Ritmo y deseo

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Dejo a continuación un nuevo avería dedicado en este caso al filósofo francés Gilles Deleuze. El cual recomiendo leer escuchando el audio siguiente: «Julie and Candy» de Boards of Canada. Ahí va.

Ritmo y deseo

De Gilles Deleuze he leído varios libros. Algo que no es en absoluto sinónimo de haberlos comprendido. Pero tampoco de haberme perdido completamente en ellos. Diría que sus textos son selvas, océanos, países extranjeros, desiertos, discos de rock progresivo, ritmos callejeros extraidos de una computadora en los que transito momentáneamente buscando una experiencia, una imagen o una sensación más que una solución a un problema o una explicación.

Cuando leo a Deleuze lo que busco es intensidad. Que mi mente y pensamientos se expandan y circulen en libertad buscando nuevas conexiones. Nuevos sentidos y significados a los hechos y sucesos. Busco, sí, convertir mi yo en una multitud. Un libro en múltiples libros. Un hecho en una sucesión de momentos. Y una mirada en una infinidad de deseos moviéndose sin cesar y hacia todas las direcciones.

A Deleuze lo leo como quien se enfrenta a una sugestiva composición musical. Un disco de música instrumental. Por eso no busco lecturas correctas ni al pie de las letra cuando lo hago. Estoy más atento a las imágenes que me despierta que al exacto significado de las palabras que me encuentro. Un método libre que dice mucho del filósofo al que me refiero. Alguien que abordaba los temas que estudiaba con garra e intuición. No comentaba lo que leía, no parafraseaba a los filósofos que le fascinaban, sino que se convertía en ellos. Se transformaba en los personaje de los que hablaba. Deleuze escuchaba su corazón. Entendía los motivos por los que escribían o actuaban. Aunque, en el fondo, le daba igual lo que decían o hacían porque lo que le interesaba es lo que deseaban decir o hacer. Así que se movía perfectamente entre contradicciones.

Era un filósofo moderno nostálgico de los tiempos presocráticos. Estudiaba la Enciclopedia como quien abre un texto sagrado de una cultura arcaica. Y, al contrario, era sumamente preciso y lógico con lo desconocido o extraño. Era capaz de encontrar fluidez en ámbitos ságrados o rígidos. Y también era muy veloz. Su pensamiento se desplazaba rápidamente. Era sumamente ágil. No era un martillo como el de Nietzsche sino unos rayos X que traspasaban todo aquello que veía. A veces de hecho parecía un ingeniero. Más que nada porque vislumbraba el inconsciente, la naturaleza, cualquier sistema como una máquina. Deleuze siempre advertía, detectaba un mundo interior lleno de movimiento en cualquier artefacto. Y eso hacía que cualquiera de sus análisis fuera profundamente vital.

Deleuze era nitzscheano. Sabía que había verdades pero le interesaban más las interpretaciones. En cierto sentido también era un hijo de Rimbaud y Baudelaire. Creía en la teoría de las correspondencias entre distintos ámbitos y eso le permitía relacionar con asombrosa lucidez fenómenos pertenecientes a diferentes esferas y épocas. Hilar grabados filosóficos parecidos a espejismos en los que se atisbaban relaciones entre la tecnología actual y la antropología; entre un rito primitivo, un nómada, el flujo de dinero capitalista y los sacerdotes. Todos parte al fin y al cabo de distintos conjuntos sociales y tiempos que Deleuze no concebía como muertos sino vivos, en constante movimiento y destinados por tanto a chocar y conciliarse en algún momento determinado. Estableciendo estimulantes relaciones que él incitaba a estudiar para atisbar los flujos y reflujos del conocimiento.

No recomiendo leer un libro de Deleuze del principio al final sino es alternándolo con otros. Creo que a Deleuze se le saca más partido si se lo lee de capítulo en capítulo. De tema en tema sin aguardar continuidad. Muchos de sus libros están hechos para abrirlos al azar y dejar que nuestro ritmo lector se acomode a lo que leemos.

