Carnivale: el páramo onírico

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Recuerdo las dos temporadas de Carnivale entre sombras. Porque la serie era un conjuro mágico. Se conectaba con ella desde la bilis, los riñones y algún lugar secreto y escondido de la mente o directamente, dejaba indiferente y se hacía incomprensible. Al rememorarla, apenas vislumbro ciertas imágenes y escenas. Lo que no es en sí mismo negativo sino que entiendo que resulta bastante cabal con aquello que proponía. Un descenso al inconsciente profundo y las telarañas de una época sombría por excelencia: la Norteamérica del crack del 29. Me acuerdo de la música de Jeff Beal puesto que, sin necesidad de introducirse en recovecos profundos o llevar al límite su expresividad, era capaz de provocar inquietud. Crear un ambiente tenso ideal para acompañar un sinfín de oníricas escenas y a unos seres en su mayoría, fuera de sí y trasnochados, destinados a formar parte de una terrible confrontación gnóstica entre el bien y el mal. Y también me acuerdo de unas tiradas de tarot que lograban que cada uno de los extraños personajes que formaban parte de la alucinada caravana circense en que se centraba la serie, tuvieran una dimensión alquímica. Gozaran de un marcado simbolismo astral.

Me acuerdo asimismo de un cura que perdía el control habitualmente. Era la reencarnación del demonio y manejaba con mano dura una parroquia. De números de cabaret retorcidos y trasnochados, mujeres barbudas y obesas que atraían las miradas masculinas, ciegos con una inusitada capacidad de distinguir lo que sucedía alrededor, muchachas de aparente fragilidad que poseían enormes poderes y resistencia al dolor, enanos de mirada distinguida que sabían mucho más que aquello que sus palabras indicaban y muchachos perdidos y desorientados con extraordinarias cualidades que desconocían cómo emplear. Y también por supuesto que me acuerdo de esos sueños plagados de simbolismos que reflejaban el inconsciente de unos seres desarraigados e inadaptados que vivían en su propio tiempo. Fluctuaban en una especie de delirio alucinado que, por alguna inexplicable razón, conectaba íntimamente con los sucesos centrales de su época. Los determinaban y casi que los resumían. Convirtiéndose cada uno de ellos por tanto, en un deformante reflejo a través del que atisbar ciertas rasgos del rostro de la eternidad.

Carnivale, sí, era el retrato fugaz de una lucha eterna. Una creación absorbente. Un pájaro raro desplazándose por un cielo nublado. Un tapiz repleto de significados que se plegaban y replegaban una y otra vez, al que había que estar atento, muy atento para no perder sus últimas e íntimas significaciones. Una baraja de cartas gitana con cartas del derecho y del revés y algunas de ellas desaparecidas. Una creación construida a través de la intuición y sometida a todo tipo de procesos oníricos, que impedían racionalizarla. En definitiva, era una indagación sobrenatural que terminaba convertida en un diabólico exorcismo visual y espiritual cuyo alcance -por mor de su prematura cancelación- apenas pudimos entrever pero se presuponía mayor. Enorme como el país al que retrataba y el reto que se había planteado: atrapar el alma y los sueños del demonio hasta dibujar laboriosamente, sin pausa, el rostro de la humanidad. Shalam

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El amor tiene fácil la entrada y difícil la salida

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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