La soledad

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Mad men es una epopeya televisiva sobre la soledad que hubiera debido rodarse en un austero blanco y negro de no ser porque se desarrolla en la edulcorada época del color y el consumismo. Pocas veces se ha descrito la soledad como en la creación de Matthew Weiner. Un fresco con intensos momentos de feroz existencialismo que se encuentran camuflados tras lujosos anuncios, ofuscadas reuniones de negocios y ampulosas mansiones. He leído varios textos que sugieren que Mad men es una serie sobre el poder, la desorientación adulta o una crónica apagada de los años rosa del siglo XX. Pero yo no tengo dudas. El gran tema de Mad men es la soledad. Básicamente, porque todas las acciones que los personajes llevan a cabo tienen esa finalidad: olvidarse de sí mismos. Fuman para no sentirse solos, aman para no sentirse solos, trabajan para no sentirse solos y hasta eligen lo que visten y comen para no sentirse solos. De hecho, el gran tema de la serie es ese: cómo la publicidad consigue hacernos creer que no estamos solos y logra que no nos sintamos solos momentáneamente. Un encanto que, antes o después, termina desapareciendo tal y como deja claro una serie llena de momentos que parecen extraídos de un lienzo de Edward Hopper. Y que podría definirse como una sutil mezcla entre los cuadros del pintor antes citado, una novela de F. Scott Fitzgerald, el cine de Douglas Sirk y varios anuncios de colonia, trajes caros y automóviles.

Mad men es obviamente, por lo antes expuesto, una serie sobre el engaño. La serie es extremadamente detallista tanto en la reconstrucción de la época como en sus guiños cinéfilos. Pero sobre todo, en los engaños psicológicos de cada uno de los personajes. Porque en Mad men, los hombres de negocios no se dedican únicamente a engañar a sus compañeros y contrincantes, esposos y esposas, hijos e hijas sino, ante todo, a sí mismos. Lo que convierte la serie en un enorme fresco que describe con sutileza y clarividencia la huida hacia delante de toda la sociedad norteamericana en su conjunto, representada aquí por un grupo de publicistas y, sobre todo, un cínico y memorable triunfador. Un genio de la falsedad: Don Draper. El prototipo personificado del gran estafador. Una prueba de que el sueño americano se construye a base de mentiras. Puesto que es un señor que, como probablemente todo el país, ha basado toda su vida en la mentira, vive de vender mentiras, come mintiendo, sueña mintiendo y ama mintiendo. Convirtiéndose por derecho propio en el protagonista de este gran, enorme fresco sobre la hipocresía. Una mirada refinada, calculada, meditada y darwinista a la vida social y en concreto, al capitalismo donde además de sólo sobrevivir los más fuertes, triunfan los que más y mejor saben mentir. Los que son capaces de convivir con las medias mentiras y hacer del infierno un espacio habitable a través del artificio y el engaño.

No es fácil conectar con Mad men. A mí me llevó casi veinte horas. De hecho, sólo lo pude hacer cuando comprendí que Don Draper estaba solo, que cada mujer que besaba era un chapuzón más en la confusión y que, en realidad, se encontraba en lucha constante consigo mismo. Momento en el que empaticé totalmente con la elegancia de la obra, su lentitud y parsimonia comenzaron a resultarme atractivas, y visualicé cada plano, cada rostro, cada respiración como una metáfora de la desesperación. Una sutil manera de enmascarar dramas internos, vidas vacías y almas adictas al sexo y al trabajo que conforme avanza el tiempo, fracasan más y mejor. Y añoran el triunfo, como los náufragos en medio de los océanos anhelan contemplar un trozo de tierra. Mad men es un reflejo casi científico del capitalismo. Casi milimétrico. Pero su virtud radica en que, a pesar de mostrar el funcionamiento del sistema en primer plano, permite que las conclusiones las extraiga el espectador. Deja huellas invisibles, trazos mudos a través de los que se va reconstruyendo lo que realmente sucede. Ya que en Mad men no es lo mismo lo que se ve que lo que realmente ocurre. Un detalle que permite penetrar en las entrañas de una época y visualizar las consecuencias que provoca vivir en un mundo gobernado por el dinero, en el que el cinismo es uno de los valores capitales. Y donde, finalmente, casi todos los personajes terminan adaptándose, subyugados por el confort y el bienestar.

En Mad men, toda búsqueda y autocrítica personal termina en fracaso. Porque el capitalismo exige vencedores. No tolera durante demasiado tiempo las dudas. El magnífico final de la serie lo pone de manifiesto. El sueño hippie y el amor budista acaban transformados en un anuncio que convierte a un hombre desnortado, absolutamente roto, en un triunfador de nuevo. Obviamente, no sabemos cómo continúa Mad men tras su mágica, inesperada, maravillosa conclusión pero hemos de suponer que lo hace de la misma forma en que se ha desarrollado hasta ese momento. Que no debe haber demasiadas modificaciones en las vidas de los personajes que hemos conocido. Al fin y al cabo, la creación de Weiner nos habla de la centrifugadora económica que nos deja a todos insatisfechos y nos frustra pero en la que, sin embargo, no podemos evitar participar. Porque es inmensamente atractiva, es del color de los sueños y del tamaño de nuestros deseos. Siendo en última instancia, tanto la responsable de nuestra felicidad como de nuestra supervivencia. Un monstruo que convierte a sus seguidores en seres todopoderosos a cambio de su humanidad. Shalam

إِنَّمَا الْمَرْءُ بِأَصْغَرَيْهِ: قَلْبِهِ وَ لِسَانِه

Raras son las épocas felices en las que se puede decir lo que se piensa

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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