El ojo gitano

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En sus autorretratos, Salvator Rosa es fiel a su leyenda. Parece efectivamente, un señor sombrío. Un genio risueño consciente de su talento. Una mezcla entre Francois Villon y un sanguinario obrero de Pasolini. Aquel ángel ebrio que aparecía en Teorema destrozando el mundo burgués. Un orgulloso bandido que pinta como quien maneja el puñal o tiene hambre. Básicamente porque lo necesita. Con una mezcla entre la altivez y la desesperación. La angustia y la elegancia. Como si de no haber pintado, hubiera muerto. Algo que, teniendo en cuenta los problemas económicos de su familia, tras la muerte de su padre, no está muy lejos de la realidad. De esa realidad que convirtió en un relato de sus lóbregos sentimientos, prefigurando el romanticismo en una época en que la mayoría de la población aún añoraba el Renacimiento. Y acaso todavía no se había comprendido a Caravaggio, con quien le une el trazo oscuro y el carácter turbio a través del que retrata sus pesadillas.

Salvator Rosa es uno de esos agujeros negros que de tanto en tanto, aparecen en el arte occidental. Más que un enamorado de la noche, la noche misma. Los tristes ojos de un gato. El viscoso sabor de un brebaje de bruja. Un primo-hermano de Baudelaire y Rimbaud nacido dos siglos antes que éstos. Una especie de gitano salvaje de la pintura. El brazo rebelde de la cultura. Un señor sin piedad capaz sin embargo de humanizar lo que el Marqués de Sade, de ser pintor, hubiera convertido en frescos crueles e irrespirables. Inagotables muestras de saña y sadismo. Consiguiendo ilustrar con suma elegancia pero también una ira que asusta, las escenas más espantosas y cruentas. Misteriosos mundos que en sus manos no sólo resucitan y se hacen reales sino que plantean nuevos enigmas e interrogantes. Se convierten en puñetazos contra los cánones artísticos y cualquiera de las reglas del buen decoro y gusto que la sociedad deseara imponer a la población. Casi la certificación absoluta de que era imposible volver al Medievo. El recogimiento en la iglesia. Que el viaje emprendido por Occidente no tenía ya vuelta atrás, aunque en el horizonte se presintiera el ocaso. El Apocalipsis. Presagios del nihilismo.

Observando los lienzos de Rosa, percibo tanta furia como vida. Que el hombre que está detrás de ellos, era un buen amante, disfrutaba de los placeres mundanos y, probablemente, detestaba el poder. Era un inconforme. Un ácrata diabólico que pintaba cuadros que eran bombas de hastío. Eructos libertarios. Un señor que, gracias a su talento, pudo ascender socialmente, pero nunca olvidó la calle. Las poblaciones de una Italia herida y dividida. Unida artificialmente por un arte en cuyo reverso se apoyó, para penetrar -como pocos han hecho al menos en el país transalpino- en su faz oscura. Las pesadillas de Nerón, los caprichos de Calígula, la decadencia de los romanos y las debilidades de los sacerdotes pero también, las violentas perversiones de los Borgia, la fría aspereza de los Visconti y las constantes luchas de poder entre ciudades Estado que utilizaban la religión como escudo y cuando era posible, como arma. Tortura de la libertad. Siendo natural que un sátiro como él, en cierto modo, un desarrapado, si bien tuviera que apoyarse forzosamente en ciertos cánones para desarrollar sus creaciones, aprender el oficio y ganarse la vida, en cuanto pudiera, torciera el gesto a las imposiciones de la Academia, adentrándose por caminos personales cuyas figuras y colores invocan desvanecimientos, hechizos, flatulencias del alma. Ruinas devastadas de la humanidad. Intenso escepticismo en la razón y el progreso. E inmensa confianza en la oscuridad. Ese torbellino que depura los sueños de grandeza de la belleza. Los ejércitos del equilibrio.

El onirismo en Rosa no es una opción estética. Es un gesto ético. Una lucha porque la humanidad renuncie a la política. Los ideales. Por eso los trazos negros de sus lienzos son asesinos. Viscerales. Casi que animales. Y míticos. Con una profundidad arcaica que destroza cualquier concepción intelectual preconcebida. Una bestialidad que quiebra la visión y rasga el cerebro. Impone el coito, el vicio y el sexo a cualquier mandamiento moral. El dogma judeocristiano. La renuncia y la pereza a la necesidad de actuar. E incluso en aquellos grabados en que retrata el día, los colores de la mañana parecen heridos. Estar siendo devorados por el inframundo. La noche ausente. Un animal que aspira y aspira hasta llenar de vaho el lienzo, o un dios borracho que, durante minutos cree que el Olimpo se cae y derrumba para siempre. Pues la mañana y por ende la civilización, son para Rosa, un infierno. O la antesala a éste. Un mundo en el que los hombres no pueden aspirar a recibir ningún regalo de la naturaleza y donde lo sagrado -aquí, desde luego, sí que Rosa es barroco- es tan importante como lo blasfemo. La vida convertida en una broma jocosa que acaso sería mejor destruir. Un homenaje continuo a la obra de Petronio y Apuleyo donde se descubre que minotauros y faunos no son más que payasos expulsados de la corte del Emperador. Un falo en la tierra incapaz de ponerse erecto. Condenado a caer una y otra vez ante las risas del vulgo camino del circo. Las crueles carcajadas de la población.

No sé cuántas vueltas dará el canon pictórico en el futuro y qué lugar ocupará Rosa en él, pero entiendo que la Academia no terminará de reconocerlo nunca como merece, porque era su enemigo. Sin piedad. Pero, desde luego, yo deseo viajar a Nápoles o Roma con el fin de buscar el rastro y aroma de los talleres en que pintó, las calles por las que transitó o los libros que leyó y tocaron sus manos para componer sus nocturnas, destructivas sinfonías. Creo, de hecho, que Rosa dijo algo sobre nuestro mundo que todavía no ha sido entendido. Es una nota musical aún sin elaborar y fijar sobre el papel. Pues mirando hacia delante, es decir, precipitando la pintura hacia el vértigo romántico, no dejó de mirar atrás. Poseía una mirada absoluta, terrible de la realidad que nos invita a retornar a los libros donde se encuentra cifrada la historia del pueblo hebrero para descubrir cuál es el crimen contra la humanidad que se relata y forjó en aquellos tiempos. Cuál es el sonido de la risa de Satanás y el sabor del sexo de las brujas. Shalam

 إِذَا وَقَعَ الْجَمَلُ كَثُرَتِ السَّكَاكِينُ

 Cuando el camello cae, las navajas abundan

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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