Cool

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Hace unas semanas me refería a la eliminación del servicio militar por parte del gobierno de José María Aznar como otra estrategia más elegida por la doctrina neoliberal y el NWO para adocenar a la población y poder introducir sus medidas sin el peligro de fuertes estallidos sociales. Ha habido obviamente decenas de medidas más pero entre ellas, me gustaría destacar otra: la sutil y reiterativa introducción de la estética gay en todos los ámbitos culturales y sociales como un medio de afeminar al varón y atenuar sus instintos bélicos y guerreros. Calmar sus posibles deseos de rebelarse. Resulta difícil referirse a este tema porque parece que se encuentra uno contra los homosexuales por criticar esta velada política y estrategia cultural del neoliberalismo pero en absoluto es así. Todo lo contrario. Algunos de mis más queridos amigos como varios de mis más admirados artistas disfrutan de esta condición y me siento muy honrado de tenerlos cerca mío. Y por supuesto que estoy en contra de cualquier discriminación a este colectivo como por otra parte a cualquier otro. Más bien, lo que me interesa es aludir a cómo, impulsado por el frenesí sexual de los 80, la Movida y personajes como Pedro Almodóvar que fueron un suculento e inesperado festín y arma para los intereses del sistema, en los 90 bastó únicamente con tocar una tecla más para terminar de ametrallar y afeminar a gran parte de los varones. Me interesa resaltar básicamente que en absoluto fue casual la ebullición homosexual de las últimas décadas en España. Al contrario. Recuerdo que, llegados a un límite, parecía que convertirse en homosexual significaba ser “cool” y cualquier persona debía animarse a probar las delicias de su propio sexo y por todas partes aparecían y se veía a modelos homosexuales de cuerpos fibroso en posturas insinuantes convertidos en buena medida en símbolos a seguir por los varones heterosexuales y estrellas de la frívola fiesta vivida en España durante las dos últimas décadas. Los programas televisivos se llenaron de ellos y las portadas de revistas y de cine y de música donde siempre había un muchacho que declaraba su condición sin tapujos. Y lenta y progresivamente, casi sin hacer ruido, hombres de pelo en pecho se planteaban depilarse o compraban ropa que hubiera avergonzado ponerse a sus abuelos en Zara y sabían los nombres de modistos como Versace o Armani que, en esencia, diseñaban para mujeres y un hombre sofisticado y ambiguo y sensual muy próximo al homosexual. Algo que por supuesto no era casual. Como tampoco lo era la exacerbación de un mujer independiente y en cierto sentido, feminista, que comenzó a ocupar ciertos espacios del imaginario del poder, lugares de trabajo hasta entonces impensables, como queriendo resaltar que el hombre tradicional estaba de capa caída, iba poco a poco en retirada y debía adaptarse a unos nuevos tiempos más femeninos y sensuales. Arrojar las armas, domar al animal, convertirse en cierto modo él también en mujer y olvidarse de rugir como un tigre y un león, de pelear en un ring -el boxeo comenzó a prohibirse en los mass-media- como un jabato para proteger a su familia y recabar el alimento necesario para alimentarla. ¿Para qué? Al fin y al cabo, lo que pretendía el neoliberalismo es que los hombres y mujeres viviéramos en cierto modo aislados los unos de los otros, confinados a deseos imaginarios para así destruir el núcleo familiar. Que no tuviéramos más hijos y recurriéramos a la masturbación adolescente como primer y gran medio de satisfacción sexual. Pues aislándonos en medio de esa especie de cárceles de lujo que son los edificios modernos, nos dejaría indefensos e incomunicados para luchar contra las medidas que impulsaba. Además de que, ¿cómo se iban a plantear ahora los hombres pelear cuando esto no era en absoluto cool y la moda y la ideología dominantes inducían a la contención, la degustación de un Martini, la compra de ropa y en definitiva, valga la redundancia, dejarse seducir por los artificios de la seducción?

