendaval de guitarras como si estuviera anunciando el Apocalipsis. Y en general, ha hecho arder todo aquello que ha tocado. Porque en el mundo musical, Axil ha sido lo más parecido a un jinete de la muerte: alguien cuya finalidad era cortar cabezas o dejar con vida a sus enemigos tras hacerles vislumbrar lo que se esconde en el más allá pero, en ningún caso, dejarlos indemnes ante su presencia. Shalam

إِذَا طَالَتِ الطَّرِيقُ كَثُرَ الْكَذِبُ

Es algo triste que el talento dure más que la belleza

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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