El cortador de césped

0

El periodismo deportivo, -y cuando digo deportivo me refiero lógicamente al futbolístico- salvo excepciones honrosas, ha devenido básicamente en un espectáculo. Una nota a pie de página del acontecimiento que no intenta tanto explicarlo sino competir con él. Provocando atrofia. Intentando convertir la distracción en un hecho trascendente. Lo pasajero en perdurable. Y la manipulación en norma. Jarana festiva en la que aparentemente los papeles y roles sociales se confunden o trastocan cuando en realidad salen fortificados de allí. El periodismo deportivo es político. Un arma de destrucción masiva. Y de control social. Es un estamento que ha conseguido despojar de sentido el adjetivo kafkiano. Transformando el rumor en noticia. Un hecho científico. Y además, es perversamente inteligente. Y provocativo. Morboso. Pornografía cool. Llena la pantalla o el periódico de leones rugiendo, árbitros muertos, tetas, culos y goles y  con eso le basta, para asegurarse la atención del público. Sostener la trampa. Permitir que el engaño y la estupidez se perpetúen. Anular la reflexión, haciendo del cotilleo un ensayo. Y una novela de cualquier opinión. Ciencia del aburrimiento. Una plaza de toros donde se torea constantemente al espectador. Se lo agota y extenúa hasta domarlo. Hacerle repetir como un loro las consignas allí marcadas. O provocar su indignación programada.

El periodismo deportivo, sí, desde hace tiempo, se convirtió en un Gran Hermano implacable. Dejó de existir. El verdadero, el realmente profesional, subsiste únicamente para que continúe el espectacular. Es el barbecho y la justificación para el exceso. Pues tan intenso es su poder que cualquier crítica o acto que se le oponga lo fortalece. Casi que se tiene la sensación que para acabar con él, hay que esperar que él solo se autodestruya. Se transforme en arte. O intente superar sus límites. Y se evapore.

 

 

En gran medida, esto es lo que creo que intenta realizar Julián Ruiz en su blog El cortador de césped. Una verdadera performance sobre el periodismo contemporáneo. Su abusivo poder y su irrelevancia. Sus guiños autoritarios, fascistas y sus continuos revolcones con el capital. Decir la verdad haciendo parodia. Trazar las intrascendentes líneas de un tratado con forma de artículo de opinión sobre lo que realmente significa ser periodista hoy en día. La verdad. Y no la propaganda emitida por esos medios que dicen escandalizarse con textos que en el fondo no hablan de fútbol ni del Madrid o el Barcelona de Guardiola. Lo hacen sobre el apocalipsis de la profesión. Un territorio donde el lenguaje normal es silencio y el grito mesura. Los entrenadores son generales, los presidentes emperadores y los jugadores, soldados. Cada partido es una batalla. Y cualquier escaramuza, sirve para rememorar una lección de historia. De Napoléon, Lenin, Rockefeller o Julio César. Un fondo de exageradas vibraciones de las que Julián Ruíz se aprovecha, para conformar un absurdo carrousell de disparates escritos con pulso pop, la tenaza del momento, que son verdaderos atentados, orgasmos capaces de ridiculizar la prensa “pelotazo” y probablemente también la seria. Lo más parecido a un show de comedia escrita que recuerdo en el periodismo español. Una iconoclasta, ombliguista e irreverente pasada de elogios e insultos a diestro y siniestro absolutamente incontestable. Una irreverente producción realizada con siniestro sarcasmo inglés y eructos punk de alta qualité emitidos con espíritu de bon vivant. Casi de dandy. Como si Oscar Wilde hubiera revivido y se dedicara a reírse de cada uno de los “cantes” de Iker Casillas, las idas de olla y espasmos nerviosos de Florentino Pérez o del seny catalán mientras se toma un puro con Fidel Castro u Obama. Lo mismo da. Porque El cortador de césped tiene alma de film de Groucho Marx. De chulo de discoteca que se pega un pasote cada sábado con los excesos de los demás. Sacándoles la pasta sin mover un dedo. Por su linda cara. Es, repito, un blog que más que azotar a los futbolistas, destroza el periodismo. Y consigue hacer arte -o más que arte, para-arte (teatralidad y delirio)- en donde ya no quedan más que los despojos de edificios rotos tras una explosión nuclear.

Los textos de Julián Ruiz sobre fútbol son enormes porque son el espectáculo. Pelotazos de un killer. Un romperedes. Hugo Sánchez haciendo trampas diariamente. Y Valderrama agarrándole los cojones a Míchel en cada córner. No engañan ni falsean la realidad pues parten de la base que el periodismo deportivo es manipulación. Mentira. Son el puto engaño mostrando todas sus trampas delante de los ojos asombrados de los lectores. Un penalti injusto cobrado en cada línea. Con la saña y risa del árbitro que desea hacer daño. Y sobre todo, porque se percibe que Julián entiende de fútbol. Es Puskas rematando un balón a bocajarro. Sabe de lo que habla. Pero no cae en la trampa de la inocencia ni de la objetividad. Quiere construir arte espectacular. Fumigar el deporte sano e insano y convertir el mundo en una pelota rodando por los aires eternamente que demuestre que lo que menos importa hoy en día en el fútbol es precisamente eso: el balón. Quién gana los campeonatos y los pierde, los resultados de un partido o las facultades y habilidades de un jugador. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Los jardineros sirven a mil espinas por el amor de una rosa

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo