El hombre delgado

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Giacometti esculpía como si el mundo contemporáneo fuera Auschwitz. Como si Occidente entero fuera un campo de concentración. A Giacometti, los cuerpos escuálidos de los judíos descuartizados en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial debieron resultarle naturales. Él ya los había visualizado mucho antes de su existencia. Cualquier exposición de su obra es un ballet sobre el horror. Un radiografía de la angustia. Giacometti retrató Occidente no ya como un organismo decadente sino agónico. Una civilización insolidaria que silenciaba su ocaso a través de la cultura y la indiferencia. A las esculturas de Giacometti únicamente les falta caminar unos cuantos pasos y arrojarse al vacío para estar totalmente cerradas. Completar el círculo que invocan: el de la desidia, la asfixia y la muerte.

Muchos de los personajes retratados por Giacometti parecen pedir auxilio. Si pudieran hablar, tal vez ni tan siquiera gritaran. Se sentarían en el suelo a esperar el fin con resignación. La mayoría parecen también oscuros personajes de las novelas de Samuel Beckett. Espectros innombrables derruidos y destruidos a los que ni tan siquiera les queda el lenguaje para salvarse. De hecho, creo para su correcta comprensión y visualización, alguien debería leer en voz alta pasajes de El innombrable o Malone Muere durante cualquiera aproximación a ellos. Aunque, desde luego, también veo muy viable que los textos leídos pertenecieran a El hombre sin atributos o El mito de Sísifo. Obviamente, existe en estas figuras también cierto acento ancestral. El ruido y el caos les persiguen. El murmullo del origen. Pero en esencia, son la prueba de que el camino emprendido por la civilización desde sus inicios hasta su actual desarrollo es similar al que hay entre la risa y la preocupación, la fuerza y el vacío. De que el hombre primitivo, sometido a todo tipo de peligros, experimentaba la existencia como una TOTALIDAD y al contrario, el hombre contemporáneo, lo hace como una escisión.

No caben muchas preguntas ante las esculturas de Giacometti porque, más bien, son ellas las que nos interrogan. Las que nos preguntan cómo hemos llegado hasta aquí. Son la viva imagen de la impotencia. Cualquier comisario de una exposición de su obra debería dar unas cuantas pastillas contra la depresión a los asistentes antes de acceder a las salas. Supongo que habrá críticos que hayan teorizado sobre ellas y afirmado que son irónicas. Incluso cómicas. Todo es posible con un buen armazón crítico detrás. Pero a mí lo que me transmiten son desidia. Veo varias de ellas juntas y pienso inmediatamente en un Réquiem. O más bien, en un carnaval sobre el dolor. Giacometti era un bohemio. Alguien desprendido materialmente e inseguro que vivía dedicado a su arte y al amor. E intuyo que, desde luego, debería ser ansioso. Porque sus creaciones muestran el futuro ya no como un abismo sino como un precipicio. Son tortuosas fosas poéticas parecidas a esquivas composiciones dodecafónicas. Son miedo puro y duro.

En realidad, no creo que Giacometti realizara retratos. Creo más bien que lo que sus manos intentaban plasmar eran pensamientos. Reflexiones. Aforismos. Que su obra fue uno de los últimos muros de resistencia intelectual en caer previos a que el palacio del arte fuera asaltado totalmente por los corsarios del consumo. Marchantes de negocios que, sin buscar necesariamente la excelencia, se encargarían de engordar artificialmente el mercado artístico para hacerse de oro. Algo desde luego a lo que las obras del artista suizo se muestran ajenas. Pues son la viva imagen de la mudez. El vivo retrato de seres en extinción que prosiguen su camino a la destrucción con admirable obstinación. Shalam

إِذَا عَمَّتِ الْمُصِيبَةُ هَانَتْ

Cuando todo el mundo está loco, estar cuerdo es una locura

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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