Ese hit destructivo

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Las listas se han convertido, en esencia, en asunto de listos. En comercio. Pura banalidad. Dictadura del gusto. Tratados de moda y estética. Y a veces (demasiadas) en prostitución. Un motivo para que determinadas revistas y periódicos aumenten sus ventas al compás de ciertas editoriales y compañías discográficas. Tanto es así que algunas ya no se diferencian en mucho de los “grandes” concursos artísticos. Están amañadas, en trance de serlo, o lo serán en el futuro. Si no es que realmente no importan a nadie o han sido manufacturadas bajo unos parámetros fijos (redactores con gustos comunes que se regirán en sus elecciones según las directrices consabidas de la línea editorial) para una audiencia fiel que no admite disidencias. Sirviendo por tanto de claro ejemplo para rastrear esos casos de censura “blanda” tan habituales en el neoliberalismo. En cualquier caso, las listas, sí, cumplen (o cumplieron) una función: realizar una selección (o canon) de las obras más representativas de una cultura, época o momento. Algo necesario teniendo en cuenta la democratización y alfabetización global cultural y que, desde los tiempos de Hegel, tenemos muy claro que ni en cien vidas podremos leer (o contemplar) todos los libros y obras de arte existentes. Obviamente, muchos de los cánones realizados a lo largo de la historia (y más en concreto el siglo XX) han sido polémicos. Recuerdo sin ir más lejos decenas de voces airadas por la selección literaria realizada por Harold Bloom en su Canon occidental, la llevada a cabo por Vladimir Nabokov en su Curso de literatura europea o las polémicas generadas (no nos bastaba con la guerra de civilizaciones o la de sexos y, voilá, hemos creado también la guerra de listas) por determinadas elecciones musicales llevadas a cabo por revistas como Popular 1, Rolling Stone, New Musical Express o Rockdelux.

¿Sería posible que un canon no creara disidencias? Eso es imposible. De hecho, una lista es un auténtico oxímoron. Utilizando una metáfora muy usada actualmente, lo más parecido a vallar el campo. Siempre habrá obras esenciales no citadas, algunas a las que el tiempo irá restando valor y otras muy valiosas cuyos méritos no serán refrendados hasta que un determinado acontecimiento suceda o una nueva época tenga lugar. Una lista es una equivocación consensuada. Un abuso de la democracia y la estadística. Un intento de llevar la matemática al arte. De convertir la vida en cultura. Y la cultura en competición. Darwinismo humanista. Contienda creativa. Pero también, obviamente, una necesidad racional muy comprensible pues es necesario frenarse de tanto en tanto y hacer una selección y resumen de lo vivido, leído o contemplado. Y es lógico que cuando miremos atrás destaquemos qué fue lo mejor que experimentamos o conocimos. Siempre habrá por ello listas y es bueno y hasta deseable que las haya. El problema actual con ellas, (más allá de lo consabido, que están condenadas antes o después a equivocarse),  es similar al que suele ocurrir con cientos de acontecimientos, eventos o productos insertos en sociedades capitalistas. Que han degenerado, perdido valor real. Se han apartado de su sentido original hasta convertirse en sucedáneos. Y más que en guías orientadoras se han convertido en  manipuladoras. Perversas obsesiones.

