Muro

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La educación, lo sabemos al menos desde Platón, siempre ha sido adoctrinamiento. Por supuesto, manipulación y doma y también sometimiento. De ahí, por ejemplo, el tutelaje, casi sojuzgamiento, del maestro sobre el pupilo que desea un puesto en la Universidad. Un puñado de alumnos no es más que un grupo de cadetes haciendo el servicio militar. Carnaza de guerra. Los nobles europeos sabían que poco o nada podían esperar de la educación estatal y si era posible, adiestraban a la clase dominante en sus palacios y amplias mansiones. En realidad, los únicos seres que veían más allá de la caverna eran precisamente ellos. Pues en cierto modo, velaban porque ninguno de sus súbditos pudiera adquirir un conocimiento distinto al básico o al prefigurado por su lugar de nacimiento en la pirámide social, que atentara contra su poder.

En el siglo XX, el combate (virtual) entre comunismo y capitalismo, provocó que el bloque occidental se esmerara en incrementar la educación de las masas promovida por la ilustración y, sobre todo, el romanticismo, sin por ello revelar verdades históricas y políticas que pusieran en cuestión elstatus quo. Sin embargo, una vez caído el Muro de Berlín, el primer punto, la educación (manipulada) pero esmerada de la población, ya no fue necesaria. O sí. Por supuesto. Pero de otro modo afín a la cultura de la globalización (o sumisión). Esto es; los maestros ya no educarán. Ni formarán. Su tarea es cumplir órdenes (por otra parte, como siempre) y el tiempo que antaño podían dedicar a pensar, reflexionar (una muestra de las bondades de la maravillosa y libre democracia occidental frente al colectivismo comunista) ahora lo emplearán precisamente en elaborar, discutir y debatir planes sobre cómo educar. En la clase, ya no se pensará por tanto. Se consumen productos (educativos) como en la calle. Porque para ello se ha pensado durante horas y horas interminables en cómo educar. Cómo hacer ciudadanos útiles a la sociedad. O al poder. Las empresas. El dinero. Aparatos de sometimiento, que de esta forma consiguen lo que ansían. Desean. Que mientras los profesores o educadores o funcionarios o chantajistas-chantajeados reflexionan y reflexionan sobre los mejores planes de estudio para educar, sean la televisión, la MTV, el cine, fútbol, publicidad, las series, el aparato mass-mediatico, las tonadas en el celular, quienes realmente formen la mente de los muchachos.

En esto precisamente consiste la mascarada global. O neoliberal. Pagar un sueldo suficiente a los profesores para que no se rebelen. No pongan en riesgo los valores implantados. Trabajen sus horas. Y si acaso, se manifiesten una o dos veces al año o llenen sus muros de facebook con quejas y lamentos, mientras se desgañitan diariamente por cumplir las normativas comerciales de sus empresas educativas (públicas o no), y su cerebro lo ocupan en interpretar, construir, adaptarse a nuevos planes de estudio o descansar del tormento cotidiano en viajes por su país o el mundo, al tiempo que, de tapadillo, casi inadvertidamente, (a veces, ¿por qué no?, incluso con jaranas y aspavientos), se lleva a cabo el proceso real de adiestramiento.

Los profesores, sí, son esclavos útiles. Los monigotes (mejor o peor pagados) que utiliza el sistema para demostrar su preocupación por la educación en caso de ser cuestionado y criticado (además, que alguien tiene que enseñar a las nuevas generaciones ortografía para que entiendan qué es lo que se les quiere vender y para qué se les necesita). La fachada necesaria para que no nos demos cuenta que la verdadera educación (la que sí que conseguirá sus objetivos a gran escala) no se da en las aulas y tampoco en los hogares, del mismo modo que la política, la real, no se lleva a cabo ni en el Parlamento, el Congreso o un mitín. Lo invisible, aquello que no se ve, ya lo dijo Lacan y lo expresaron de manera portentosa Luis Buñuel en El ángel exterminador y René Magritte en su lienzo Esto no es una pipa, es lo real. Y el proceso educativo a nivel global actual, uno de los más claros ejemplos de esta lúcida afirmación. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Ningún amigo como un hermano; ningún enemigo como un hermano

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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