Zombie

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Zombie es tanto un hito musical como político. El disco recoge todas las esencias artísticas del Kuti de los 70. Es un carnaval de merengue africano. Una incendiaria rave de funk y soul. Una invitación al baile y al desenfreno que funciona tanto como opertura a la cultura del África negra como al afro beat. Es ideal para bailar al aire libre, escuchar en medio de un safari salvaje o en un mercado y se encuentra plagado de ritmos que hacen mover los pies y parecen pensados para liberar el espíritu del pueblo de cualquier cadena. Pues ningún ser humano se resistiría a luchar para poder escuchar sus compases en total libertad.

El magnetismo del saxofón es tan grande y la capacidad evocativa de la música tan apabullante que podría sugerirse que Fela alcanzó a tocar el negro cielo que Miles Davis no podía ni quería alcanzar por aquellos tiempos, obsesionado como se encontraba con las abstracciones artísticas que le hacían apartar los pies de la realidad y el baile. Y asimismo podría sugerirse que Kuti llegó tan lejos en su abordaje instintivo de la música de su país que el disco (como el afrobeat en general) desborda su tiempo y parece eterno. Podría haberse escuchado hace siglos junto a las pirámides egipcias, el río Niger o en un ritual desenfrenado en medio del que varios narradores orales contaran algunas historias pertenecientes a Las 1001 noches.

En realidad,  Zombie no se diferencia tanto de otros grandes discos de Kuti. Ahí están el trance, las percusiones de Tony Allen y la líbido desenfrenada. Lo que marca la diferencia y lo convierte en insustituible son tanto el compromiso político como la tragedia familiar que su publicación conllevó. A pesar de ser él mismo un jaguar africano que había ido recogiendo y juntando pigmentos europeos, Kuti no se cansó nunca de remover la conciencia de su pueblo. En Gentleman por ejemplo, había ridiculizado su manía de vestirse como occidentales. Kuti era un iluminado. Un cocodrilo indomable. Un soldado de la música y el arte que no estaba dispuesto a que nadie le robara la libertad ni la identidad. Era un artista guerrillero que había llegado a crear un territorio libre y autónomo dentro de la capital de Nigeria que se regía por sus propias normas: la República Kalakuta.  Y desde luego, su contención no era su fuerte. Por lo que dedicó su Zombie directamente al ejército de su país y al déspota que lo gobernaba: Obansajo. Un golpe directo y frontal al gobierno que dolió y mucho porque allá donde iban los militares y políticos eran recibido con bailes y sorna y al ritmo de la mítica canción. El pueblo, sí, les llamaba muertos en su cara mientras bailaban y por otra parte, la enorme popularidad de Kuti congregaba multitudes y la atención de los medios internacionales que no tragaban con la propaganda del gobierno y comenzaban a considerarlo como el verdadero soberano en la sombra del país. El rey negro.

Obviamente, esta osadía no iba a salirle gratis a Kuti. Y el 18 de febrero de 1977, un ejército al mando del general Danjuma invadiría la República de Kalakuta, dispuesto a resarcirse y cobrarse caro el insulto en toda la cara proferido por el músico con este disco y su habitual actitud rebelde y desafiante. Acabando con la vida de su madre, dejando a uno de sus hermanos confinado en una silla de ruedas y convirtiendo su República y los estudios en los que solía grabar en un estercolero derruido por las balas y el fuego.

Más que un disco por tanto, Zombie era una bomba. Una ametralladora que desataba el miedo y la burla a su paso que puso en pie de guerra a un país y convirtió cualquier café donde sonara en una discoteca bélica. De hecho, pincharlo se convirtió prácticamente en un acto terrorista. Puro activismo político. Un atentado contra el orden imperante y una ráfaga de balazos artísticos contra la opresión y la colonización. Una prueba en definitiva de que existen discos peligrosos y situaciones tan extremas y músicos tan comprometidos con su causa y las ideas que defienden que son capaces de lograr que el dicho de que el arte salva vidas, agita conciencias y remueve el suelo sobre el que se asienta el poder no es una metáfora sino una realidad. Shalam

الحكومة إلا بوزيرين هما وزير

Creer que un enemigo débil no puede dañarnos, es creer que una chispa no puede incendiar un bosque

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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