En realidad, su actual apogeo se me antoja a estas alturas realmente invasivo. Tanto como la publicidad, la arquitectura moderna o las alusiones al fútbol. Porque basta abrir facebook, una revista o un periódico para encontrar una lista. Otra más. Hasta el punto de que ya no sé si realmente importa que sean honestas, sinceras y nos permitan elegir con mayor seguridad (que para eso sí que son muy útiles) la obra de arte a visitar entre la inmensa oferta cultural actual. Puesto que son tantas (¿qué publicación, blog o persona no se anima actualmente a hacer una?) que no sólo es que resulte difícil discriminar cuáles son realmente provechosas sino que se asemejan a un sin fin de insectos que se empeñaran en picarnos, molestarnos, llamando nuestra atención de todas las maneras posibles. De hecho, ya se ha convertido en costumbre. Cuando algunos todavía estamos asimilando libros de interpretaciones inagotables publicados hace cincuenta años y leídos hace dos o escuchando ciertos discos aparecidos en décadas o siglos anteriores cuyos  secretos continúan ocultándose a nuestro entendimiento y cuyos detalles y significados sólo tras cien o más escuchas comienzan a quedarnos claros, llegan las listas de fin de año para golpearnos. A veces con un objetivo y mensaje demasiado evidentes para que no nos perturben: “¿Qué es eso de escuchar Las bodas de Fígaro durante un mes seguido o releer varias veces Crimen y castigo y vivir en tu mundo ajeno al presente (y las modas)? ¡Actualízate!, ¡Consume!, ¡Se un ciudadano del siglo XXI! ¡Un lector y melómano y cinéfilo del siglo XXI o no seas!”.

Lo cierto es que pienso que el problema actual que tengo (y creo que tenemos o estamos comenzando a tener) con las listas viene de la necesidad de hacer una o varias cada doce meses. Algo comprensible, ya lo he dicho, si se quiere poner orden (y de paso jerarquizar) la inmensa oferta cultural actual pero que creo que ya roza el paroxismo. Por ejemplo, estoy comenzando a ver listas de las mejores películas de los primeros seis meses del año como de cada mes (al parecer en ciertos medios esto se lleva haciendo durante décadas), semana y supongo que antes o después llegarán las de los mejores discos del día. Yo amo la literatura y habitualmente leo entre 75 o 150 libros al año. Sin embargo, muy pocos o prácticamente ninguno son del año en curso. Porque no tengo urgencia y no me parece además que tenerla sea adecuada para desbrozar las obras de arte (¿o es que no son ya más que obras de consumo?). Aunque haya comprado varias novelas, colecciones de cuentos, ensayos del 2014, tal vez no los lea hasta el 2016 o  17. Lo que por ejemplo me incapacitaría para confeccionar cualquier lista. Y de hecho, siempre que me han pedido alguna, he sido sincero y me he declarado incapaz para hacerla a no ser que me pregunten por mis gustos estrictamente subjetivos. Esto es; cuáles han sido las películas que, por ejemplo, más me han marcado. Aunque teniendo en cuenta los cientos de miles de listas de este tipo, estoy seguro (o casi) que antes o después, mi selección acabaría cayendo en el anonimato. Y a pocos importaría. Pues finalmente lo que se está consiguiendo con este extremismo por las listas (¿no es esto lo que desea el neoliberalismo global?) es que ya den todas igual. E incluso las más suculentas como es el caso de los libros favoritos de David Bowie pasen desapercibidas o se pierdan en el olvido a los pocos minutos de consultarla. Algo lógico teniendo en cuenta que en la era facebook, las listas son ahora en gran medida selfies autocomplacientes. Y en nuestra esquizofrenia, tendemos a darle tanta importancia a las que publica en su muro un venezolano psicótico, un crítico que trabaja para una multinacional de libros o una adolescente que está siendo devorada por la literatura.

Hace varias semanas me refería en avería  a una de las características esenciales por las que surgió el posmodernismo: la ausencia de espacio físico. El que el ser humano hubiera al fin colonizado el planeta de punta a punta. Pues bien, creo que nuestra manía y obsesión de las listas procede también de allí. De cierto nihilismo y depresión culturales provocado por la ausencia de nuevos retos y desafíos. De una obsesión por el pasado continuo ante la ausencia de presente o futuro continuos. De lo desconectados que estamos de la vida (real) y lo apegados que estamos a la virtual.  En lo personal, yo sólo he realizado listas (o tuve esa manía) cuando tenía 26 años y estaba atravesando un período de mi vida, digamos, complicado. Muy depresivo. Me levantaba y escribía en un papel los libros por los que me había merecido la pena vivir y de los que quisiera acordarme al cerrar los ojos y lo  mismo hacía con películas y discos. Día tras días. Semana a semana. Hasta que conseguí atravesar esa etapa, superar esta parálisis y simplemente me contenté con vivir disfrutando de las obras de arte que cayeran en mis manos sin tener porqué categorizarlas. Pues bien, creo que el proceso cultural que vivimos actualmente es bastante similar o al menos me recuerda al que yo viví. Como somos una cultura para la muerte y construida para la muerte incapaz de generar alegría o al menos con muchas dificultades para construir una vida comunal auténtica, nos empapamos de listas. De la misma manera que nos bañamos en cinismo, dinero-deuda o hedonismo consumista y sexual (experiencias swingers,sexo virtual) para sobrevivir en lo estertores del capitalismo tardío.

