Rubén Espinosa

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México es un país donde el único derecho que existe es el derecho a morir. En el que la Constitución (real) indica que escribir tres artículos en contra de los gobernantes llevará acarreada la pérdida del trabajo. Seis, la tortura. Y diez, la muerte. El paraíso de Hitler y Stalin. México es un país donde la ley real funciona perfectamente. Se lleva a cabo en sus tiempos y formas con diligencia total. Con fuego y furia. Un país donde la libertad reina como en pocos. Los periodistas disidentes, por ejemplo, tienen derecho a decidir si el tiro final se lo dan en la nuca, el pecho o la frente. Un país donde cuando se accede a una dependencia de gobierno es conveniente hacerlo con chaleco antibalas. Habiendo redactado previamente herencia.

México es un país consecuente y respetuoso con sus raíces mesoamericana e hispana. Por lo que, cada semana, aplicadamente, como un estudiante voluntarioso, realiza un baño de sangre, honrando los antiguos sacrificios mexicas, pero a la manera occidental: utilizando metralletas, torturas o insultos vejatorios. México es un país donde muchos de sus habitantes dicen reírse de la muerte, carcajearse enfrente de las narices de las Parcas porque probablemente se sienten impotentes frente al berenjenal de muertos cotidiano y han encontrado en la ironía, una manera de esquivar la angustia y no asumir sus responsabilidades. Poner la mano si el gobierno te ofrece una limosna. México es un país donde diariamente se festeja el día de Muertos porque, en cierto modo, todos sus habitantes ya han asumido internamente que han fallecido y por eso, cuando llegan las fechas oficiales de la festividad llenan las tumbas de pasteles y música. Y también sus casas. Para festejar lo bien que están los muertitos en el Mictlan y pedirles por favor que los saquen pronto de esta vida: ese reino de la muerte compuesto de salarios ridículos, esclavitud social y el miedo donde a cualquiera “le vale madre” todo por si lo mismo, la madre, el hermano o el padre son secuestrados o asesinados el día después.

México, sí, es un país donde ser un activista social es mucho más que un deporte de alto riesgo: una carrera en la que la única incertidumbre radica en saber cuándo y de qué manera nos cortarán la cabeza. Si nos harán sufrir antes de matarnos o el asesinato será limpio y moral. Un país en el que los rebeldes y los luchadores son tratados como terroristas. Como andrajosos puercos o mendigos harapientos. Y en el que todo estudiante es sospechoso y cientos de miles de personas confían más en los narcotraficantes que en los políticos. Un país donde los maestros por el mero hecho de serlo son vistos como posibles delincuentes y donde la gente es amable y atenta, y sonríe incesantemente o bien por si acaso su interlocutor le estuviera apuntando con una pistola oculta, o bien porque quiere que se confíe y pegarle el golpe fatal. Un país en el que la vida es gratis para la gran mayoría, el trabajo apenas da para subsistir y la muerte -costos del funeral- cuesta 2000 dolares. Un país en el que los cuerpos utilizados en las performances que denuncian estos hechos no son los de actores vivos sino los de los verdaderos muertos y donde sale más rentable matar a gran parte de la población que mantenerla con vida, las casas de gobierno son cárteles, se gasta más presupuesto en seguridad privada que en carreteras o sanidad y sus políticos consiguen hacer buenos a los monstruosos homónimos europeos y casi que al resto de latinoamericanos. México, sí, es un páramo de hedor e impotencia donde la mayoría de escritores e intelectuales alzan la voz a cuentagotas y midiendo cada una de sus palabras para no perder la Beca y continuar mamando del Estado o al menos, no ser excluidos de los círculos de poder. Y si lo hacen, es inevitable que se pregunten si sirve de algo o es tiempo perdido. Es ese país donde una persona realiza unas declaraciones públicas pidiendo ayuda porque se siente amenazado y, al día siguiente, amanece con los sesos descuartizados y con la mitad de los dedos de los pies y las manos cortados. Un país donde, alarmadas las élites gobernantes debido a la la publicidad generada por la matanza de Tlatelolco en el 68, decidieron, desde entonces, que a los disidentes era mejor matarlos uno a uno o en pequeños grupos que en masa. Realizando un minúsculo sangriento ritual diario como convincente forma de implantar reformas, evitar masivas manifestaciones y poner de manifiesto -por si no había quedado claro- quién manda. Quién posee el bastón fálico para introducirlo en los agujeros del cuerpo y la mente de sus súbditos de la manera que lo desee.

México es un país tan castigado que parece que no lo habitan personas sino cucarachas. Es un país que se denomina a sí mismo surreal probablemente porque todos sus habitantes son conscientes de que su hora puede llegar en cualquier momento y por cualquier motivo, y en esas circunstancias, casi que mejor imaginarse que la luna se merienda al sol, comimos ayer con un extraterrestre o con el muertito de turno, que vivir alimentando penas y suplicios. Engordando las venas abiertas de un país del que, lamentablemente, todo lo dicho anteriormente es cierto. Pues es una caverna donde corrupción y política no es que sean palabras sinónimas como en el resto del mundo sino que son amantes extremos dispuestos a asesinar a quien se le ocurra separarlos o atentar contra su unión incestuosa. Ponerlos en evidencia y denunciar su libidinosa pasión cuyo objetivo esencial consiste en extender por siglos y leguas su Imperio, convenciendo al mexicano medio que su vida no vale una mierda. O sí. Exactamente lo que pague un rico, una farmacéutica o un hospital en el mercado negro por cada uno de sus órganos: corazón, riñones o hígado. O bien -tanto da- lo que cuesten una bolsa de arroz y unos frijoles con los que comprar su voto de tanto en tanto. Shalam

من تسمّع سمِع ما يكْره

Donde hubo fuego, cenizas quedan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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