Futurama

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Si Futurama no fuera una creación de Matt Groening (y, por tanto, encontrarse bajo la sombra de Los Simpson) sería un referente incontestable desde hace ya mucho tiempo. Básicamente, porque es un gamberro cocktail futurista absolutamente genial que, tras ciertos titubeos al comienzo, alcanzó tan gran solidez que, durante años, ansié que llegara el verano para tener la oportunidad de dedicar uno o dos días al completo al visionado de cada capítulo. Actividad que siempre realicé con una sonrisa en la boca y cierto asombro y expectación, como cuando era niño, comenzaba a sonar la sintonía de Ulises 31 y durante 30 minutos no existía más que el espacio. La solitaria galaxia por la que vagaba el elegante y misterioso héroe griego.

Lo cierto es que Groening creó un auténtico viaje animado hacia el futuro. Una serie de personajes entrañables, extraídos de las catacumbas del inconsciente norteamericano, con los que no sólo realizó una corrosiva crítica de nuestro presente sino de nuestra idea de futuro. De hecho, rompió límites televisivos y temporales inspirándose en una fuente inagotable de novedosas ideas y clásicas historias de ciencia ficción, logrando urdir un remolino gigante con todas ellas que embriagaba y aturdía. Una espectacular serie animada que lo mismo podía agradar a los fans de Bukowski -ahí está Bender para eso- como a freakies, nerds, hipsters, adolescentes o ancianos.

Futurama era un chiste ácido que no sólo le daba unas cuantas vueltas de tuerca más al capitalismo o al consumismo sino también a la ciencia y a la imaginación. Era una serie a medio camino del pop y la atrofia posmoderna. Una entrañable e intensa parodia de todo, absolutamente todo lo habido y por haber, realizada a un ritmo tan vertiginoso que no daba prácticamente tiempo a respirar en el interludio entre un gag increíble y el siguiente.

La intensidad de Futurama tenía mucho que ver con la manera en la que combinaba y jugaba con los clichés y tópicos de las comedias norteamericanas. La forma en la que satirizaba y homenajeaba a las más clásicas y románticas hasta las más descerebradas y modernas y desenfadadamente, reconstruía y reelaboraba la historia de la ciencia ficción.

Mujeres sin cabeza, gusanos gigantescos, bebés envejecidos, cámaras de suicidio, robots melancólicos, aliens románticos. Todo lo imaginable aparecía en una serie cuyo auténtico valor supongo que se tendrá claro con los años. Cuando algunos de los creadores de futuro la citen como una influencia ineludible. Más que nada, porque nadie ha realizado una deconstrucción tan inteligente y feroz de la ciencia ficción como esta serie. Nadie ha conjugado con tanto talento antiguos referentes y abierto nuevos caminos a partir de  tramas argumentales inspiradas en tradiciones narrativas y relatos archiconocidos de la cultura pop a los que, tras haberles extraído todo el jugo posible, Matt Groening arrojaba por la escotilla en dirección al espacio.

Futurama era una galaxia festiva donde la  mayoría de la cultura contemporánea se emborrachaba. Bailaba en torno a una hoguera donde lo mismo aparecía el rostro de Philip. K. Dick mordiendo el cuello a Alfred Bester y a Isaac Asimov que el del capitán Spock contemplando complacido Alien el octavo pasajero. Lo mismo se rejuvenecían las antiguas fantasías de Julio Verne combinándolas con unas gotas de Ray Bradbury y Arthur C. Clarke, que se rememoraban las historias de H.G.Wells entre las callejuelas de una megalópolis inspirada en Blade Runner o El quinto elemento. En definitiva, Futurama era un mordaz batiburrillo de citas e influencias que transformaba tramas y argumentos reconocibles en sombras alucinógenas. Era un alucinante conglomerado de odas yonkies sobre la cultura popular, histriónicas bolsas de ácido televisivo y píldoras diabólicas donde se mezclaban sin sonrojo alguno, explicaciones míticas, pseudocientíficas, físicas, religiosas y “animistas” sobre nuestro mundo y los “otros” existentes o no existentes.

Futurama ha abierto y dejado sin concluir tantas rutas que pienso que dentro de varias décadas se hablará de ella con la misma reverencia con que lo hacemos ahora de La dimensión desconocida. Con el mismo amor con el que pronunciamos el nombre de Julio Verne. Pues quebró y fracturó y llevó un poco más allá, hierros y fronteras que parecía imposible doblar aún más. Demostrando que los dibujos animados, al igual que los videojuegos, nacieron para romper limitaciones y llegar donde no lo hacía la imagen real: conseguir que el Correcaminos hiciera 100 metros en menos de un segundo, la pantera rosa se despeñase desde una colina sin matarse y unos cuantos personajes entrañables -Fry, Leela, Bender, Profesor Hubert, Hermes, Amy, etc..- hicieran lo que les diera la gana con nuestras concepciones del tiempo y la física, y de paso, con la ciencia ficción y la narrativa cinematográfica. Mostrándonos de paso algunas rodajas de lo que tal vez sea el mundo en el siglo XXXI o XXXIX. Shalam

 إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

 Las personas se miden por dos pequeñas partes de su cuerpo: la lengua y el corazón

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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