Intentaré explicarme mejor. Porque no creemos en nada, creemos en las listas. Porque no gozamos de vida interior, atesoramos listas. Porque somos sumisos al mundo del trabajo (o al del ocio), nos divertimos con listas. Porque somos esclavos del gusto, nos liberamos con listas. Porque no tenemos ya experiencias viajeras que nos transformen realmente y los lugares adonde vamos se parecen demasiado entre sí, buceamos en las listas (¿encontraremos allí algo diferente?). Porque nos sentimos demasiadas veces impotentes, recurrimos a las listas (y potenciamos su poder). Porque no tenemos ningún referente moral, seguimos las listas con estricta obediencia. Porque tenemos la mente fragmentada y una inexistente vida social, encontramos en las listas grandes verdades, cierto sentimiento de pertenencia a una comunidad. Porque no nos encontramos satisfechos, nos satisfacen tanto las listas. Y porque tenemos inoculada la cultura capitalista y neoliberal, ponemos a competir a los artistas en listas.

En fin. El año pasado, leí decenas de libros. Recuerdo ahora haber consultado textos de Javier Moreno, Balzac, García Villalba, Robert Walser, Heriberto Yépez, Juan Francisco Ferré, H.P. Lovecraft, J.G.Ballard, William Gaddis, Paul Stanley, Dee Snider, Lewis Carroll, Patricio Peñalver, Antonio Lobo Antunes, César Aira, Mario Levrero, Celine, Marc Édouard-Nabe, Fiodor Dostoievsky y muchos más. Todos ellos me aportaron algo. Me dieron fuerza para vivir. Concedieron sentido a mi vida aunque fuera por unas horas. Unos me condujeron a un sitio, y otros lógicamente a otro. ¿He de decir públicamente cuál de todos ellos construyó la obra que más me gustó? ¿Es realmente necesario? Sinceramente, pretender que intente decir cuál de todos esos artistas realizó la obra mejor, la tercera o la quinta en mi orden de preferencias, me parecería infantil sino fuera porque ya estoy escarmentado y lo considero un acto de perversión por parte del sistema. Una forma sutil de discriminación. Maneras de acabar, institucionalizar el misterio y la intimidad de la obra de arte. Otra forma sutil de manipulación (¡No te muevas que no apareces en la lista!). Conseguir que los escritores y artistas se odien un poco más entre sí de lo que ya lo hacen. Un juicio público a los libres o los que pudieran serlo o soñar con serlo. Porque, en realidad, la mayoría (obviamente no todas) de la listas son marketing. Encasillamiento, clasificación, separación y cárcel. En esencia, dominación. Castración o al menos impregnación de esperma de otros en el nuestro para que follemos con quien lo desea el sistema. Cuándo y cómo le gusta al poder. Gastándonos además nuestro mínimo de monedas anuales para que el consumo cultural no decaiga. Una manera como otra cualquiera de aprovecharse de que los ratones son curiosos y tienen hambre para darles el queso que deseamos o queremos que deseen anhelar.

