Los viejos artesanos

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No creo que sea casualidad que una de las ramas de las que nace el arte sea la antigua artesanía. En un principio, cuando los chamanes y hechiceros eran aún una presencia viva en el mundo, el arte sanaba. Arte(sanaba). Cumplía una función terapéutica. Embellecía la vida con objetos hechos a mano que eran útiles a la comunidad. Sí. El arte lo practicaban los arte(sanos). Hombres en esencia puros que liberaban a la sociedad de sus demonios. Pero ahora, ¿Qué es lo que hace el arte? Yo diría que ni enferma ni sana. En el proceso de racionalización brutal sufrido por Occidente, el arte está en poder de los artistas. ¿Y quiénes son los artistas? Creo que ya no se sabe. Al artista no se lo puede nombrar porque su posible capacidad de perturbación se pierde en el acto. Pero tampoco se lo puede ignorar porque esto supondría matarlo en vida. Encasillarlo. Se encuentra por tanto perdido en un lugar en ninguna parte. ¿Es un enfermo o se encuentra sano? ¿Ayuda al mundo o lo destruye?

Yo diría que ni lo uno ni lo otro. Más bien, el artista actual sobrevive. Intenta no traicionarse ni ser sepultado. Intenta ser escuchado. Vive en el intento. En la prueba. A medio camino de dos mares. En peligro continuo de perecer y hundirse. Y ni siquiera mata o asesina con sus creaciones o se plantea sanar a nadie porque le urge respirar. Pisar tierra firme. Y además, tiene el convencimiento de que en cuanto se desplace en paz demasiado tiempo por las llanuras, será apresado por los monarcas. Caerá en las redes de la abulia. Se convertirá en marioneta. Será manipulado. Únicamente por tanto, puede sobrevivir. No ceder. Pero en absoluto puede prometer ya la creación de obra alguna. Pues no posee más certezas que su propia debilidad. Saber que, antes o después, naufragará. Encallará en las rocas que precipitan el desastre.

Si el arte no tiene función terapéutica termina degenerando. Cayendo en la banalidad. Y a los creadores, por tanto, no les queda otra salida que enfermar a sus seguidores y lectores para que, al verse en el lecho de muerte, se planteen de alguna manera sanar. Resucitar aunque sea destrozándose. Aspirando así a cierto ideal, cierta mejora, por más que ya sea en otra vida y se sepa que el combate está perdido de antemano. Derrota que es tal vez la que impulsa a los artistas a continuar creando. Estrellar sus cabezas en los muros para demostrar que aún es posible construir algo sin que importe tanto sanar o enfermar sino intentarlo. Aunque muchas veces, ni siquiera lo hacen porque su deseo de desaparecer es mayor. De hecho, la voluntad de dejar de crear es en el fondo, lo que pienso que los identifica hoy en día. Esa necesidad continua de huir que tanto contrasta con la demencia con que construyen su obra sabiendo de antemano que no servirá en lo más mínimo para que la sociedad sane o enferme o ellos mismos mejoren o empeoren de su locura o cordura.

Motivo por el que pienso que al arte de este siglo ni está ni se le espera si no es absolutamente destrozado y descuartizado. Aniquilado por su propia incapacidad de retorcer lo más mínimo la realidad y su cansina promesa de resurgir de sus cenizas cuyo destino no es otro que ser incumplida las una y mil veces que se profiera por siempre y jamás. Shalam

 ربّ اغْفِر لي وحْدي

 Hay muertos más vivos en el cementerio que muchos de los que aún respiran

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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