Colores perversos

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Resulta realmente curioso que haya sido en Europa del Este, allí donde la preocupación por el arte decadente se hizo asunto de estado y todo lo que oliera a surrealismo u onirismo era o bien vilipendiado o directamente prohibido y censurado, donde se criaran, forjaran y surgieran artistas tan dispares, excéntricos y aformales como Andrzej Zulawski, Witold Gombrovicz, Tadeusz Kantor, Jan Svankmajer o Jerzy Andrzejewski. O no tanto. Porque como Freud nos enseñó, lo reprimido siempre acaba por resurgir. Volver. Atravesar el muro de silencio donde se lo desea enterrar. Morder allí donde quien intenta aniquilarlo más se protege. Y es lógico que en una civilización obsesionada con los monumentos políticos y militares, el arte pedagógico y los grises bloques de edificios monolíticos, emergieran antes o después fronterizos artistas como los citados o un fotógrafo del inaudito cariz  de Jan Saudek.

Un oriundo de Praga que desde su temprana infancia conoció la experiencia del mal más extremo -estuvo confinado en el campo de concentración de Theresiendstadt y a punto estuvo de ser ejecutado por Josef Mengele- y sólo pudo reencontrarse consigo, encontrar un hueco a través del que descansar, relajar la mirada y dialogar con el mundo, cuando tras descubrir las excelencias de la fotografía durante los años 60, hizo del sucio y decrépito sótano de su hogar, el lugar adecuado para dedicarse a este arte. Un espacio angosto, obscuro y cerrado que él, decorándolo como la habitación de sus padres y abuelos, transformó en un peligroso y colorido teatro de las maravillas surreal donde todo era posible y pudo jugar como no había podido hacerlo en su infancia. Dejando en libertad la imaginación y plasmando en imágenes todo aquello que se le ocurría como si fuera un sátiro o un jocoso duende. Un voyeur al que le bastara con echar un vistazo en su mente y a unas pocas de sus fantasías para comprender las de sus vecinos. Un terrorista artístico que, profundizando en su soledad y dejándose inundar por las corrientes, vientos coloridos y nocturnos, temporales de aséptico y corrosivo sexo  que lo asaltaban, fue capaz de construir un estrambótico lenguaje simbólico que retrata tanto la opresión y la falta de libertad como la decadencia de su tiempo con mucha mayor profundidad que el arte didáctico y político. Con absoluta franqueza. La mirada de un niño que a pesar de la perversidad de lo mostrado, se niega a perder su inocencia.

Las fotografías de Jean Saudek son el acompañamiento perfecto para escuchar Swordfishtrombones. La obra maestra de Tom Waits. Nos muestran todo aquello que no quisiéramos saber y mirar pero inevitablemente tenemos que conocer si no queremos sentirnos aún más perdidos. Porque en esencia son un extravío, sí, pero un extravío feliz. Un catálogo de fetichismos vistos a través de los ojos de un niño castrado que cuando las colorea con sus manos expulsa semen por todo el cuerpo, cerebro, ojos y boca, cantando con la misma soltura y gracilidad que un eunuco. Pero también con la potencia y sobriedad de un barítono. Porque, en esencia, se transforma. Se convierte y forma parte de lo retratado influyéndolo con su su esencia de inocente niño que desconoce el pecado de tal forma que sus imágenes por más grotescas y perversas que puedan ser, nunca nos agreden y amenazan. Más bien, nos mecen en la cuna del horror como por ejemplo lo hacen los films de Tod Browning, de quien Saudek parece un sobrino o familiar con quien dialogara de tanto en tanto en un lenguaje secreto. Urdiendo historias tuertas y desviadas con obsesivo, loco afán. Ocultándose de la moral con la misma ansiedad que el niño que juega al escondite en un bosque y fluye y corre y hasta es capaz de subirse a la copa de un árbol con tal de no ser descubierto por sus compañeros.

El arte de Saudek es también una prueba de que lo erótico no es la penetración y probablemente tampoco la desnudez. Pues en esencia es delirio hecho realidad. Al fin y al cabo, transgresión. Un acto a medio camino del delito y la desobediencia. De la fantasía, el fetichismo y la perversión. Bases y substancias de las que está hecha la vida para el fotógrafo checo. Un ludópata emocionado que se desplaza saltando de composición en composición conforme consigue plasmar sueños que lo liberan de sí mismo y la sociedad. El Universo dado e impuesto. Ese otro mundo absolutamente opuesto al suyo donde el sol y la luna lucen gozosos en el firmamento todos los días, los leones tocan el saxo y la guitarra orgullosos y varios enanos, una armadura de hojalata y una niña llamada Alicia vestida únicamente con una falda de seda trasparente lo  esperan en una coloreada esquina para recorrer el camino de las baldosas amarillas y azules y rojas. Los pasadizos de un palacio donde los cuerpos se abren onerosos para recibir los besos de cadáveres, ancianos y ancianas se masturban libremente con júbilo y gozo angélico y las calaveras de viejos alquimistas pertenecientes a la corte de Rodolfo II en Praga mecen en sus brazos cuerpos desnutridos de muchachos y muchachas desorientados que se consumen en la locura y la fiebre. Acaso por su necesidad, la voluntad de traspasar y quebrar las leyes y la moral para poder mostrar por una vez el rostro de sus deseos muertos y vivos. Aquello que quisieron ser y ya no podrán ser sino es los territorios de la quimera.

Sí. Los personajes de Saudek están a mitad de camino entre la pantomina y lo grotesco. Unas veces unicornio y otras centauro, sanan a través de la enfermedad y enferman cuando se rigen por la normalidad. Son como aquellas muñecas y muñecos rotos que aún conservamos en un baúl o un cofre cerrado con las que jugamos de niños que, por más destrozados que estén, nos negamos a arrojar a la basura pues hacerlo, significaría acabar con una parte esencial de nuestro yo. Un espacio ajeno al contrato social que evapora la moral y se ríe de las reglas del mundo laboral sabedor de que su imposición y dictadura provoca finalmente enfermedad, desafección, descomposición, putrefacción. Nos aleja de los firmamentos estelares con los que se crea el polvo de la vida. De los sueños y pesadillas del cosmos. Esos firmamentos de tierra y agua que traen consigo maremotos y terremotos entre los que rezuman libres y aún sin contaminar los viejos restos del humanismo, pedazos de la piel de sirenas, mármoles de palacios atlantes o gigantescos ojos de ídolos a los que se consagraban vidas en las fronteras de Ur.

En su arte, Saudek consiguió algo realmente difícil: plasmar el momento justo en que la fantasía se produce en la mente. Normalizar, sin por ello eliminar su carácter alucinado, la perturbación. Hacernos comprender y tratar la perversión no tanto como un elemento extraño del que tuviéramos que estar alerta y prevenidos sino como un elemento a admirar. Porque al fin y al cabo, es lo no reprimido. Lo liberado. Lo no racionalizado. Aquello que emerge libre y sin esposas de nuestra mente.  Nos mostró, en definitiva, que lo anormal y enfermo radica y consiste precisamente en querer frenar el libérrimo discurrir de las fantasías. Ponerle un freno al caos desordenado de cuerpos y besos y caricias desnudas a través de las que dios goza todas las noches soñando con penetrar o ser penetrado por el diablo. Y realizando ese inconfesable deseo a través nuestro, alcanza a conocer el éxtasis. Shalam

 الصبْر مِفْتاح الفرج

 Si se amontona, hasta el polvo puede acabar formando una montaña

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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