En fin. Hubo distintas balas que las élites neoliberales lanzaron sobre la población para imponer lo gay y habría que escribir un libro para resumirlas todas pero me parece que hubo dos que fueron centrales: la música disco y el consumismo. La primera pasó de ser patrimonio de la raza negra, orgiástico ritmo que invitaba a la cópula y al sexo, a convertirse en ocasiones en un enorme bucle repetitivo e involutivo. Fue mutando a ciertos tonos cálidos e intimistas que invitaban a la introspección y al ensimismamiento. Devino muchas veces en un bucle abstracto que giraba sobre sí mismo e invitaba a la masturbación intelectual y física. Se transformó en un foco que subvertía el deseo para reconvertirlo hacia el narcisismo. Primando los valores estéticos por encima de cualquier ética hasta convertir a los varones o bien en sujetos asexuados o en multisexuales. Apolíticos y escépticos centrados únicamente en las bifurcaciones del deseo. En realidad, algo parecido -aunque lógicamente con matices diferentes- había sucedido previamente con el rock. Estilo que sirvió al sistema en Occidente para canalizar y encauzar las desenfrenadas energías de los jóvenes. Conseguir que, al concentrarse y consumir sus fuerzas en estos potentes ritmos, se centraran en copular o gritar en el foro artístico y se olvidaran de la política, dejando consiguientemente una gran cantidad de espacios libres para que las élites pudieran continuar sus planes establecidos. Es decir, en un momento en que la cultura de masas estaba explotando y desarrollándose hasta límites insospechados, el rock y el pop sirvieron para tener entretenidos a las multitudes y que ni se les ocurriera pensar en ocupar de nuevo la Bastilla.  Y básicamente, la música disco terminó de completar el círculo pues ahondó todavía más en el hedonismo, el culto al yo y el individualismo dentro de una cultura en la que primaban drogas que o bien destruían el sentido de la realidad (trips) o bien potenciaban los límites del yo hasta límites incalculables (cocaína). Y, llegados a un punto, y cuando el sistema decidió extremar aun más la desconexión de las masas con la realidad para terminar de implantar la ética neoliberal, la música disco se tornó en un estilo lo suficientemente ambiguo y demoledor como para aglutinar en torno suya todo tipo de tendencias y motivaciones entre las cuales se fue introduciendo sutil, camufladamente la “gay”. Un ardid muy inteligente. Pues presentando el “territorio disco” como un lugar opuesto al rockero -territorio franco de heterosexuales- donde todas las opciones eran admitidas y existía una suprema libertad, se pudo inocular en el individuo occidental las necesarias dosis de medicina que faltaban para anularlo.

En gran medida, las discotecas por las que predominaba el público gay mezclado con el heterosexual y “trans” donde todo tipo de relaciones y transacciones sexuales eran posibles,  se convirtió en el definitivo bastión para anular los instintos bélicos de aquellos que dejaron de ser ciudadanos a convertirse en consumidores. Muchos hombres comenzaron a cuestionarse su sexualidad, desistieron de tener hijos para continuar gozando según lo deseaban y volcaron sus esfuerzos en parecer y resultar atractivos al sexo contrario o al suyo propio, cuidando su aspecto de una forma que únicamente habían hecho los gays anteriormente. Buscando el placer inmediato o volviéndose hacia sí para explorar su sexualidad hasta confines inimaginables mientras los políticos y agentes sociales ocupaban los espacios de poder que necesitaban y les interesaban y comenzaban a sentar las bases para destruir el más o menos conseguido estado de bienestar que había en España sin prácticamente oposición alguna. Sin voces disidentes ni el riesgo de tener que reprimir una rebelión a larga escala, pues los hombres, los guerreros de la tribu, estaban más preocupados por su aspecto, una colonia, un ligue casual, un corte de pelo o unos zapatos que por saber qué estaba ocurriendo en el ámbito social y político y vigilar a los jefes de la manada. Y cuando escuchaban música, ésta por lo general no les transmitía demandas de protesta o cuestionaba el “status quo” establecido sino que por lo general lo fortalecía. Invitaba al escape o merodeaba los suburbios del sistema con aparente ductilidad pero sin atreverse a penetrar en ellos y hacerlos explotar. Algo que por otra parte ya le hubiera dado igual a hombres que apenas tenían que luchar para conseguir alimento y ropa o sexo. No tenían que labrar el campo, cazar con una lanza a un animal o competir con sus semejantes en el “ágora” público. Les bastaba pedir un crédito a un banco para consumir a un nivel y de una forma inverosímil todo aquello que deseaban hasta el punto de que cuando volvieron a tomar conciencia que había que luchar y pelear por ello (como así había sido desde los tiempos del hombre de Cromagnon) y no era gratuito, muchos se quedaron sin respuesta y se deprimieron u optaron por el suicidio, tal y como tenía previsto y quería el sistema.

En fin. Tengo muy claro que la melancolía, las neurosis, y las depresiones nacen y se desarrollan en sociedades donde no hay que luchar excesivamente para alimentarse. Y que una gran parte de los psicólogos necesitan que los individuos se autoculpen para recetarles medicamentos que los “sujeten” y atrapen en una red sin salida. Pero si los psicólogos fueran honestos y no estuvieran atrapados también en este sistema, probablemente podrían ser los primeros agentes capaces de promover una rebelión espiritual. Porque ellos se encuentran en una posición de privilegio para observar cómo el poder castra y lucha contra los individuos para someterlos. Por ello no es un mal síntoma ir a un psicólogo. En parte, significa que uno está luchando para no ser derrotado. Pero desde luego que uno debería irse de allí en cuanto pudiera, pues esos médicos suelen ser cómplices de la situación desgastante que sufrimos. ¿Por qué digo esto? No sé bien. Ya he perdido el hilo. Pero no me importa. Es necesario perderse para encontrarse. Y tal vez esta época de perdición colectiva marque un futuro renacimiento del ser humano.  Aunque para ello, va a haber todavía que sudar sangre. Lo cual tampoco es tan negativo. Simplemente se trata de continuar en pie. Gritar, luchar y berrear y demostrarle al sistema que nunca podrá domar la esencia humana. Y que no le quedará otra opción que asesinarnos para controlarlos. Lo que en el fondo, desearía hacer pero no podrá conseguir sin poner en riesgo sus fundamentos y esencias sean cuales sean éstos. Shalam

 كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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