Adolf Hitler

0

Uno de los libros que he estado leyendo mientras escribía Ruido, ha sido Mi lucha de Adolf Hitler. Lo he leído para darle más fuerza y vigor al discurso de mi esquizofrénico personaje y entender mejor de dónde surge la naturaleza del mal. Y lo cierto es que las conclusiones a las que he llegado no han podido ser más decepcionantes y, para mí, sorprendentes: el mal surge, brota y se extiende por responder injustamente a otra injusticia. Sí. Sé que estoy simplificando. No estoy siendo exacto. Pero animo a todos aquellos -entre los que por supuesto que me encuentro- que criticamos diariamente el sistema de gobierno que impera en España o México, a que con sinceridad contesten si sienten identificado con alguna de las reflexiones de Hitler en su libro. Yo, desde luego, sí. Lo que no es obstáculo para confesar que nunca hubiera actuado como él lo hizo. Aunque, teniendo en cuenta la banalidad y la desvergüenza de nuestros políticos a uno y otro lado del Atlántico, muchas veces lo dudo. En fin, sin más, dejo aquí estas reflexiones de Hitler que podrían, bajo mi punta de vista, leerse más o menos idénticas en los muros de muchos de nosotros y podrían ser afirmadas sin rubor alguno por periodistas de inobjetable valor ético. No sin antes aclarar por cierto, -anque no sé si es necesario- que la solución que Hitler pensó para esta decadente problemática que plantea aquí era que el poder recayera en un solo hombre, el führer, el dictador en que él se convirtió, y si yo tuviera que proclamar una posible solución, mi respuesta sería la de intentar crear y construir más y más y más democracia y fortalecer un sistema judicial absolutamente independiente -en la medida de lo posible (sí, ya sé que esto es una quimera pero supongo que se entiende por dónde voy)- del legislativo y ejecutivo.

He aquí las palabras del oscuro indignado alemán sobre la opinión pública: “Aquello que de ordinario denominamos “opinión pública” se basa sólo mínimamente en la experiencia personal del individuo y en sus conocimientos; depende más bien casi en su totalidad de la idea que el individuo se hace de las cosas a través de la llamada “información pública”, persistente y tenaz. La prensa es el factor responsable de mayor volumen en el proceso de la “instrucción política”, a la cual, en este caso se le asigna con propiedad el nombre de propaganda; la prensa se encarga ante todo de esta labor de “información pública” y representa así una especie de escuela para adultos, sólo que esa “instrucción” no está en manos del Estado, sino bajo las garras de elementos que en parte son de muy baja ley. Precisamente en Viena tuve en mi juventud la mejor oportunidad de conocer a fondo a los propietarios y fabricantes espirituales de esa máquina de instrucción colectiva. En un principio debí sorprenderme al darme cuenta del tiempo relativamente corto en que este pernicioso poder era capaz de crear cierto ambiente de opinión, y esto incluso tratándose de casos de una mixtificación completa de las aspiraciones y tendencias que, a no dudar, existían en el sentir de la comunidad. En el transcurso de pocos días, esa prensa sabía hacer de un motivo insignificante una cuestión de Estado notable e inversamente, en igual tiempo, relegar al olvido general problemas vitales o, más simplemente, sustraerlos a la memoria de la masa. De este modo era posible en el curso de pocas semanas henchir nombres de la nada y relacionar con ellos increíbles expectativas públicas, adjudicándoles una popularidad que muchas veces un hombre verdaderamente meritorio no alcanza en toda su vida; y mientras se encumbran estos nombres que un mes antes apenas si se habían oído pronunciar, calificados estadistas o personalidades de otras actividades de la vida pública dejaban llanamente de existir para sus contemporáneos o se les ultrajaba de tal modo con denuestos, que sus apellidos corrían el peligro de convertirse en un símbolo de villanía o de infamia”

Y he aquí sus opiniones sobre la democracia parlamentaria austriaca de principios del siglo XX que en cierto modo, podrían aplicarse a los políticos títeres de las débiles democracias instaladas actualmente en la mayoría de los países occidentales: “Difícilmente podrá imaginarse el lector de la prensa judía, salvo que hubiese aprendido a discernir y examinar las cosas independientemente, qué estragos ocasiona la moderna institución del gobierno democrático-parlamentario; ella es ante todo la causa de la increíble proporción en que ha sido inundado el conjunto de la vida política por lo más descalificado de nuestros días. (…) el político de espíritu pequeño se sentirá atraído precisamente por esa actividad. Pero pronto se dejarán sentir las consecuencias si tales mediocres componen el gobierno de una nación. Faltará entereza para obrar y se preferirá aceptar la más vergonzosa de las humillaciones antes que erguirse para adoptar una actitud resuelta, pues, nadie habrá allí que por sí solo esté personalmente dispuesto a arriesgarlo todo en pro de la ejecución de una medida radical. Existe una verdad que no debe ni puede olvidarse: es la de que tampoco en este caso una mayoría estará capacitada para sustituir a la personalidad en el gobierno. La mayoría no sólo representa siempre la ignorancia, sino también la cobardía. Y del mismo modo que de 100 cabezas huecas no se hace un sabio, de 100 cobardes no surge nunca una heroica decisión. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Buscar una luz en lugar de estar maldiciendo la oscuridad

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo