El futuro del No future

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Pienso que las creaciones artísticas del polaco Sigmar Polke incidían en un hecho concreto: la pérdida de nuestra capacidad de mirar. Observar. De distinguir lo esencial de lo circunstancial. En prácticamente todas sus obras percibo una desconfianza casi visceral hacia el ser humano. Una certeza de que hemos sacrificado y seguramente corrompido el futuro a cambio de nuestro presente. Algo que provoca que sus textos visuales no terminen de adscribirse a un estilo concreto. Jueguen tanto con el pop art como el expresionismo y el arte político pero comiencen a temblar y difuminarse cuando se los intenta encasillar en cualquiera de estos cajones. Existe cierto cansancio en la mirada de Polke. Cierta lejanía que probablemente proceda de haber nacido y haber sido criado en un país del bloque comunista pero también de una percepción frontal y lucidez de la absoluta decadencia de Occidente. De tal forma que las criaturas retratadas por sus ojos por lo general parecen estar muertas. Ser cadáveres. Como si Europa fuera un inmenso cementerio y la inmensa mayoría de sus ciudadanos, ancianos prematuros. Consumidos no tanto por su -valga la redundancia- necesidad de consumir sino de seguridad. Su necesidad de certezas incontestables que no remuevan el charco capitalista en donde se encontraban (y encuentran) enfangados.

Percibo también en el arte de Polke un humor macabro, casi festivo. Como si en el fondo, no sufriera tanto con los estertores del capitalismo sino que se divirtiera con su ocaso. Deseara que su largo y extenso epílogo o su perversa dominación concluyera de una vez no tanto para fundar otro sistema que su gigantesca sombra no permite distinguir sino para que los ciudadanos de Occidente tomaran conciencia de que no sucedería nada grave por ello. Tanto es así que sus críticas al poder no me parecen tanto frontales puñetazos terroristas, potentes misiles deseosos de implosionarlo todo, sino incisivos ganchos a los que les basta resquebrajar las paredes y formar una grietas a través de las que percibir las debilidades del pensamiento totalitario monetario. Intuyo en Polke a un anárquico creador fatigado de las etiquetas. Un visionario social que no cree en dios y se dedica por ello a mistificar la realidad que le rodea. Degradarla y deformarla para sentirse cómodo en ella. De hecho, puedo visualizarlo perfectamente caminando con los ojos entrecerrados para invertarse o transformar de algún modo el mundo con el fin de poder artísticamente imponer su mirada. O al menos, insinuarla. Porque Polke pinta como quien susurra. En voz baja. A través de gestos sutiles. Tímidas llamaradas con las que más que obligar, invita al espectador sugerentemente a acceder a las habitaciones vacías del mundo contemporáneo. El mundo espectacular y performático.

Muchas veces, tiene uno la impresión de que Polke entiende las obras de arte como un ballet. Que lo que desea es que dancen alrededor del espectador inquietándole con un sin fin de preguntas. De hecho, este es el título que daría al conjunto de su obra: La interrogación continua. Aunque tal vez sea mucho más adecuado el siguiente: La respuesta imposible. Ante todo, porque sus creaciones se mueven en un terreno difuso. Borroso. Un pantano intelectual que descree de la vanguardia y la modernidad y al mismo tiempo se alimenta de ellas, que no permite responder con precisión al semillero de dudas que una visión amplia de sus textos visuales plantea. Tal vez porque Polke muestra de un tirón el cansancio y sempiterna frustración del arte moderno. Su agarrotamiento y sinsentido detectado por el público en general y puesto de manifiesto unilateralmente incluso por artistas y críticos. Y es aproximándose con levedad a esta sincera exposición de su gran derrota, ese fracaso que frustra cualquier aspiración trascendente y bloquea el fluir de las almas, que se atreve a ir sembrando puentes, semillas que desbloqueen miradas, transmitan experiencias imprevistas y lentamente, vayan configurando un mundo de ilógicas sensaciones donde se respire cierto alumbramiento de lo maravilloso e irreal.

Destrucción y belleza caminan de la mano en las obras de Polke. Al igual que fantasía y muerte. En ocasiones, recurriendo a comparaciones literarias, sus pinturas me hacen rememorar la exaltación de Nabokov cazando mariposas y en otras, me recuerdan a un Bernhard sepultado en una olla de agua caliente donde sobrevuelan páginas de Alicia en el país de las maravillas y un sin fin de obras de arte modernas. El cruce entre un escritor de novelas de terror y un esteta iluminado enamorado del ocaso cósmico. El amanecer y el anochecer totales rescatados entre las sombras de rascacielos, voces pesarosas de los desterrados por la Segunda Guerra Mundial, jubilados desconfiados, interminables telediarios, metálicas voces procedentes de los diarios y televisores o el ruido marchito de los jóvenes desesperanzados. Ese asalto cotidiano al inconsciente humano que genera el caos e incertidumbre necesarios para que el arte emerja y se convierta no tanto en sanador sino en vía alternativa. Camino de hierro celeste para encontrar luces, destellos en medio de la noche tecnológica. El alarido industrial que hace perecer las aldeas y crea la colmena solitaria. Ese artítrico mundo de multitudes solas y amansadas sin respuestas ni preguntas sobre el porqué del mundo y la vida.

A Polke, el reconocimiento le llegó tarde porque era un artista paciente. Un señor que probablemente disfrutaba de un café, una puesta de sol o las correcciones y retoques a las obras que creaba. De hecho, lo vislumbro como un agricultor del arte. Un sembrador eterno que se encontró de frente con el mundo moderno e intentó que su mirada sobreviviera dentro de esa orgía continua de aterradoras sombras económicas. Sus obras de la última época atestiguan que lo hizo y a lo grande. Porque finalmente, consiguió llevar su mirada a las alturas como si fuera un filósofo griego o uno de esos plurales y coloridos pintores sudamericanos capaces de percibir aún la sonrisa de los dioses y los ángeles sobre esos cielos nublados donde millones de seres humanos lloran aterrados por la destrucción de Siria, Irak, Libia o Sarajevo o bien se masturban continuamente con sus propios quejidos mientras se escuchan las voces de ultratumba procedentes de sus computadores, televisiones o familias. Logrando vislumbrar o más bien anticipar al fin, sí, el futuro del No future. Shalam

إِنَّ الشَّقِيَ بِكُلِّ حَبْلٍ يَخْتَنِقُ

Si quieres comer pan no permanezcas sentado sobre el horno

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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