Generation Kill

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Generation Kill era un trip. Puro delirio humorístico. La segunda parte que nunca fue de La chaqueta metálica. Una Mad Max con mayor sentido épico y filosófico desarrollada no en un futuro distópico sino en nuestro mundo. Una puesta en imágenes de una canción compuesta por Hüsker Dü, Clash y Slint. Una enorme salvajada rodada a velocidad de vértigo. Un riff de guitarra speedico. Acelerado. La prueba evidente de que para muchos norteamericanos, la guerra es un videojuego. Pero un videojuego en el que no está claro contra qué se pelea ni por qué. Se sabe que hay que poner una bandera norteamericana en Bagdad, matar a unos cuantos árabes con rifles o cortar la cabeza de Sadam Husein. Y poco más. Muy poco más.

De hecho, las preguntas que sobrevuelan la intensa creación de David Simon son: ¿Contra quién y qué pelean los marines norteamericanos que la protagonizan? ¿Qué es Irak y esa guerra y el país que recorren y qué es lo que en el fondo son ellos? Cuestiones que lógicamente quedan sin resolver pues la acción se impone a la reflexión y a la locura, a cualquier atisbo de cordura, dentro de una carrera sin fondo para alcanzar el objetivo: alzar una bandera en torno a un paisaje zombie que bien podría aparecer en una película de George A. Romero, como fondo de una secuela de Rambo rodada por la Canon, un estúpido y descerebrado telediario o ser la carátula de un juego fabricado por Devolver Digital.

David Simon fue lo suficientemente inteligente para no realizar críticas demasiado explícitas contra un ejército demasiado demonizado. Puesto en la mira de la opinión pública debido a las tiránicas, caprichosas decisiones de George W. Bush. Y para, a pesar de la velocidad con la que se rodaban las escenas y se desarrollaban determinadas situaciones que era difícil que los espectadores captaran a primera vista, entender la importancia de focalizar la atención en los detalles y los gestos sutiles. Por ejemplo, grabando extremas y absurdas conversaciones en medio de un ambiente de guerra paranoico, casi surreal, precisamente por su extrema hiperrrealidad.

Ciertamente, tanto el abuso de tomas videográficas como la despiadada rapidez de las escenas rodadas contribuían a la idea de Simon: filmar una guerra que podía no haber ocurrido (pero tal vez también podía haber sucedido). Ofrecer una visión sumamente irónica y despiadada de la guerra de Irak a la que se le daba el tratamiento de “evento” o “acontecimiento” posmoderno. Casi como si su destino fuera aparecer en un vídeo de la MTV  ideal para ser contemplado escuchando “War song” de Culture club o cualquiera de las canciones de FM entonadas por soldados imposibles de juzgar o calificar con un adjetivo debido a la inconsciencia con la que atravesaban y destruían las vías y caminos de lo que fue la primera civilización conocida. Legendarias tierras donde se levantaron ciudades como Ur, se alumbraron los jardines colgantes del Edén, se inscribió en tabillas de barro el Código Hammurabi y el rey Sargón de Akkad erigió uno de los primeros Imperios históricos: el acadio.

La genialidad de Generation Kill radicaba en su manera de unir el reportaje periodístico, casi el documental, con la virtualidad. De aunar The Wire con Baudrillard y La chaqueta metálica. Una ensalada que intentaba traducir el flujo de ideas inconexas, visiones atípicas e irreales de la guerra, postales culturales de Oriente y el mundo, que surcaban la cabeza de jóvenes para los que el general Patton, Avril Lavigne, Michael Jackson, una Penthouse con restos de semen seco y algún cómic sobre la Guerra del Pacífico con sus páginas medio rotas, se confundían en el mismo lienzo ideológico.

De hecho, los soldados de Simon, la generación asesina, hacen lo que tienen que hacer soldados. Se comportan, actúan y representan su papel a la perfección: leen cartas de sus esposas y novias, discuten, gritan, se hacen fotos, deliran y estallan en cólera. Y, sin embargo, no parecen soldados. Y tampoco exactamente dibujos animados. Cartoon virtuales. Con lo que Simon consigue acaso transmitirnos la idea que tenía cuando empezó a rodar la serie: que la guerra de Irak fue un producto tan manipulado que sólo puede ser retransmitido en playback. Como si fuera un reality show o un vídeo grabado en un iPhone cuyas imágenes no sabemos si responden a la realidad o pertenecen a una película. Puesto que, en definitiva, de tan programada que estuvo, fue una guerra que no sabemos si tuvo lugar o no, y mucho menos lo saben, quienes participaron en ella. Una experiencia afín a la de cientos de miles de fans de la serie probablemente incapaces, al igual que los soldados que protagonizan el frenético delirio de Simon, de ubicar a Irak en un mapa. Shalam

لِكُلّ شمْس مغْرِب

Dios da las nueces, pero no las parte

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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