La performance como una de las bellas artes

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Es un error considerar que los performers son artistas. Muchos lo son. Pero otros tantos, no. De hecho, la mayoría de performers actuales son políticos e influyentes personajes públicos.  Algo lógico porque los políticos son los artistas del vacío (además de la mentira). Y un mundo donde todo, absolutamente todo es fake, tentativa, engaño u oportunidad, es lógico que la performance política -un ritual hueco sin centro sagrado ni catarsis- sea la representación central del mundo contemporáneo. Ocupe el primer foco de las pantallas en el espacio mediático. Y que los políticos utilicen todas las artimañas a su alcance para lograr cruzar el puente que une la performance con la actualidad social. Vincular representación y artificio con verdad en cualquiera de las actuaciones y declaraciones con las que habitualmente ametrallean, torpedean y disparan contra la realidad. Imponiendo nihilístamente su versión de la misma.

La performance es siempre y en gran medida una simulación. Ofrece la ilusión de que algo va a suceder (o podría acontecer) para constatar inmediatamente la imposibilidad de una metamorfosis. Un acto que pueda modificar el status quo establecido. Por lo que a los performers no se les  pide tanto que con su actuación precipiten un cambio sino que generen los medios para que ese acontecimiento (la performance) que debería provocar la ilusión de una transformación (la cual ya se sabe de entrada que nunca se producirá), se lleve a cabo. No se suspenda. Generando la sensación de movimiento. La sensación de que algo realmente está pasando aunque en el fondo sea para que no mute nada, como Lampedusa, aquel fino observador de las performances políticas (y artísticas) europeas del pasado siglo, decretara en su célebre El gatopardo.

 

 

En gran medida, una performance está destinada a decepcionar. Pues provoca una alteración de lo real, unos flujos y reflujos de la expectación, que no se corresponden ni con la magnitud ni el riesgo o incertidumbre (generalmente mínimos) generados por el acontecimiento. Como es el caso por ejemplo de los reiterados debates entre contrincantes políticos donde realmente no se encuentra casi nunca en juego el resultado de las elecciones y cada uno de los boxeadores (o ilusionistas) sostiene un programa político que saben que traicionarán (aunque cínicamente se empeñen en lo contrario)  al llegar al poder. O los constantes sloganes que nos advierten que el próximo partido de fúbol será el del siglo, generando falsas polémicas y rivalidades irreconciliables, anticipando erróneas expectativas y una más que segura decepción, de la cual se nutre el capitalismo para realizar su posterior trabajo de demolición: insertar nuevos objetos de ocio dentro de la masa social para fomentar el consumismo (o esclavismo) o nocivos elementos -drogas maquinales y explosivas- a través de los cuales desintegrar su capacidad de reflexión, análisis, unión y combate.

La inmensa mayoría de los actos (en realidad, repito, performances) políticos no se encuentran tan lejos de los filmados por Luis Buñuel en su excelsa El discreto encanto de la burguesía. Son, con matices, bastante comparables. La imposibilidad de los burgueses retratados por el genio aragonés de sentarse a cenar y disfrutar de un lujoso ágape, me remite a la imposibilidad de que suceda algo real, auténtico, verdadero en cualquier reunión, pacto, negociación política. Los actores se sientan en torno a una opulenta mesa pero no cenan porque en realidad lo que ocurre a continuación es una representación de una cena. ¡La per-for-man-ce!. Ya que al fin y al cabo, todo aquello que tenían que discutir y pactar ya había sido decidido y firmado mucho antes por las élites económicas sin por supuesto tener en cuenta a la población, frente a la que sin embargo (y con el objeto de que no estropee las paredes del palacio donde se desarrolla el encuentro y continúe contribuyendo a la farsa), se desarrolla un acto que es en esencia pura perversión. Tal y como hemos comprobado en tantas ocasiones. Desde las elecciones desarrolladas cada cuatro años en los estados pseudodemocráticos, los (falsos) debates en torno a la validez u aceptación o no de reformas cuyo destino no es otro que imponerse sí o sí, las portadas de los diarios generales y deportivos más leídos, los telediarios, atentados de falsa bandera y conatos (y amenazas de guerra) que constantemente se suceden junto al surgimiento y renovación de pseudoestrellas pop cuyo mensaje y mayor logro consiste en su capacidad de venderse a sí mismas. La facilidad con la que acaban, derriban con un solo hit, un movimiento de trasero y una exacerbante frivolidad a prueba de cualquier análisis crítico, construcciones éticas, bastiones simbólicos que han sostenido durante siglos a civilizaciones sedadas o shockeadas actualmente por las bombas neoliberales.

