Mascarada

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James Ensor era un hombre contradictorio. Fue extremadamente crítico con su ciudad de origen, Ostende (Bélgica), donde sus ácidos retratos lo convirtieron en un marginado durante un tiempo pero a la vez, se sentía extremadamente arraigado a sus elegantes avenidas e iglesias y a su amplio puerto del tal modo que casi toda su vida transcurrió en ella. Adquiriendo al final de sus días el estatuto de pintor legendario y respetable. De igual modo, es reconocido en el mundo del arte por ser un artista rebelde, alguien transgresor, capaz de poner en jaque a las clases acomodadas de su época pero él mismo fue un burgués que disfrutó de una esmerada educación gracias a la profesión de su padre: ingeniero. Ensor además, ha pasado a la historia por sus lienzos grotescos, sus excelentes retratos de mascaradas sociales precursores del expresionismo y el surrealismo pero la mayor parte de su producción es interiorista. Casi impresionista. De tal modo que estoy seguro de que si hiciéramos una muestra anónima de buena parte de su obra, muchos espectadores que conocen a Ensor fundamentalmente por sus ácidos, nocturnos lienzos, no podrían asegurar a quién pertenecen. Serían incapaces de atribuírselos a él.

En realidad, el artista belga fue el típico artista paciente. Un hombre que antepuso su obra a su ego y que logró ciertos hallazgos intuitivamente, en soledad, sin adscribirse a movimiento alguno. Y fue asimismo, alguien que aun conociendo los movimientos modernos y sintiéndose interesado por ellos, no era esclavo de su tiempo. Tenía una concepción amplia de los fenómenos culturales y sociales que, aunque parezca un tanto extraña y forzada la comparación, me recuerda a la de Marcel Proust. Básicamente porque Ensor no retrata a la burguesía y sus horrores ni a la hipocresía social como frutos de un instante cultural sino más bien, como un absoluto eterno. Para Ensor, tanto el horror de las clases altas como su mascarada no parecen constreñirse a un momento determinado en el tiempo. La actitud de los jueces, los magistrados, los notarios, los ricos comerciantes y las elegantes señoras de los médicos son universales y perennes en sus lienzos. No son meramente circunstanciales sino que forman parte esencial del “ser” social. Y probablemente por esta razón, el pintor es tan ácido e incisivo. Tan corrosivo y destructivo. Porque siente que las ramas favorecidas de la sociedad burguesa gozan de un poder omnímodo, inacabable e indestructible a lo largo de los siglos. Se adhieren como cuervos al espíritu humano, impidiendo la naturalidad en las relaciones afectivas al mismo tiempo que imponen su ley y normas de conducta. La trampa de las buenas maneras y la extrema educación.

Ensor es un pintor sagaz y feroz. Juguetón y directo. Frío y preciso. A los burgueses acostumbraba a pintarlos en grupos. Los retrataba como si fueran un ejército. Mezclando nocturnidad y sonambulismo. Locura y asco. Terror y comedia. En sus manos, los rostros al descubierto parecían máscaras y las máscaras estar compuestas de piel y no de cuero o plástico. Ensor retrataba personajes. Gentes incapaces de distinguirse de la profesión que ejercían. En sus lienzos, los actores eran personas desnudas y los abogados, personas encubiertas. Toda la sociedad parecía jugar al quién es quién. Participar de un trágico guiñol. Pero Ensor era también satírico. Alguien con una intuición muy aguda para detectar los atributos ridículos de los personajes que retrataba. En realidad, Ensor era un precursor solitario. Un engendrador del arte del futuro. Un hombre que visualizaba las clases altas como sombras y estatuas. Un artista muy cercano en sensibilidad al escritor Arthur Schnitzler. No necesitaba subrayar demasiado lo que deseaba decir ni utilizar excesivos efectos para conseguir lo que pretendía pero cuando se decidía, podía llegar a ser más transgresor que el más terrible de los artistas malditos.

Existe también cierta serenidad en el arte de Ensor. Algo de actitud contemplativa en su mirada. Ensor siente asco y desprecio hacia las clases dominantes pero su odio no es absoluto ni visceral. Hay algo “zen” escondido en medio de las caricaturas de Ensor. Seguramente, porque el  pintor holandés sentía a la burguesía como un “ente” muerto. Olisqueaba la sangre y los fallecimientos de las dos guerras mundiales. Y la repulsión que podía sentir por sus contemporáneos, se veía aplacada por la conciencia de estar retratando “fantasmas”. Personas muertas de una decadente Europa cuyo rumbo ensombrecía su talante y posiblemente, le hizo pensar que antes que aventurarse por cualquiera de sus sangrientos, peligrosos parajes, lo mejor que podía hacer era continuar en Ostende hasta el fin. Testimoniando desde su rincón natal con calma y lucidez la lenta agonía de su pueblo. Shalam

إِنْ سَرَّكَ الأَهْوَنُ فَابْدَأْ بِالأَشَدِّ

Es más fácil reprimir el primer capricho que contener los otros que le siguen

Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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