Aborto

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Los monstruos no suelen salir del inconsciente sino de las entrañas. Será por eso que el poder desde siempre ha tenido una tendencia a controlar la natalidad e intentar regularla. Ya sea acrecentándola o disminuyéndola. Nada resultaría más gozoso para los poderosos que conocer las características físicas y psicológicas de los recién nacidos para saber si merecen vivir o morir. Si uno es un rebelde, muere pero si es sumiso, nace. Cara o cruz. Ying y Yang. Pistola, cuchillo o pila bautismal. Los niños suelen nacer berreando y nada duele más al poder que ama el silencio. Exige respeto y desea el acatamiento. Un niño es algo imprevisible. Será esclavo o no será. Al contrario que los adultos que ya son. En realidad, pienso que tanto una ley a favor como en contra del aborto es una falta de respeto a la naturaleza y a las madres y una evidencia de lo preocupado que se siente el poder ante la fuerza de lo imprevisible. Ante el ser que todavía no está inscrito en sus registros y al que aún no se le han hecho cientos de test psicológicos y se le ha sometido a decenas de horas de televisión y acontecimientos deportivos y frustraciones familiares y dibujos animados norteamericanos y japoneses. Una ley que favorezca el aborto me parece aborrecible porque posibilita la muerte del inocente y débil y una ley que no lo permita me parece también aborrecible porque se venda los ojos ante ciertas circunstancias sociales o personales que probablemente harían desgraciadas a muchas personas de no poder acabar con el fruto de su vientre. En realidad, no estoy ni a favor ni en contra del aborto. Me parece un delirio prohibirlo y una locura permitirlo. Creo en el fondo que la existencia de este debate prueba hasta qué punto el poder se introduce en la intimidad de nuestras vidas y llega hasta intentar regular la existencia de quien no ha nacido todavía permitiendo que los padres lo asesinen o forzando a que le den vida. El estado debería estar lejos de ese debate que tendría que quedar para la vida íntima y ser protagonizado por los padres, familiares y allegados. Quienes tendrán que vivir el resto de su vida con la conciencia y recuerdo de haber matado a un inocente o haberle traído al mundo sin tener los recursos ni medios para educarlo con unas mínimas garantías. ¿Cuáles son esas garantías, en qué consiste esa educación? Ese sería otro debate tan o más capcioso y amañado que los que se producen sobre el aborto y no creo que me interesara seguirlo. Lo que sí tengo claro es que no debería existir una ley ni a favor ni en contra. Abortos van a existir siempre. Como prostitutas, corrupción, amor, bondad y generosidad. La hipocresía, entiendo que consiste en escandalizarse por estas últimas palabras. ¿Qué quiero decir? Que posiblemente si no hubiera ley ni debate ni el poder estuviera inmiscuido allí, las personas podrían continuar abortando o dando a luz, como se ha hecho a lo largo de los siglos, con absoluta normalidad. Y el debate moral y ético se quedaría en el ámbito de lo privado. De donde nunca debería haber salido si existiera un respeto a la libertad (que al fin y al cabo significa responsabilidad). Si no se deseara en el fondo tiranizar al recién nacido, al muerto y al vivo y al ser humano en su conjunto. Idiotizarnos hasta el punto de que no baste con balar como ovejas y comer a cuatro patas el pasto de la hierba para ser considerados elementos no conflictivos sino que se trata de que balemos todos al mismo tiempo y ritmo y entonemos las mismas notas para tener contento y satisfecho al poder. Ese aparato impiadoso que, en determinadas épocas, es capaz de premiarnos con una cantidad de dinero si decidimos tener más hijos o de perseguirnos si se nos ocurre tener uno más de lo establecido, como ocurre en China y -de una manera más velada (impuestos, coste de libros y guarderías y ropa, expulsión de la mujer del trabajo) también sucede en España y unos cuantos países de Occidente donde el aborto se lleva a cabo habitualmente de una forma mucho más velada y sutil de la que se practica en los hospitales. Shalam

الاِنْسان عدو ما يجْهل

 Quien no sabe emplear la libertad, como el dinero, la pierde

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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