Homer

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Homer Simpson es tan ubicuo que no sé si existe o no. Si es un personaje de dibujos animados o es real. Porque desde hace tiempo, Homer somos yo, tú y él. Homer es todos nosotros y también vosotros y ellos. Básicamente, porque comenzó siendo una parodia del americano medio y al final se ha convertido en una parodia de la humanidad. De hecho, la universalidad del personaje radica en que no existe absolutamente nadie que no haya actuado de manera tan brusca y estúpida como él en algún momento de su vida. Sus comportamientos y gestos no son demasiado distintos de los nuestros sino sospechosamente parecidos.

Homer es el tonto de la clase y el trabajo diariamente pero cualquiera podemos ser ese tonto algún día al año. Y cualquiera podermos ser Homer en algún momento de la vida porque, a diferencia de los bufones de las comedias barrocas y renacentistas, su estupidez no es extraordinaria sino que es absolutamente común y además no posee la singularidad de la del “tonto del pueblo”. El “tonto del pueblo” tiene una nariz, una boina y unos pantalones propios, que le pertenecen sólo a él, pero la forma de vestir y la barriga de Homer son la forma de vestir y la barriga de cualquiera. Cada pueblo tiene su “tonto” pero Homer es el tonto que hay en todas las ciudades y en todos los estadios de béisbol y fútbol americano. Y también en los de baloncesto y en las salas de cine comercial. Porque el personaje de Homer es tan amplio que contiene a su familia, vecinos y compañeros de trabajo. En esencia, sí, nos contiene -repito- a todos con tanta contundencia como el gesto arisco de horror del coronel Kurtz.

La bobaliconería de Homer no tiene nada que decirnos y por eso transmite tanto, tal y como lo hacen esos enormes centros comerciales que pueblan los extrarradios de las ciudades modernas. Un paseo por ellos no nos sugiere ni aporta nada. Es meramemente utilitario. Pero sin embargo, nos dice más de nuestro mundo contemporáneo que el más reputado ensayo, como un solo vistazo al comportamiento de Homer basta para explicarnos más sobre nuestra sociedad que cualquier tesis o artículo. En realidad, Homer nos vuelve vagos porque hay algo en su filosofía vital que lo explica todo, absolutamente Todo. Incluso la compasión que siente dios por algunas de sus criaturas y su paciencia eterna. Aunque, por supuesto, como todo símbolo hay ciertos aspectos de la vida que aclara con mayor énfasis, como es el caso del funcionamiento de la sociedad del espectáculo y la naturaleza de los golosos cánceres que se alimentan tanto de la comodidad como del utilitarismo que prevalecen en la sociedad del bienestar.

Homer -claro está- es un virus. Un donuts. Un atracón de gimnasio, de trabajo o de sueño. Un café cargado de cafeína y azúcar. Una hamburguesa de queso con doble ración de ketchup y mostaza. Varias latas de cerveza tomadas de un trago mientras se contempla una serie de sobremesa. Un personaje cuyos comportamientos excesivos resultan normales porque el capitalismo ha convertido el extremismo en pauta de conducta. Modo de vida y comportamiento. Por lo que, aun siendo una caricatura feroz y risible, es el personaje moderno que con mayor claridad explica lo que la televisión ha hecho en el ciudadano medio. La visceralidad con la que ha convertido su cerebro en un encefalograma plano. Y el modo en que la publicidad ha transformado la vida diaria en una fiesta de adolescentes a cambio de robarnos la salud. Aunque Homer es eso y mucho más porque, en esencia, -vuelvo a insistir- es un retrato robot de las debilidades y bajezas que tendemos a esconder ante los demás. Es tan parecido a nosotros -mal que nos pese- que no sería de extrañar que una mañana al despertarnos todos nuestros vecinos y compañeros tuvieran su nombre y nosotros el de él. Algo que probablemente ya haya sucedido pues Homer dejó hace muchísimo tiempo de ser un dibujo para ser una fotocopia del mundo cotidiano. Un reality de nuestra vida. Una cámara oculta en nuestro cerebro.

Homer además es la prueba de que el capitalismo -pese a lo que pudiera parecer- no es un sistema que se divide en triunfadores y perdedores sino en el que prima ante todo el centro (los multiusos, corporaciones y megasupermercados modernos, por ejemplo, se expanden, crecen y se desarrollan en una periferia que con las décadas tal vez forme parte del centro de la ciudad o al menos se incorpore a él). Esa clase media que sostiene con su esfuerzo diario el sistema y -por más exabruptos que pegue en facebook o en manifestaciones- tiende a conformarse con lo que tiene porque tanto subir como bajar en el escalafón social, no le permitiría disponer de un ocio que -como muestra con clarividencia el caso de Homer- gasta en su mayor parte en tonterías. Estupideces de las que, por otra parte, acaso no tuviéramos ni debiéramos de avergonzarnos porque probablemente sean la sal de la vida. El alimento que nos permite mantenernos cuerdos y al mismo tiempo, hace girar al sistema. Una chaladura “esquizo” total ante la que únicamente podemos reírnos. Bailar como Homer en todas las plazas. Shalam

الجُوعُ لِلْحِمْيَةِ أَشَدُّ مِنَ الحِمْيَةِ

Lo peor de hacer dieta es pasar hambre

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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