Caos

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¿Qué es lo que hacía Matthew Mcconaughey en la célebre primera temporada de True detective? ¿Actuaba, levitaba, disertaba? No sabría decirlo. Pero lo que sí puedo afirmar es que es una de las más feroces actuaciones que he contemplado jamás. Un mordisco al pie de los dioses. Un navajazo a la oscuridad. Al vientre de la negra madre del mal. Al corazón de la señora que dio a luz al primer asesino y hará lo mismo con el último.

Bastaba una mirada del policía que Mcconaughey encarnaba, Rustin “Rust” Cohle, para comprender, sin necesidad de una sola palabra, lo que es el caos.  Por qué no hay ni habrá filósofos optimistas. Su interpretación de hecho era un aforismo de Cioran en carne y hueso. Una reflexión de Schopenhauer. Una cerilla haciendo arder un ensayo de Nietzsche. Mezclaba dureza y sensibilidad de forma tan extrema y era tan verdadera y anómala que conseguía eclipsar los homicidios que investigaba. Siendo capaz de provocar más pavor que los monstruos a los que se enfrentaba e incluso que esa espeluznante Carcosa cuyos malignos pigmentos corroían el alma al completo de Lousiana.

En gran medida, True detective era un relato de terror de Edgar Allan Poe disfrazado de drama policial. Rustin “Rust” Cohle no era tan distinto de C. Auguste Dupin. Era, sí, un Dupin oscuro. Casi esquizoide. Alguien tan parecido a un príncipe de novela de cabellería como al psicótico protagonista de American psycho. Un Scherlock Holmes depresivo, devorado por la droga y sus fantasmas, que no resolvía los casos para hacer reinar el bien o la justicia sino para sobrevivir. Como un morboso obsesivo se acercaría a una cita sexual. Con la dignidad de quien teniéndolo todo para pegarse un tiro, decide continuar caminando aunque sea por no engordar más aún el buche del príncipe del mal.

Por otro lado, hay que reconocer que su compañero, Woody Harrelson, estaba excelente. Todos mis respetos hacia Woody. Nadie pega puñetazos como él. Nadie ha imitado tan bien al clásico policía sureño blanco y machista. Su papel se encontraba lleno de tópicos pero él lograba trascenderlos. Woody estaba brillante. Estaba creíble. Me lo creía cuando follaba, comía carne y cuando bebía una cerveza. Es un grande. Estaba genial. Yo no quisiera que fuera él precisamente quien viniera a arrestarme en caso de haber cometido un delito. Desde luego, no tocaría a ninguna de sus hijas sin haberle presentado antes mis respetos. Y no le invitaría a cenar sin haber impreso antes las tarjetas con la fecha de boda. Pero Mcconaughey se encontraba en otra dimensión. El era el rey amarillo. El era el personaje lovecraftiano. Parecía a punto de transformarse en cualquier momento. El era la serie. El era True detective hasta el punto que no me he atrevido a contemplar todavía las otras dos temporadas hasta ahora rodadas porque entiendo que sin él la genial creación de Nic Pizzolatto carece de sentido. Y casi que también, (como dejaba claro ese rotundo y avasallador final durante el que sus lágrimas caían por su rostro como llamaradas bíblicas o si estuvieran sido arrancadas de su alma por un ángel), la vida.

A fecha del estreno de True detective, Seven y Zodiac formaban parte desde hace tiempo del acervo colectivo cinematográfico y poca gente en España había olvidado el lamentable espectáculo organizado a partir de los crímenes de Alcasser. Por lo que no era en absoluto una sorpresa que la serie no terminara desvelando (tan sólo sugiriendo) la identidad de los verdaderos culpables del horror en mayúsculas. Que los peces gordos salieran indemnes. Y que existiera un enorme vacío a su alrededor. Un eclipse cubierto por montañas de dolares e influencias. En este sentido, su gran éxito radicaba en que no versaba exactamente sobre homicidios sino más bien sobre los límites del bien y el mal. Cuánto dolor es capaz de soportar un hombre justo y duro. Un policía de métodos heterodoxos incapaz de rehacer su vida sentimental tras la muerte de su hijo y condenado a la soledad y el extravío trágico.

Con sus altibajos y pequeñas irregularidades, los ocho capítulos de la creación de Pizzolatto eran demenciales. Brillantes. E iban más allá de la obra de H.P Lovecraft y Robert Chambers. Abrían nuevas concavidades dentro del relato de terror. True detective de hecho era casi una parábola bíblica. Era un violento poema gnóstico. Un clásico telefilme policial conducido a los abismos que ante todo exploraba retruécanos y agujeros psíquicos y retrataba el malestar existencial y las calles de una región del sur de EUA como si estuviéramos dentro de un poema de Baudelaire. Con cierto tono decadentista que no obstante no tardaba en estallar debido a las malolientes excrecencias del paisaje mental y físico. Shalam

        اضطررت للذهاب إلى السجن لأصبح مجرمًا

Tuve que entrar en prisión para convertirme en criminal

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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