Exactamente, las reglas del juego político cambiaron durante la guerra fría exacerbándose tras la caída del muro de Berlín. Anteriormente, se hacía la guerra. Ahora se escenifica la guerra y la negociación. Baudrillard tenía razón. La guerra del golfo no tuvo nunca lugar. Como tampoco hubo bombas nucleares en Irán u Osama Bin Laden fue capturado como reza la versión oficial. Ni actualmente, existe dinero. De hecho, ya todo es deuda. Promesa de pago. Moneda virtual. Cifras electrónicas. Billetes sin respaldo más allá de las armas. Farsa feroz cuyos actos y movimientos se van produciendo según lo necesite el poder. A medida de los golpes de efecto que desee dar. Véamos por ejemplo las negociaciones producidas entre el actual presidente griego, Tsipras, el FMI y la CEE. Si las élites deseaban dar un golpe de efecto, no lo podían haber hecho mejor que desestimando el no dado en el referendum de hace dos semanas a los nuevos acuerdos propuestos. Conforme los ciudadanos más ilusionados estaban de ser escuchados, su líder, aquel que se presentaba como un salvador humanista, firmó un memorandum mucho peor del jamás imaginado. Y con ello, además de volver a levantar la sospecha de que las duras negociaciones no habían sido más que una performance un poco más elaborada de lo habitual, terminó por enterrar la idea de que exista una verdadera democracia europea. Un espacio auténtico donde se diriman los problemas cotidianos de las personas y no las empresas y élites. Aunque siendo justos e insistiendo en lo ya dicho, lo cierto es que la de Grecia no es más que una performance entre cientos más (algo totalmente lógico en un mundo absolutamente performático, ficticio e irreal/virtual) entre las que se han destacado en los últimos días la inverosímil fuga de una prisión del alta seguridad mexicana del Chapo Guzmán o esa portentosa escenificación de acuerdo nuclear entre USA e Irán. Además de por supuesto, (remontándonos un poco más atrás en el tiempo) el surgimiento del grupo terrorista árabe ISIS, cuya financiación e intereses responden en primera instancia a los de Norteamérica, como prueban esos probablemente ficticios videos de decapitados realizados con una pericia y saña técnica digna de aparecer -en caso de que la compañía volviera a estar operativa- como pórtico o introducción de los nuevos films de la Canon.

Sí. Efectivamente, las tornas se han invertido tanto que los artistas son ahora políticos y los políticos, artistas. De hecho, esto es lo que ha provocado que una actividad fuera de toda regulación y afortunadamente lejos del control hasta hace bien poco de las universidades, como las performances, se hayan convertido en una de las bellas artes. Por la necesidad de las élites no ya de contar con pintores, escultores o músicos que ilustraran sus mansiones o casas y amenizaran sus reuniones, sino de políticos a los que se les paga por representar un papel continuamente. Hablar, discutir e insultarse y casi pelearse durante días, semanas, meses, cuando en realidad la decisión sobre cualquier asunto -y el caso de Grecia actualmente es un claro ejemplo- ha sido ya tomada con mucha antelación. La realidad, sí, por tanto, se ha convertido en una película con un guión previo en el que lo único que se modifican son los rostros y nombres de los actores según las conveniencias de los directores, sus propios horarios y necesidades además de su voluntad de aceptar las normas impuestas sin rechistar. Si es cierto que en un principio las peformances fueron -y probablemente en muchos ámbitos todavía lo son- acciones políticas libre en el transcurso de cuya ejecución cualquier cosa era posible, esa misma libertad ha sido utilizada por el poder para imponer y ahondar en políticas propias de estados orwellianos. Aprovechándose del vacío, la relatividad y la ambigüedad, la ausencia de sentido y significado contemporáneos, para imponer sus propios significados. Convirtiendo la democracia en dictadura, la rebelión en sumisión, la corrupción y el robo en leyes constitucionales y el arte efímero en arte institucional. La política y la vida cotidiana del día a día en aquella película, Holy motors, de Léos Carax. Shalam

الصبْر مِفْتاح الفرج

Donde más hondo es el río, hace menos ruido

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Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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