La Fura del Baus: ese canibalismo cotidiano

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Siempre me atrajo la propuesta de La fura dels Baus. Esas performances teatrales, a un paso del abismo, a través de las que intentaban revivir el espíritu de Antonin Artaud y vomitaban en nuestra recién inaugurada democracia fueron, sin dudas, una referencia ineludible en el contexto artístico español de los 80. En ellas, ampliaron horizontes, atreviéndose a incursionar en territorios hostiles, combinando danza, mímica y música trans con rituales e ideas extraídos del teatro de vanguardia. A mediados de los 90 sin embargo, su lenguaje comenzaba a estar agotado y a producir más tedio que sorpresa. Sus representaciones se habían acabado convirtiendo en espectáculo. Un lugar al que se acudía no tanto para vivir una experiencia como para reconocerse en ella. En la citada década, asistí a varias de sus performances y de la mayoría salí decepcionado. No plenamente satisfecho. Por lo que aplaudí que comenzaran a realizar tentativas en otros campos artísticos como la ópera, donde han conseguido resultados más que interesantes, manteniendo la llama de su arte vigente sin necesidad de repetir constantemente la fórmula ya conocida.

No obstante, el tiempo, lo sabemos, es caprichoso. Además de una fuente de sabiduría, es un agente que suele relativizar nuestras seguridades. Nuestros amores y odios. Digo esto porque, a pesar de que en su momento no terminé de empatizar con la propuesta planteada por la Fura tanto en MTM (1994) como en Manes (1995), ahora las considero obras realmente necesarias. Y con el paso del los años y el desarrollo de los acontecimientos político-sociales han ido ganando consistencia en mi recuerdo.

MTM fue una obra que, en su momento, aprecié pero aún así no terminé de empatizar con ella y ahora comprendo la razón. Porque siendo una sátira darwinista de la política en la era neoliberal y la sociedad del bienestar, resultaba difícil en el momento de su estreno, a mitad de los 90, tener conciencia de lo visionario de su propuesta. Y sin embargo, dos décadas después, creo que si volviera a contemplar esta performance audiovisual, entiendo que lo difícil sería no estar de acuerdo con ella al cien por cien y que sus símbolos me serían tan familiares que podría llegar a parecerme una propuesta hiperrealista. Una excursión por el día a día de una sociedad vigilada, esclavizada, aborregada y manejada por unos sátrapas maquiavélicos que disponen de todos los medios para hacerlo. Pero como las circunstancias a las que aludían la Fura, aun estando claras para mí, no habían estallado como lo harían desde el año 2007 en la sociedad occidental, no terminé de empatizar del todo con una obra que si en su tiempo me pareció notable, ahora visionaria y necesaria. Una lúcida y corrosiva mirada a esa realidad que nos negamos a ver hasta que nos estalló en plena cara.

Aún recuerdo aquellas grúas por las que se desplazaban los actores de la Fura imitando a los políticos mientras se burlaban de nosotros, despreciándonos como hacen constantemente nuestros representantes sociales. A quienes la Fura retrataban como psicópatas, seres sin alma que engatusaban al pueblo, como lo habían hecho los antiguos condes y nobles, conforme se repartían el oro y disfrutaban de un gran festín a sus espaldas. Era realmente impactante esa performance que entiendo que si me provocó cierto vacío fue porque actualizaba el mensaje de la crueldad adaptándolo a los tiempos actuales. Esto es; captaba la banalidad que se esconde en los telediarios y la era de internet (que por entonces todavía no se había implantado) y radiografiaba esa máquina de deglutir y transformar cerebros, dirigiendo voluntades y eliminando rebeldías que es la discoteca moderna. En mi opinión, uno de los mayores campos de concentración de la era globalizada. De hecho, así me sentí en determinados momentos de MTM. Como si estuviera en uno de esos centros en donde la música máquina, las drogas y la violencia de las luces generan una sensación de esquizofrenia. Crean una ilusión de realidad con la intención de que quienes los visitan piensen que allí pueden conseguir, aunque sólo sea por unas horas, todos aquellos sueños que les promete el capitalismo.

Con Manes me ocurrió algo parecido. Pero peor. Porque de esa obra sí que salí amplia, profundamente decepcionado. Aunque con el paso del tiempo, de nuevo, mi visión sobre ella ha variado. Intentaré explicar el motivo. Hace dos años, decidí hacerme vegetariano para mejorar mi salud y salvo en muy contadas ocasiones, me he mantenido fiel a estos principios. A día de hoy, creo que jamás volveré a alimentarme como lo hacía antes y que persistiré, si me es posible, en este estilo de vida hasta el fin de mis días. Además, me resulta insoportable lo que supone la ingestión habitual de carne: la cruel matanza de cientos de animales indefensos. Pollos, vacas y cerdos que se ven obligados a sufrir todo tipo de tormentos para ser pasto de nuestro estómago.

