H.R.Giger: Necronomicon

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Son hermosas las imágenes que H.R. Giger realizó para ilustrar el Necronomicón de H.P. Lovecraft. Todos las tenemos en la retina de una u otra forma porque Ridley Scott, impresionado con ellas, las utilizó para diseñar su famoso alien. Algo que hace que resulte difícil contemplarlas relacionándolas únicamente con la obra del escritor norteamericano.

Me gusta mucho la fuerza con que Giger describe el mundo de los muertos y los infiernos. Existe cierta ironía y sarcasmo en su mirada que sin embargo, no esquiva ni rehuye el horror del ámbito retratado. Existe cierto morbo y placer en su incursión en estos mundos nocturnos puesto que no sólo parece comprender a los monstruos, sus sufrimientos y anhelos, sino ponerse en su lugar. Entendiendo sus vicios y lascivia así como las consecuencias a las que les conducen sus acciones. Por eso es que pienso que estas ilustraciones vivirán por siempre y habrá que recurrir a ellas sí o sí cada vez que se intente ofrecer una nueva visión del famoso libro negro descrito por Lovecraft. Porque Giger es capaz de humanizar el terror sin restarle un ápice de hedor, dolor y violencia. De extraer su faz grotesca sin caricaturizarlo al mostrarlo vulnerable y poderoso al mismo tiempo. Señor de un mundo que le pertenece y domina a su antojo pero del que también sufre sus consecuencias.

No es fácil en absoluto ubicarse en la mente de los monstruos y retratar la perspectiva a través de la que contemplan el mundo o el recinto cerrado en que habitan y Giger lo consigue al humanizarlos. Acentuar su parecido con nosotros. Algo que H. P. Lovecraft no terminaba de explotar del todo en sus relatos donde los Antiguos eran el horror hecho carne. El “Otro” con mayúsculas. Engendros cuya presencia producía escalofríos, repulsión e incomprensión absoluta a quien se los encontraba. Giger, al contrario, los retrata como si fueran una parte de nuestro ser que aunque no deseamos reconocer, nos pertenece y habita en nuestro interior.  Proximidad y cercanía que termina por provocar fascinación. Convocar esa conversación entre muertos y vivos que es al fin y al cabo, el trasvase al que el Necronomicon invitaba.

Tienen tal belleza y empuje las siluetas y figuras retratadas por Giger que casi que da pena ponerles palabras o referirnos a ellas. Porque con unos pocos detalles es capaz de captar sus anhelos, deseos y miedos. Un hecho realmente excepcional que rompe con la mirada tradicional a los mundos oscuros que generalmente nos asustan. Al contrario, aquí el monstruo se encuentra tan aterrado como nosotros, respira el mismo aire y aspira a idéntica felicidad. Únicamente que por otros medios y maneras. A los monstruos de Giger tan sólo les resta hablar para traspasar el portal, esa cuarta pared que separa el lienzo de los ojos del espectador. Su furia y rabia, de hecho, resultan comprensibles. No son caprichosas sino que aluden a las circunstancias por las cuales nuestras propias almas se encolerizan.

En suma, de los monstruos de Giger casi que únicamente nos separa la conciencia. El intento humano de dotar de sentido a nuestros actos. La necesidad de identificar el bien y el mal. Porque ellos viven centrados en sus sentidos y deseos. Se han transformado en ansia, pasión y capricho. Aunque su comportamiento tampoco les ha proporcionado la felicidad. Al contrario, tal vez les haya hecho más dependientes de sus debilidades y tormentos y también, más temibles puesto que, siendo intolerantes a la frustración, el fracaso, la contrariedad o la derrota, serán capaces de cualquier cosa para imponer su voluntad.

La genialidad de Giger radica precisamente en mostrarnos cómo ese frenesí y rabia con la que intentan dominar este y otros mundos finalmente, acaba volviéndose en contra suyo. Termina por vampirizarlos, tal y como hacen ellos con las víctimas de las que extraen sangre y suplicios con la intención de engrandecerse. Shalam.

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Ama a tus vecinos pero no te deshagas de la cerca

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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