A Deleuze lo que le interesa es el mundo. Así que siempre encontraremos un tema de interés en cualquiera de sus textos. Al fin y al cabo, era un heterodoxo. Alguien que creía en los hechos pero no le bastaban tampoco para explicar la realidad. Su ateísmo, por ejemplo, tenía poco de malditismo o blasfemo y mucho de curioso y risueño. Respondía más a un impulso vital, la necesidad de aprehender el mundo en su totalidad que a un afán de transgresión o de negación. Y su  marxismo tampoco era en absoluto ortodoxo.

Los análisis económicos del marxismo le servían para analizar con mayor claridad muchos de los procesos vividos cotidianamente en el sistema capitalista. Las enfermedades (la psicosis o la esquizofrenia por ejemplo), las relaciones sociales y los símbolos huidizos y movedizos. Y no tanto para hacer proselitismo de los problemas del proletariado. Deleuze más bien estaba atento a las progresivas metamorfosis del dinero y del capital. A las explosiones económicas y su influencia en las vidas y pensamientos humanos. A Marx lo leía como un filósofo cuyas teorías se encontraban diariamente en contante transformación. No como un icono inamovible sino como un ente vivo puesto a prueba diariamente por los sucesos cotidianos.

Deleuze por cierto era un maravilloso exégeta de textos literarios. Su análisis de La venus de las pieles es realmente espectacular y certero. Así como el de Moby Dick, En busca del tiempo perdido y otras novelas que el filósofo francés desbrozaba magistralmente. Oteando el mundo simbólico al que se referían y la intención última de sus autores. El contenido de su deseo que no cesaba de extenderse en el tiempo provocando nuevas aproximaciones e interpretaciones que Deleuze animaba a realizar para transformar el arte y la cultura en ámbitos plurales. Múltiples. Infinitos.

Algo que, desde la llegada de Internet, realizamos habitualmente. Constatando por tanto que lo sepamos o no, hace mucho que Occidente se ha convertido en un mundo deleuziano. Del que internet es su máxima referencia. Aunque desgraciadamente entiendo que la mayoría ni pensamos ni nos comportamos (al menos dentro de Internet) como él nos animó y sugirió que debíamos hacerlo para conquistar espacios de libertad: dejando que fluya el deseo por todos los lugares y tiempos sin estar esclavizados a él. Con el desapego de Sócrates y la firme curiosidad de Spinoza. Shalam

يمكن القول أن الأغلبية لا أحد

Se puede decir que la mayoría no es nadie

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Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

2 comentarios

  1. andresrosiquemoreno on

    1ºimagen…..observando esta imagen presto atencion a la revolucion francesa y a robespierre y a la pelicula «danton»-1983-a.wajda……el cuello de la chaqueta es de los llamados franceses (napoleonicos)……
    2ºimagen…..gran claridad para los interlocutores……….
    3ºimagen……la vejez me ha sorprendido………….
    4ºimagen………..con el pelo rubio tengo la cabeza de klaus kinski…(en medio de una tormenta)…….jajajj
    5ºimagen……pausa…..
    PD….https://www.youtube.com/watch?v=Eiec2HKY564—-chuck berry-you never can tell(c´est la vie)….1964…(a la francesa)………..

    • Alejandro Hermosilla on

      1) Así es.. todo muy wadja–revolución-napoleón. Deleuze tenía cara de escritor. No lo puede ocultar. 2) Aqui tiene cara de profesor. Soy vuestro profesor y soy bueno. Confiad en mí, sí, pero sobre todo, en el conocimiento. 3) Lo imagino aquí hablando sobre el Moby Dick de Melville. «El problema de la novela es cómo combatir al Gran Padre». Eso es lo que dice. 4) Filósofo griego en el Partenón. Soy un clásico. 5) Descanso dominical. La playa como máquina oceánica. La arena como máquina de sosiego. PD: Maravilloso montaje. ¡Genial El uso correcto de Internet.

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