Vacaciones

0

Recuerdo haber disfrutado mucho de un concierto de Will Oldham en la sala Apolo de Barcelona hace unos cuantos años. Concretamente, en julio de 2005. Me encontraba a unos metros suyos y casi podía tocarlo.  Me dio la impresión de que era un cowboy del siglo XXI. Que estaba en constante movimiento. Que la vida era para él un viaje. Podía visualizarlo perfectamente montando a caballo. Apareciendo como un extra tanto en un western de John Ford como en Deadwood o La puerta del cielo. 

Will tiene totalmente interiorizado el espíritu folkie americano. Graba tantos discos, eso sí, que resulta difícil seguirle la pista. Su discografía es irregular porque, en el fondo, es un salvaje. Se deja llevar. Se pierde y se vuelve a encontrar. No sigue una ruta planificada. Lo mismo le da viajar a una ciudad que a otra porque da la impresión de que lo único que necesita tener consigo para sobrevivir es una guitarra. Puedo imaginarlo en la barra de cualquier bar sin saber qué hace allí. Sus discos saben a tierra. Tienen polvo en su interior. Los identifico con atardeceres. Creo que hay que escucharlos una o dos horas antes de que anochezca. Fue un privilegio asistir a aquel concierto y sentirme durante dos horas parte de su aventura.

………..

Conozco a pocos músicos con el talento de Bill Calahan. Me gusta su arrogancia que creo que, en el fondo, es timidez aunque la noche que lo vi en directo en Elche (era el 2010) demostró ser un músico muy seguro. Sobrado. Directo y esquivo. Perspicaz. Amo varios discos suyos y soy consciente de que en los últimos ha llegado a un grado de madurez encomiable. Se ha transformado, sí, en un grande. Una referencia. Pero me atrapa más su primera etapa. Recuerdo por ejemplo The doctor came at dawn. Una obra con una de las más sugerentes portadas que recuerdo. Ese disco es como un cuchillo. Si alguien lo pincha un mal día, estoy seguro de que acaba con su vida por la ácida forma en la que conjuga tristeza e intensidad. De hecho, Bill conduce la soledad y la depresión a otra dimensión con la ayuda de su guitarra y muy pocos efectos. Eso que se ha llamado lo-fi. Etiqueta que a mí al menos me sobra para definir un disco tan bello y apagado. Una playa muerta.

………..

Encuentro innecesario el uso del vocoder y el autotune que realizan Lambchop en sus últimos LPs. No porque yo sea purista sino porque creo que no aporta nada a su música. Pone de manifiesto que Kurt Wagner no se cree ya capaz de conquistar nuevas audiencias y territorios con las armas artísticas que lo identifican. Algo que puedo comprender porque, aunque ha grabado obras excepcionales, su estilo monocorde podía en cierto sentido conducirle a padecer el síndrome Cohen y grabar siempre el mismo disco. Yo sin embargo, no suelo cansarme de escuchar sus obras clásicas y no necesito distracciones ni maquillajes estéticos.

Creo que la discografía de Lambchop es la banda sonora ideal para leer a William Faulkner y Herman Melville; a Philip Roth y Paul Auster. Identifico la profunda, melancólica voz de Kurt Wagner con la gran novela americana; con barcos y tugurios; con desiertos y alcohol; mares de literatura de los que -lo siento- me alejan sus flirteos con las nuevas tecnologías. Están en su derecho, sí, pero yo también lo estoy para volver a pinchar sus viejas composiciones (y no estas) si deseo viajar lentamente por una autopista.

………..

No soy muy fan de los últimos Lps de The magnetic fields. Sin embargo, cada cierto tiempo vuelvo a escuchar los primeros. Amo por supuesto Get lost (su obra cumbre a mi entender) pero también adoro Holiday The Charm of the Highway Strip. Me basta de hecho pinchar varias de las melodías de esos discos para transportarme a otros mundos. A principios de los 90, The magnetic fields eran un grupo y no el proyecto personal de Stephen Merritt. Funcionaban como banda y eso les favorecía. Esas primeras obras (no siendo perfectas) poseen eso tan difícil de definir llamado magia. Son caramelos infantiles. Juguetes. Paseos en noria. Las portadas de algunos de ellos (como, por ejemplo, la del EP House of tomorrow) eran realmente maravillosas. Merritt no estaba tan quemado como ahora. Aunque apuntaba maneras, todavía no era el cínico truhán que todos conocemos. Era simplemente un joven que deseaba mostrar su mundo interior desesperadamente y enamoraba con su voz perpetua de tenor ideal para acompañarnos tanto durante un viaje en barco o en tren como durante la lectura de un libro de Albert Camus; tal y como rezaba una vibrante composición (“I don’t want to get over you”) de 69 love songs.

Soy sincero al confesar que se me saltan las lágrimas cuando escucho ciertos temas de los tres discos que he destacado a los que comparo con una de esas cajas de música que nuestras abuelas guardaban con mimo en sus habitaciones de las que, al abrirlas, emergían melancólicas y deliciosas melodías. Shalam

الحشود صحاري بشرية شاسعة

Las multitudes son vastos desiertos humanos

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo