Capricho

0

Me encanta cómo describe Fracken los aquelarres o encuentros de brujas. Con un aire maravilloso sumamente encantador que sin embargo no es suficiente para que sus frescos sobrenaturales sean muy distintos de los paisajísticos o dedicados a colecciones de objetos realizados por él u otros artistas holandeses. Para Fracken, las brujas no son algo viscoso. No están relacionadas con lo mórbido. La nostalgia y la melancolía. Sino más bien -lo dije antes- con lo maravilloso. O la alquimia. Y por eso es que probablemente, sus brujas parecen mujeres normales o magas. Señoras con ciertos poderes y habilidades en los que profundizan y se perfeccionan como artistas.

Los negros en Fracken no son cortantes ni agresivos. Son más bien, una invitación a la fantasía. Una insinuación. Y a veces, también una amenaza. Pero de la misma naturaleza inquietante que puede serlo una tormenta. O una cotidiana pesadilla. Fracken disfruta observando estas reuniones. Imaginándolas. Comparándolas en su mente con las celebradas por lectores del tarot, pintores y cabalistas en la corte de Rodolfo II. Componiendo alucinados, fantasiosos retablos donde no queda un hueco libre y no hay reposo, que son lo más parecido a carnavales o delirios mentales. Para Fracken, la brujería es un capricho. Un goce divino y una suerte de privilegio del que disfrutan algunos seres humanos. Una ciencia que es necesario conocer y de la que disfrutan tan sólo unos privilegiados.

Fracken concibe la brujería como un icono barroco. Un signo que explica su época. El caos, el mundo del revés, la iconoclastia, las guerras fratricidas europeas. Y las atronadoras noticias procedentes de América. Sin embargo, no se percibe en su mirada un carácter acusador. La brujería no es para Fracken la culpable del terremoto barroco. Es más bien, consecuencia. Se encuentra en su centro como otros tantos fenómenos. Participando por tanto de su carácter jocoso, corrosivo y desmitificador. La brujería estalla, llena y brilla en los lienzos de Fracken porque la religión se encuentra en crisis. Es motivo de cientos de guerras. Debates y revueltas estériles. Y la ciencia aun no la ha suplantado. Por lo que son las supercherías y las indagaciones irracionales las que gobiernan la psique de Occidente y en gran medida, no la dejan perecer. En parte, porque ya se encuentra caída. Decadente. Y se trata más bien, de que no sea autodestruya. Las brujas, con sus risas y sortilegios y risas malévolas, sus juegos mentales y espirituales que conectan tiempos diversos y consiguen hacer hablar con voz de loro a animales salvajes, construyen rendijas, agujeros a través de los que los seres humanos respiran. Encuentran asideros. Otros mundos a través de los que trascienden su hábitat cotidiano. Ofrecen respuestas y sobre todo interrogantes, enigmas, que permiten visualizar la existencia, como desafío. Como si fuera el reflejo mental de algún oscuro monstruo que pugna por apresar el alma de la humanidad, contra el que hay que luchar. Una batalla que trasciende el emplazamiento circunstancial de los europeos. Los prosélitos de Cristo. Siendo un reflejo de su anhelo por llegar al paraíso y los deseos que tienen los faunos de enviarlos al infierno. Casi un trasnochado recuerdo de las alegorías medievales.

En los lienzos de Fracken se escucha música. Casi que podemos tocarla y percibirla. Porque la mirada con la que han sido compuestos, es abierta. Seductora y sensorial. A medio camino entre las diabólicas alegorías de El Bosco y los futuros frescos románticos. Las tragedias de Goethe y la explosión operística. Casi que podríamos acceder a la escena allí retratada con toda naturalidad. O escuchar las voces y conjuros de algunas de sus delirantes protagonistas en los instantes previos al sueño, sin que nos pareciera extraño. Sus lienzos, sí, son fanfarrias. Colores llenos de sonidos deformantes teñidos de una extraña belleza casi salvaje, la cual nos incita a dejarnos llevar por las pasiones. Nos subraya la necesidad de que convirtamos el sexo y la imaginación en motor de nuestra vida si no queremos quedar atrapados por lo que se encuentra en el otro lado del reverso de las escenas aquí mostradas: el aburrimiento y la apatía. La torre religiosa y la política. Hechiceros probablemente mucho más peligrosos que los mostrados por Fracken en sus lienzos llenos de vida, misterios y sortilegios a través de los que la conciencia humana respira. Y se alimenta. Y, finalmente, se libera de la sinrazón y el fanatismo. Shalam

كُنْ ذكورا إذا كُنْت كذوبا

 Acumulando mucho polvo, se puede crear una montaña

encabezado_averia

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

Deja un deseo