En fin. ¿Qué tiene esto que ver con la Fura? Bastante más de lo que parece. No puedo hablar con exactitud de la obra porque ha pasado ya bastante tiempo pero creo recordar que los asistentes nos encontrábamos en una especie de corral donde asistíamos a las peleas de dos tribus que para imponerse se lanzaban pollos muertos. Nosotros éramos tanto testigos de estas disputas como protagonistas. Veíamos como estos actores devoraban los animales y se los lanzaban a la cara pero sufríamos a la vez, los ataques de las tribus. Por lo que éramos también devorados por nuestro instinto consumista y voyeur. De alguna manera, sí, nos convertíamos en pollos en medio de esa carpa que era una metáfora del circo inabarcable en que se ha convertido la sociedad occidental. Nos encontrábamos presos en esa dinámica de lucha y consumismo por la que, finalmente, éramos fagocitados.

No es esto, de todas formas, lo más importante que se me ha quedado grabado en la memoria sino el que, en un momento dado, un actor me arrojara con fuerza y saña un pollo muerto a la cara. No tanto por el daño que me provocó o los restos que el animal dejó en mi ropa sino porque con el paso del tiempo, y tras abandonar mi alimentación carnívora, creo haber comprendido mejor lo que aquel gesto significaba. Haciéndome por tanto valorar más aquella obra de la que salí refunfuñando.

Como todo teatro performativo, en la Fura es esencial el contacto con el público. Pero no tanto -creo- por un vacuo motivos estético sino para que el mensaje no quede en la palabra y se haga acto. Hacer tomar conciencia de que lo que allí se representa no es ficción: es la pura realidad, como casi dos décadas después, he comprendido. Porque, ¿cómo si no, si no es arrojándonos un pollo en la cara, golpeándonos para sacarnos del monólogo rumiante que no resuelve nada, podían los actores hacernos tomar conciencia del canibalismo y cruento crimen que cometemos diariamente con los animales; del lugar al que nos ha llevado el consumismo? Allí donde las palabras no llegaron, lo hizo el pollo muerto. El desprecio que sentí cuando me lo arrojaron. Ese intento por hacerme despertar que, muchos años después, ahora entiendo como positivo y me hace valorar Manes de otra manera. Como, lógicamente, la existencia en general. De hecho, en Ruido hay una pequeña parte dedicada a los mataderos de pollos y animales a través de los que el escritor que protagoniza la novela, intenta explicar mejor las razones de su odio visceral hacia el mundo.

Realmente, entiendo ahora que la gran mayoría de los cruentos latigazos de La fura pretendían hacernos despertar antes de que tuviéramos que hacerlo obligados por las circunstancias y en unas condiciones muy adversas, como así ha sido. Los medios de comunicación, en esencia, son agentes de olvido y al contrario, el arte es tanto un potenciador del recuerdo como de la conciencia. Y, en este sentido, el de la Fura, a pesar de todas sus irregularidades, me parece encomiable. Un canto ético y salvaje a la vida como podía serlo, desde otro ángulo, El perro andaluz.

Por ello y porque, como ya he explicado, no he podido empezar a valorar su trabajo en su justa medida sino muchos años después, no me atrevo a opinar sobre sus obras actuales ni sus óperas. Sé, eso sí, que tengo el DVD preparado para contemplar cualquier mañana o tarde de la próxima década, sus adaptaciones de La flauta mágica, El martirio de San Sebastián o El oro del Rhin. Y que hasta entonces, no me atreveré a opinar sobre las mismas. Como tampoco lo haré hoy sobre su Fausto ni aquella recreación de La Metamorfosis en la que Gregorio Samsa se despertaba entre voces procedentes de programas de Tele 5 y emisiones deportivas, a la que asistí en Barcelona a principios de siglo. Más que nada porque considero que 20 años, repito, 20 años es el tiempo justo que tiene que pasar, entiendo, para que yo pueda valorar una obra de La Fura sin precipitaciones. Y a ser posible, para no faltarle el respeto a sus propuestas ni a mí mismo, así lo haré. Shalam

وعاد بِخُفّيْ حُنيْن

 Uno no puede ser golpeado si no puede ser tocado

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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