Aquelarre

0

No existe mayor mentira en el mundo del arte, que la que sugiere que Goya era un ilustrado. Goya nació durante la Ilustración pero era un romántico. Estaba absorbido por las tinieblas. La razón en Goya es una venda que él mismo decide colocarse voluntariamente en los ojos para, sintiéndose desvalido, no seguir los dictados de su corazón y saltar al abismo. Aunque considerar a Goya un romántico tampoco me parece correcto. En realidad, me agrada imaginarlo como un pintor medieval. Un artesano que se ha fugado del taller donde urdía elaborados vitrales, porque se encuentra fascinado por los poderes ocultos. Y abandonó anteriormente el monasterio debido a que estaba fatigado  de escuchar siempre los mismos sermones. El sempiterno miedo a lo desconocido disuelto en los discursos monocordes de los párrocos. Goya, sí, fue en algún momento, en otra vida y en ésta quizás también, un muchacho que necesitaba explorar en libertad, la rabia y el placer. La cólera y el juego. Los bailes de máscaras que se desarrollaban en los pueblos. Ciertas fiestas de las que había oído hablar, donde hombres y mujeres bailaban travestidos. O poder tener una pesadilla sin remordimientos. Dormir una noche al aire libre mirando a los ojos a la luna sin que nadie lo vigilase, le amenazara con los suplicios que le sobrevendrían tras su muerte. Y pintar los bosques y las putas como las veía. No como le decían que había que verlas.

Goya está cansado de discursos porque, en realidad, es un perro sediento. Y hambriento. Quiere comerse las tinieblas. De un trago. Sin necesidad de masticarlas. Y luego digerirlas. Desea participar en una orgía. Y aunque pudiera parecer que no lo hace, que se detiene unos metros antes de acceder a la fiesta, contentándose con describirla, no es así. Goya es el protagonista de cada uno de sus lienzos. Sí. Como todos los pintores. Pero en concreto, en los oscuros, no lo es por el estilo que les imprime ni su mirada socarrona o respetuosa. Lo es, porque él se encuentra en el centro de la escena. Aparezca o no aparezca, su personalidad, pesada alma, se encuentra allí. Devorando el paisaje. Porque Goya es un minotauro. Se siente extraño en la civilización. Le gustan el jamón, la carne de cabrito y las alubias. Beber vino barato o caro. Observar a un toro correr. Los caballos en libertad. Pero disfruta secretamente más cuando el torero es herido. Se puede dar un atracón y disfrutar de una siesta de varias horas. O puede asistir a un ritual. Pero no como simple espectador sino como maestro de ceremonias. Ya que Goya consigue siempre, con su totalitaria personalidad, casi como Beethoven, hacer suyo todo aquello que “ilustra” o más bien, que oscurece. Pues Goya nunca aclara ni ilumina. Acompaña. Suda dentro de escenas teatrales que consigue hacer pasar como verdaderas. Que transforma en verdad. Absoluta y total. Sólo hay que observar, o más bien intuir, dejarse aplastar por sus negros lienzos dedicados a la brujería. Goya disfruta haciéndolos. Sintiéndolos. No tanto porque desee realizar conjuros o hechizos sino porque su ser íntimo se siente reconocido en esos despojos humanos. Esos excrementos que Goya intuye, percibe que no destruyen el mundo, sino al contrario, consiguen que sobreviva. Son escarabajos humanos sin los cuales la claridad y la razón, los libros no podrían reinar. Son esenciales. Tanto como absolutamente demenciales. Porque no están vivos ni muertos. Son un pedazo del corazón de la bestia humana del que hay que nutrirse para continuar vivos, aunque comer de sus manos un solo día -el errado- pueda matar. Son pensamientos torcidos que no nos atrevemos a confesar en público apareciendo por doquier. Memorias del subsuelo. Cientos de seres humanos cansados obligados a caminar sin cesar. Carne podrida a la que los buitres no se acercan. Por más que prometen devorarla algún día. Aunque no sepamos cuándo. Un puñado de insectos que se percibe que sobrevivirán a príncipes y filósofos. Y unas cuantas calaveras que sin pronunciar una palabra, dicen, sugieren más que la mayoría de los libros escritos. Muestran la verdad desgarradora con un gesto. Los aullidos con que celebran un aquelarre.

La brujería para Goya es un festín. Un foco de infección que salva, sin el cual no se puede entender el mundo. Goya ama a la Celestina. Está enamorado de su voz de urraca y su nariz. Porque Goya desprecia el amor y ama la carne. Le gusta la tierra. Emborracharse. De hecho, usa el pincel, las palabras y la razón para embriagarse. Goya se sueña diariamente con una cola en el culo. Un centauro lleno de pelos. Se siente animal. Un perro que muerde. Como prueban sus lienzos. Arte bestial. Colores brutales. Sus rojos parecen sangre. Las pieles, sucias. Y el negro, mierda. Goya no es sutil. Pero tampoco busca impactar. Porque es una montaña. Lo que hace, lo siente. Con absoluta naturalidad. Su corazón no le duele. No se encuentra dañado. Porque es un trágico. Para él, todo es un drama. Y cuando retrata a las brujas, nos sugiere que su tragedia no es otra que saberse inmortales. Entender que nunca morirán, pues cuando lo hagan, expirará el mundo. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

 Un amigo puede hacer más daño que un enemigo

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo