Verano azul

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Verano azul nunca fue una serie. Siempre fue una institución. Un reposado adiós al franquismo. Un resumen de gran parte de las esperanzas sobrevenidas con la transición española repartido en varias horas de televisión. Verano azul fue más pop que la mayoría de canciones pop de los 80. Un cruce entre un tema de Vainica Doble y otro de Iván. Entre una fotonovela, una novela costumbrista, un cómic de Ibáñez y una página del Superpop. Pero ante todo, fue y es una máquina de nostalgia. No hay producto cultural en la historia reciente de España más nostálgico que Verano Azul. En su exquisito Unas vacaciones en el corazón de la transición, Mercedes Cebrián desmenuza muy bien algunas de las razones del éxito de la serie. Cuáles fueron las teclas emocionales que tocó en innumerables españoles para convertirse en un fenómeno sociológico pocas veces repetido. Y creo que acierta. Pero tal vez hasta se quede corta. Porque Verano azul no sólo representa lo que todos los españoles -muchos de ellos aun traumatizados por los recuerdos de la Guerra Civil y castrados por el franquismo- hubieran querido que fuera siempre España. No sólo simbolizaba el retorno de la inocencia y el lento despertar de la libertad. Sino que creo que, en esencia, plasmó un anhelo que todos los seres humanos han tenido y sólo algunos han disfrutado: disfrutar de un verano feliz lleno de descubrimientos en medio de esa bucólica Arcadia que en este caso, fue la localidad malagueña de Nerja.

La serie tocó fibras universales porque no se dirigía únicamente a una porción del público. Javi, Pancho, Bea, Quique, Desi, Piraña y Tito eran personajes que hablaban tanto a sus iguales -el público infantil, adolescente y joven- como a los adultos. Básicamente porque eran una encarnación muy realista de los hijos que tenían muchos padres y siendo inocentes, poseían cierto descaro que les permitía conectar con amplias capas del público juvenil. Obvio que ninguno de ellos era uno de esos rebeldes que comenzaban a experimentar con drogas a principios de los 80 pero es que estos últimos eran una minoría en comparación con los tiernos mancebos que empezaban a otear lo que la vida era. Los personajes de Verano azul eran maravillosamente imperfectos. Maravillosamente humanos. Razón por la que era muy fácil identificarse con ellos. Pues no exigían respeto ni provocaban admiración sino empatía. Todo aquello que les ocurría podía sucederle a cualquiera y eso en vez de vulgarizarlos, los hacía más entrañables. Familiares. Los convertía en un trozo de la piel del espectador. Ellos eran nuestros vecinos, nuestros compañeros de la escuela, los niños con los que jugábamos en la calle. Eran, en definitiva, nosotros.

En su libro, Mercedes Cebrían analiza muy bien todo aquello que se encontraba sugerido en la serie y realiza una lectura entre líneas muy sabrosa de la relación entre Chanquete y Julia, los ecos hippies y ecologistas que podían vislumbrarse en ciertos episodios y la manera en que España concebía el turismo durante toda aquella época. Verano azul era algo parecido a nuestro helado favorito. Un jugoso paréntesis en medio de la cotidianeidad. De hecho, apenas había referencias a la guerra civil en la serie y desde luego, contemplando los capítulos no era ni tan siquiera imaginable concebir el que en aquellos momentos se estuviera llevando a cabo un golpe de estado como el protagonizado por Tejero. Verano azul ofrecía una imagen progresista de España muy contenida. Una España que no era exactamente un país subdesarrollado pero estaba muy lejos de ser un país moderno. De hecho, esta era una de sus grandes bazas. Que retrató un momento de España en que todo era posible y, muy conscientemente, hizo silencio sobre un pasado del que se quería huir como la peste hacia nuevos rumbos.

En Verano azul pareciera que el franquismo nunca hubiera existido. Que hubiera un lapsus de memoria en la psique colectiva sobre un pretérito tiempo que ni tan siquiera es un fantasma. Es más bien un tema que se encuentra fuera del foco de una sociedad entretenida explorando el presente y más preocupada por los enemigos de futuro -la vorágine inmobiliara- que por mirar atrás. Por comenzar a despertar que por pasar cuentas a su traumático ayer. Algo que también explica el éxito internacional de la obra pues probablemente en caso de que José Mercero hubiera abordado la peliaguda cuestión no sólo hubiera provocado un cortocircuito en la mente de cientos de miles de espectadores españoles que buscaban ensoñación, relajación y distracción al verla sino que, a su vez, hubiera provocado el distanciamiento de los seguidores rumanos, chilenos o argentinos que sin embargo, conectaban al instante con una conversación entre Tito y “Piraña” o una frase de Chanquete. Ese hombre que parecía haber surgido de un verso de Rafael Alberti, haber sido criado en una cuna de aceite de oliva y llevar escrito el lenguaje del mar en su frente cuya muerte en uno de los capítulos más vistos de la historia de la televisión aún hiela la sangre de miles de niños que perdieron para siempre la inocencia en el justo momento en que contemplaron a Pancho correr gritando la trágica noticia.

Verano azul posee como toda creación idealista y ensoñadora muy circunscrita a una época concreta, su envés muy marcado. Porque con el paso de los años, se ha convertido en un monstruo que provoca llantos y tristeza al recordar con quién estábamos y compararnos con quienes fuimos cuando la vimos por primera vez. Verano azul de hecho es tal vez a día de hoy más una fábrica de lágrimas que de felicidad. Más un foso de tristeza que una invitación a mirar de frente el futuro. Es más un pozo por donde se va perdiendo la memoria de nuestra juventud y los fantasmagóricos rostros de nuestros abuelos y padres que una promesa de regeneración. Se ha transformado en cierto modo, sí, más en una película de terror que en un pasatiempo juvenil. Y volverla a ver provoca más espasmos y llantos en el espectador que creció con ella que cualquier relato de Stephen king. Como en cierto modo, también lo hace la relectura de los tomos de Los Hollister y Los Cinco o cualquiera de las creaciones de Ibáñez. Clásicos del horror contemporáneos muy a su pesar (y el nuestro). Shalam

إِذَا أَرَادَ اللَّهُ هَلاَكَ النَّمْلَةِ أَنْبَتَ لَهَا جَنَاحَيْنِ

El mejor profeta del futuro es el pasado

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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