El doble (o el otro)

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En el mundo del capitalismo tardío, el barrio repleto de mansiones lujosas custodiado por seguridad privada no es el opuesto del marginal lleno de parados, inadaptados o drogadictos sino su complementario. Afirmación que también puede aplicarse a muchos otros pares de conceptos, objetos o ideologías como machismo y feminismo, fútbol y cultura o santidad y prostitución.

Veamos. Al capitalismo básicamente le interesan los extremos. Quiere la rentabilidad máxima con menos esfuerzo. Por tanto, no desea una sociedad armónica y mucho menos igualitaria. Es cierto que una sociedad armónica no es una absolutamente igualitaria pues, en ese caso, sería una cédula homogeneizada y sin libertad. Por lo que probablemente una sociedad armónica sería aquella en la que se respetasen tanto las diferencias como las intensidades. Los distintos ritmos de trabajo y, sobre todo, los deseos siempre y cuando no entraran en conflicto. Sería una sociedad donde cada uno fuera tratado según lo que puede dar, que no siempre es el máximo. Algo que es prácticamente imposible y de lo que se aprovecha el capitalismo para precisamente imponer aquello contra lo que dice luchar: la unificación y masificación del deseo (claro) y del acto de consumo.

El capitalismo trata de conseguir que todos demos el máximo de nosotros mismos y compitamos como si estuviéramos en las Olimpiadas por ser los más ricos, los más pobres, los más santos y los más cultos. El capitalismo desea siempre lo máximo y nos hace desear lo máximo y gracias a esa operación logra reblandecer las oposiciones aparentemente infranqueables entre enemigos. El capitalismo le dice al asesino: ¡Mata, sí, pero mata cuanto más sea posible! Y le dice al pobre: ¡Pasa hambre, sí, pero cuanta más hambre sea posible! Consiguiendo, exactamente, lo que desea: extraer lo mejor de cada uno. Su máximo. El récord. Que finalmente, unos y otros le sigan el juego. Respondan a sus intereses, que básicamente son controlar la vida y acabar con la muerte: que no pare el flujo de dinero. Para lo que es necesario, claro, que no exista el ahorro y si es posible, tampoco la sociedad. Únicamente la empresa.


Exactamente, cuantos más contrastes hay, más necesario y también más fácil es guardar o imponer un orden. El capitalismo no sólo es maquiavélico (puesto que domina a través de la manipulación y el miedo), sino que, sobre todo, es maniqueo. Razón por la que tanto la New Age o la fuerza jedi (el supuesto bien) acaban por servir tanto a sus propósitos como el lavado de cerebro que realiza diariamente a través de los mass-media a su servicio.

El capitalismo es Luke Skywalker y Darth Vader, pero también el Dalai Lama y Obama, la corbata torcida de Bill Clinton y un berrinche de Nerón. Básicamente, porque ha conseguido que todo tenga un precio. Incluido el tiempo que ya no es que sea lo más valioso porque existe la muerte sino precisamente por el dinero con el que se pagan las horas que dedicamos al trabajo. Una justificación, al fin y al cabo, para comenzar la época Rothschild o drone. Una era en la que el mundo ha quedado transformado en un videojuego donde el héroe mata a ricos y pobres indistintamente porque para el capital, tan sólo son cuerpos. Excusas para acelerar la producción. Conseguir que el mundo entero clame por más seguridad a cambio de su libertad. Shalam

 

إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِين

El río sigue su curso sin esperar al sediento

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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