El televisor

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El televisor es una obra maestra y visionaria. En el año 1974, Narciso Ibáñez Serrador parecía estar exagerando cuando se sacó de la manga este delicioso episodio de sus Historias para no dormir que, sin embargo, a día de hoy, se revela como absolutamente letal y certero.

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Más de 40 años después, comprendemos perfectamente lo que Narciso Ibáñez quiso decirnos y adonde deseaba llegar porque podría afirmarse que tenemos una membrana conectada a nuestros móviles y, en cierto modo, nos hemos convertido en Enrique. Ese gris asalariado primo hermano de tantos personajes sin lustre del cine español de la postguerra que, tras comprar una televisión, vivía únicamente pendiente de la pantalla. Al fin y al cabo, hay quien contesta mensajes de WhatsApp mientras se encuentra en el baño, quien lo primero que hace al despertar es echarle un vistazo a las notificaciones, quien mientras toma café con un compañero de trabajo se echa una partida sin tan siquiera mirarle y quien ha decidido dejar de viajar pues piensa que ya lo tiene todo en internet: todas las series de todos los tiempos, todos los periódicos de todos los tiempos, todos los libros de todos los tiempos, todos los acontecimientos deportivos de todos los tiempos, todos los anuncios publicitarios de todos los tiempos. En suma, todo, absolutamente todo, menos probablemente la vida.

Este confinamiento nos ha vuelto más adictos a la tecnología de lo que ya éramos y ha transformado el filme de Ibáñez (enclavado hasta ahora entre la fantasía y el terror) en una fotografía hiperrealista de nuestra existencia. Una jocosa disertación sobre nuestra día a día tan lúcida y visionaria como la realizada por David Cronenberg en otras dos obras maestras cuyos alcances no fueron bien entendidos en la fecha de su estreno y que la pandemia ha revalorizado: Videodrome y Existen Z.

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Recuerdo que hace diez años El televisor me pareció un trabajo excelente aunque no me terminó de cerrar su apocalíptico final que ahora encuentro absolutamente certero y entiendo claramente como una metáfora que refleja otro de esos tristes procesos sociales que vivimos actualmente: la extinción de la familia. La destrucción que la tecnología (y su ideología fantasma) ha provocado de la tradición. De esos valores forjados en el núcleo familiar que si, en algún caso, podían estar un tanto obsoletos, en su mayoría eran absolutamente esenciales para el desarrollo sano e integral de las personas. Y todavía hoy conforman el último reducto de autenticidad en medio de un mundo en el que la frivolidad se ha convertido en un requisito imprescindible para la supervivencia y los teléfonos móviles en una extensión de nuestro cuerpo y cerebro que, de seguir por este camino, auguro traerán en el futuro modificaciones de varios de nuestros huesos y músculos. Shalam

عندما يتهم صوت العدو ، يدين صمت الصديق

Cuando la voz de un enemigo acusa, el silencio de un amigo condena

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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