Sálvame

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Si nos fijamos, los libros de autoayuda no son en el fondo más que una digresión o nota a pie de página extensa al famoso aforismo griego, “conócete a ti mismo”. Y con el tiempo, se han convertido en libros de autocastigo. Flagelos masoquistas de ciudadanos sin esperanza. De sociedades divididas. Incapaces de generar los vínculos de autoconservación, diálogo y convivencia que eran habituales en las comunidades rurales y pre-industriales. Deviniendo en un laxante contra la angustia. Una barrera y frontera utilizada por la ingeniería política para alejarnos de la lucha social. La reivindicación de nuestros derechos ciudadanos. El poder nos exige que resolvamos en nuestro interior los conflictos que él mismo genera. No nos quiere conspiradores, sino resolutivos. Nos desea o bien taoístas, pacíficos y empáticos, o esquizofrénicos. Quiere que los ciudadanos curemos o mejor aún, sanemos con meditación, autoabrazos, risoterapia y consejos de amor y paz, las heridas que con su látigo, metralletas, indiferencia y corrupción causó. Pero no nos engañemos. La mano con la que el Poder sujetaba antiguamente la Biblia sostiene ahora un libro de autoayuda. Porque su proliferación y consumo masivo (parecido al de estupefacientes o píldoras antidepresivas), le ahorra darnos respuesta. Tomarse la molestia de restablecer redes sociales. O dejar de perseguir y destruir las pocas que perviven aún sanas. Con lo que lógicamente se han convertido en una industria tan poderosa y peligrosa como la armamentística y la farmacéutica. Tras ellos se mueven miles y miles de millones de dolares e intereses. Menos el tuyo. Y el mío. O el de aquel que los lee con inocencia.

Como esos monstruosos rascacielos situados en el centro de caóticas, aglomeradas ciudades, nos indican que algo está mal en nosotros. Profundamente mal. Probablemente porque los libros de autoayuda surgen cuando somos masa y no colectivo. Nacen y se reproducen en las fisuras, grietas y fragmentos de los edificios modernos. Y pretenden reconstruirlos cuando la mejor opción sería tal vez destruirlos. Utilizan como el caramelo su amable envoltura, su segura (o al menos probable) solución a todo duelo, drama o separación, como excusa para introducirse en nuestro hogar y restablecer la armonía, pero en realidad son armas. No vienen a unirnos. Sino a distanciarnos aún más. A ocupar el lugar de la familia y el amigo. Porque no conceden ni ese abrazo ni ese amor incondicional que todo lo cura. Nos dejan solos frente al mercado y al consumo. Sin enseñarnos a morir y por tanto tampoco a vivir.

Que nuestra sociedad está enferma lo deja muy claro la proliferación de libros de autoayuda. Y algún día comprenderemos que ellos no eran la solución sino parte del cáncer. Líquido que permitía reproducirlo y que circulara con mayor rapidez y fluidez por el tejido social. De hecho, han llegado a ser tantos y tan abusivo su dominio que a veces pienso que comenzaremos a autoayudarnos y sanarnos cuando los quememos a todos en la hoguera o al menos nos olvidemos de ellos por un rato y nos atrevamos a vivir. A experimentar lo que es la vida sin miedo a sufrir. Shalam

ربّ اغْفِر لي وحْدي

La lengua resiste porque es blanda; los dientes se quiebran porque son duros

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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