Mi oscura familia

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¿Qué varitas mágicas poseían los flamencos para ser capaces de realizar lienzos de brujas como ningún artista ha pintado jamás? Da la sensación de que vivían entre ellas. Que las veían caminar diariamente en medio de los salones donde jugaban a los naipes o cenaban. Y que las conocían muy bien. No tenían una concepción de ellas muy distinta de la que poseían de sus vecinas. Pensaban que en toda mujer se escondía un negro avestruz que podía alargar sus ojos y rugir en el momento más inesperado o que la doncella más dulce podía acabar transformándose en un monstruo. En definitiva, que la vertiente oculta y oscura de la existencia se encontraba tanto en rincones familiares como en sobrenaturales.

Observar con detenimiento los lienzos de David Teniers o David Ryckaert no me separa ni aleja de este mundo. Al contrario, me hace profundizar más en él, al igual que los últimos disco de Scott Walker. Hilos sonoros entonados por la voz de un fantasma que parece encontrarse muy cerca de mí, como las brujas de los flamencos. Quienes incluso aunque sean retratadas traspasando las puertas del infierno, no me resultan muy distintas del resto de los mortales. De hecho, puedo visualizarlas perfectamente caminando en medio de una ciudad medieval, huyendo de un ladrón al alba o realizando un ritual sacro en medio de un descampado.

Las brujas flamencas poseen una elegancia natural. Parecen haber sido elegidas para un destino superior o ser nobles y darle tan poco importancia a la vida como a la muerte. Son tan normales que resulta extraño que no se pongan a hablar cuando las contemplamos en los lienzos. Con ellas, se percibe y siente que la brujería no es un hecho extraordinario sino un ingrediente más de la vida cotidiana sin el cual no estaría completa.

Estas brujas no dan miedo. No provocan, por ejemplo, el pavor de las hispánicas. Tal vez porque se encuentran orgullosas de ser lo que son. Aceptan con serenidad su destino. Son heroínas que, durante sus incursiones en el inframundo, abren huecos, concavidades a través de las que se unen con los viejos mitos grecolatinos. Parecen una mezcla entre Juana de Arco y Medea, entre Celestina y una reina agnóstica porque, en realidad, son símbolos barrocos. Productos de la Contrarreforma y el derrumbe de los ideales. Son bastiones que intentan resistir los furiosos envites de una cultura que intenta tapar el inconsciente mientras en América se viven aventuras que ni el más imaginativo e intenso de los libros medievales hubiera soñado recoger. Ellas, sí, son las guardianas de la cesta de donde surgen los sueños. Los demonios irritados por los latigazos de la diosa razón.

Percibo que a los artistas flamencos les molestaba la prohibición de la brujería. Tal vez porque para ellos no era un confín peligroso sino una colina inmensamente fascinante. Un precipicio que atenuar la caída y no acelerarla. De hecho, sus lienzos son, en cierto sentido, una muestra de respeto a la magia que podía aún sentirse en los bosques o bajo las rendija de las puertas de algunas casas. Un homenaje a bailes ancestrales. Son danzas en torno a la guarida del minotauro. Puñetazos mágicos a la nariz de lo racional.

Los pintores flamencos se acercaban a los mundos ocultos de los faunos y hechiceras con cierto aire de arquitectos góticos. Pero, en este caso, no para jugar con los matices de la luz sino con los de la oscuridad. Y en eso, vuelven a recordarme bastante a Scott Walker. Pues si bien es cierto que se atrevían a caminar por los pasadizos de castillos desconocidos, lo hacían con desenfado y osadía. Como si sus pasillos les resultaran familiares y las brujas que fueran encontrando en su camino fueran sus madres, esposas e hijas y no brumas del anochecer o alientos de víboras salvajes. Shalam

أُمُّ الْجَبَانِ لاَ تَفْرَحُ وَلاَ تَحْزَنُ

La madre del cobarde no se alegra ni se entristece

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Regateo.

Mercader

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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