El barón Ashler

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El barón Ashler siempre me pareció una de las imágenes más logradas del mal. Creo que porque este ser mitad hombre y mitad mujer se encontraba totalmente solo. Uno podía imaginar al Doctor Infierno gozando de varias esclavas en su habitación o bebiendo vino con algún cómplice. Podía imaginarlo adiestrando a un subalterno y ofreciendo onerosos consejos a sus soldados más perversos. Pero no ocurría lo mismo con Ashler. Alguien al que era mucho más factible vislumbrar durmiendo o paseando por inmensas praderas en soledad que acompañado. Y no importaba además que se encontrara rodeado de aliados porque se intuía que se moriría sin confesar ni sus secretos ni sus pasiones y que nadie jamás podría abrir la compuerta de su corazón.

El Doctor Infierno poseía una inmensa cabellera y barba que eran reflejo de sus pasiones y su temperamento furioso. Era un padre malo. Un dios constantemente enojado que no podía negar su humanidad ni ocultar su corazón de fuego. Era un retrato actualizado de Saturno. Un dragón que mostraba con absoluta claridad todo lo que le irritaba. Sus enfados y gritos, desde luego, formaban parte indisociable de la serie al igual que su efigie airada que tanto recordaba a las ilustraciones de Zeus furioso.

No obstante, el que nos daba realmente miedo a los niños era el barón Ashler. Un áspid mucho más tímido y silencioso. Características que lo hacían más temible y perverso. Un ser cuya servidumbre tan sólo era comprensible por su fragilidad y dudas internas que contrastaban con el salvajismo dionisíaco de su jefe.

El corazón del doctor Infierno era transparente. Dejaba claro que era un hombre orgulloso y ambicioso que ansiaba dominar el mundo. Punto. Pero las motivaciones internas, las verdaderas ambiciones de Ashler nunca estuvieron claras. Lo que le confería un aura de nocturnidad irresistible. De hecho, lo que todos pensamos en algún momento es que se rebelaría astutamente contra su lugarteniente y tomaría el mando. Además, Ashler era bello (o bella). Poseía una ambigüedad siniestra digna de motivar un ensayo de Freud o una reflexión de Zizek. Pues nadie sabía qué podía encontrarse en su entrepierna o si era un hombre castrado o una mujer mutilada y, por tanto, una metáfora sibilina sobre la muerte de dios y el destino aterrador del mundo.

El barón Ashler era, realmente, el personaje principal de Mazinger Z. Cada una de sus apariciones era un abismo cinematográfico. Una oscura sinalefa. Poseía, sin dudas, el carácter más complejo. Hablaba, por ejemplo, con dos voces distintas que se correspondían con sus diferentes personalidades. “Daimones” que contribuían a convertirlo en un símbolo prematuro de la esquizofrenia contemporánea. De ese mundo capitalista lleno de voces que lo atacan y defienden por igual contribuyendo a fortalecerlo y hacerlo aún más inentiligible, misterioso y sagrado.

De hecho, en realidad, parecía un sacerdote. Uno de esos sepulcrales seres que guardan arcanos secretos que aparecen en las historias de espada y brujería. Había, sí, algo casi cabalístico y alquímico en él pero también algo intensamente moderno. Pues, en cierto modo, anunciaba todo este mundo dominado por la política de género donde las identidades sexuales fluctúan y los seres humanos deben, en cierto modo, convertirse en invertidos o renegar de su naturaleza para ser aceptados por el Estado.

En suma, sí, el barón Asher era un vivo testimonio de que el ejercicio supremo del mal es refinado, complejo y sutil. Era un clon de Satan cuyo veneno embrujaba y subyugaba a los niños porque les mostraba el rostro de sus futuros dominadores. O aún mejor, el aspecto ideal al que tendrían que aspirar para integrarse completamente en la sociedad durante su vida adulta. Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

La belleza, como el dolor, hace sufrir

 

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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