El fenómeno (o efecto) lista (o sí, Rexona o Axel) no es por ello, bajo mi punto de vista, sino otro más de los tentáculos del sistema político-económico actual. Nos quieren, sí, rastreando nombres y fichas y moviendo posiciones. Unos fuera, otros dentro. Paul Auster el décimo y Jonathan Franzen, el noveno. Nos quieren competidores. No en la calle y respetuosos a toda oferta cultural. Como ya expresé en otro avería anterior, en absoluto quieren que dediquemos todo el tiempo que merecemos, merece y necesita una obra de arte para entenderla y disfrutarla. Probablemente porque amar con pasión, mimo y cuidado una obra de arte es sinónimo de hacerlo con una persona. Y eso sí que no. En la sociedad puede haber sexo, violencia y estupidez pero amor verdadero (¿sabemos acaso ya lo que es eso, no será que rastreando la creación del mito del amor, el engaño amoroso, al final nos hemos quedado sin el objeto perseguido?) desde luego que no. Tanto es así que a menudo pienso que ese constante zapeo entre discos que solemos efectuar habitualmente, se produce o bien porque no amamos realmente la música (hipótesis que no comparto) o bien porque entre tanta lista y lista y novedad más novedad, aprovechándose de nuestro amor por ella, no nos dejan (permiten) hacerle el amor como corresponde. Nos imposibilitan apreciarla con el cuidado que es debido. Pues ocurre en muchas ocasiones que cuando estamos comenzando a comprender la grandeza de una obra de arte, somos arrastrados hacia otra sin solución de continuidad. Con lo cual igualamos obras de arte con pareja, automóvil, vestimenta, etc. Una manera, por tanto, de refrendar los puntos de vista del sistema en vez de hacerlos saltar por los aires. Razón por la que, por ejemplo, hace varios años dejé de asistir a festivales musicales y en lo posible, no volveré a ninguno de ellos mientras no se permita a los músicos explayarse tanto como deseen. Sin importar que sea una, dos o tres horas. Pues al fin y al cabo, ¿el rock no era libertad y exceso y salvajismo y frenesí dionisíaco incontrolable? ¿Qué es eso de que los músicos deban administrar sus esfuerzos según unos horarios rígidos como si fueran oficinistas? ¿No nos damos cuenta hasta qué punto hemos acabado con la espontaneidad, la esencia misma del rock, aunque pretendamos o queramos resucitarla, revivirla por el mero hecho de asistir a festivales que son en esencia antros, clubs al aire libre de consumo, los campos de concentración “blandos” de la era neoliberal?

Fijémonos además que, en realidad, nosotros, los latinos, hemos sido siempre más de experimentar, vivir la vida, dejarnos ir, que de cifras. Tanto ellas como sus primas hermanas, las estadística, son más propias de anglosajones. Y tradicionalmente, no hemos necesitado de clasificaciones para gozar con la vida. ¿A qué viene entonces toda esta perversa manía de estar pendiente de listas y listas y más listas? ¿No es en el fondo este irracional deseo por ellas una prueba de que hemos sido inoculados, colonizados por la cultura anglo-globalizada? ¿Podemos imaginar a creadores de la talla de Charlie Parker, Camarón o Louis Amstrong redactando neurótica, paciente o compulsivamente listas diariamente? ¿A Frank Zappa o Jimi Hendrix?

Ocurre que a veces tiene uno la sensación que de tanto mirar a las listas, está perdiendo su vida. Se le está yendo por el desagüe. Puesto que, en realidad, son una venganza del sistema contra los que amamos el arte. Un lugar que tal vez haya que ir pensando en comenzar a evitar o atisbar simplemente de reojo. Pues, al fin y al cabo, son imposiciones. Órdenes. Espejos donde se refleja el mal occidental. El dominio de la ciencia y la técnica sobre la pasión y la improvisación. Probablemente el peligro real tenga que ver con el hecho de que, si no me equivoco, el canon, sí, las listas fueron creadas para que no perdiéramos de vista el pasado. Pero su paroxismo actual, nos está haciendo perder nuestro presente. Y diría más. Nos está robando el futuro. Shalam

 ربّ اغْفِر لي وحْدي

                            Muy limpio no tiene sabor

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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